La puerta del ascensor
Una buena parte de mi vida la he dedicado a superar mi miedo a los ascensores. O como los llaman mis amigos del otro lado del Atlántico, elevadores. Y en un intento por derrotar mi aprensión que muchas veces llega al terror, no sólo he acumulado una biblioteca de manuales de autoayuda, y me he anotado en un grupo online cuyos miembros compartían las exquisiteces de sus respectivas fobias, sino que también he apartado buenas porciones de mi salario para pagar por los servicios de un muy apreciado psicólogo, que se especializaba en toda clase de aversiones, relacionadas con los ascensores, aviones, y precipicios.
No creo ni por un momento que haya perdido mi tiempo o energía o dinero haciendo todo lo que he podido para deshacerme de este tormento, el miedo a los ascensores, que ha llegado a alterar tantos aspectos de mi vida, y no es menor el hecho de que al retornar a casa después del trabajo, me he encontrado arrastrando mi cuerpo extenuado por innumerables tramos de escaleras.
Pero, incapaz de exorcizar este fantasma, la tarde que me llenó de esperanzas finalmente llegó, perfumado y trajeado, me dirigí hacia la casa de mi agente literario Braulio Dorfman, para discutir, mientras bebíamos, la venta de mi más reciente libro. Estaba seguro de que la buena suerte me acompañaría, y de que Braulio me había invitado para negociar la transacción en las instalaciones de su dúplex, y caminado por las vías que formaban el perímetro del Jardín Botánico, me imaginé a un paso de una oferta más que generosa, firmando el contrato antes de felicitar a mi anfitrión por su elección de un excelente coñac francés.
Al tocar el timbre, un sofisticado hombre de poco menos que mediana altura, y con ojos de pájaro se acercó hacia mí.
Diciendo, “Buenas tardes, Thomas”, y agradeciéndome profusamente por la botella de vino que le regalé, Braulio me señaló el ascensor.
“Me pregunto si podría usar la escalera” Arriesgué.
“¿Estás entrenando para algún evento deportivo?” Braulio preguntó mitad desconcertado y mitad irónico, antes de continuar, “En todo caso tus aeróbicos tendrán que esperar, porque no tenemos ningún tipo de escalera, y lo más cercano es una desvencijada escalera de incendios que nadie ha usado en los últimos treinta años, y no hay forma de que la uses”.
“¿Entonces no hay otra forma de subir?” Rebatí. Notando mi palidez, Braulio me ofreció, “Sentate en el área de recepción por unos minutos y te traeré un vaso de agua”.
Aceptando el vaso fresco, decidí sincerarme.
“El tema es que le tengo un miedo mortal a los ascensores”.
Braulio posó sus ojos en los míos tranquilizándome.
“Entiendo, pero son sólo veinte segundos. Respirá hondo al entrar, y si necesitás, tomá mi mano”.
Alentado por esa expresión de preocupación, me paré para seguir a Braulio hacia el ascensor, pero ni bien había dado unos pasos, mi cuerpo convulsionó en un temblor extremo.
“Lo lamento, pero no puedo hacerlo. Permitíme invitarte al restaurant que elijas”.
Braulio pareció desanimado al protestar, “Pero he hecho tanto esfuerzo, preparando sushi, hasta me levanté temprano esta mañana para ir a la pesadería”.
Desesperado por contener su creciente desilución, me animé a decir, “Realmente aprecio tus esfuerzos y me disculpo francamente. De todos modos, hay un excelente bar de sushi a tres cuadras de aquí, y yo pagaré, por supuesto”.
Ni por un momento seducido por mi ofrecimiento, Braulio dio su punto de vista, “Puedo ver que estás luchando con tu miedo, pero de todos modos, tengo que decir que esto es muy molesto para mí, especialmente por el arduo trabajo que hice en la editorial para conseguirte el mejor contrato, y ni mencionar el sushi que preparé con vistas a una tarde apacible y privada para pulir los puntos más delicados del contrato. Pero viendo que priorizás esta angustia que alimentás antes que las obligaciones profesionales, sugiero que hablemos por teléfono para arreglar una cita para otro día, y así no perdemos más tiempo en despedirnos”.
Seguí a Braulio hasta la puerta principal, miré otra vez a sus ojos de mirada dura y pensé que si hubiera estado dotado de alas seguramente me habría picoteado. Prácticamente cerrando la puerta en mi cara, parecía haberse convertido en un perro al ladrar, “Tendrías que haber aclarado las cosas desde un principio”.
Al caminar a casa me dije a mí mismo que el enfrentamiento con Braulio se resolvería pronto, pero la fragancia que flotaba de las flores del parque tenía un aroma estancado, como si estuviera destinado a morir al comienzo de la primavera.
Tenía confianza en ese momento de que la irritación inicial de Braulio conmigo se hubiera disipado, y adoptando su mejor trato con los clientes, me calmaría diciéndome que esa agitación debe ser compartida por la mitad de la población al menos, si sólo lo admitieran. Aclarando mi garganta, lo llamé y dado que había abandonado la cuadra de su departamento hacía quince minutos, me sorprendió escuchar el contestador automático.
Me sentí reacio a dejar un mensaje y llamé otra vez, esta vez con whatsapp, pero el número no estaba disponible ya que mi llamada murió. Ninguna de mis subsiguientes llamadas, hechas en intervalos de diez minutos, encontraron una voz humana, y mis mensajes de texto, cada uno más miserablemente contrito que el anterior, encontraron silencio.
Abandoné por esa noche, y la mañana siguiente, tras tragar un desayuno, llamé a Braulio a su oficina, pero su secretaria me informó, cada vez, como un mantra, que él estaba en una reunión.
Diciéndome, que por algo era un escritor, y que mi prosa tendría el poder de desarmar a Braulio, roté hacia los correos electrónicos. Le dije, que era consciente de que mi excesivo malestar hacia los ascensores era un impedimento para el curso normal de mi vida, que había buscado los servicios de innumerables psicoterapeutas, y que me había encontrado con más de un charlatán en el camino. Pero, yo argüí, ¿no éramos demasiado displicentes acerca de esos vehículos que podrían, demasiado a menudo, probar ser nuestro némesis, propulsándonos en nuestros momentos más expuestos a nuestro final? Y, al respecto de esto, ¿podría alguien olvidar el destino del joven estudiante norteamericano que fue a vivir a la Ciudad de México para aprender español y encontrar el amor, y cuyo suéter quedó atrapado tan extravagantemente en el ascensor y que terminó en una muerte agonizante?
Y peor, si podía haber algo peor, ¿la señora china que arañó el conducto metálico por días, sólo para expirar antes de que los trabajadores, que habían fallado al confirmar que no había nadie dentro al desactivar el panel de control, volvieran de vacaciones?
Y no necesitaba seguir mucho más, porque, hasta en la Ciudad de Buenos Aires, los diarios repetían constantemente la caída en picada de ascensores descompuestos en medio del trayecto.
Y luego, sumada a tal letanía de negligencia, estaba la tarde en que el ascensor de mi edificio quedó entre dos pisos, y despojado de mi teléfono celular para alertar a mis amigos de mi apuro, hice sonar la alarma, pero nadie vino, no hasta que había golpeado la puerta del ascensor por una hora, ¿y qué podría haber pasado si nadie hubiera venido, al igual que ninguna señal de Braulio?
Por semanas, me ahogúe en el abatimiento, lamentando el codiciado contrato literario que podría haber sido mío, pero el mail de Marcus Cantaloro, providencial en su llegada, me inspiró con una nueva confianza en mí mismo.
¿Y quién que tenga la mínima noción de literatura argentina contemporánea, no ha oído del gran Marcus Cantaloro o recitado de memoria su cautivante poema, “La tumba de mi tótem” y “Mi vida se terminó de una vez”?
Para nosotros él es lo que Borges fue para una generación previa, ningún detractor puede decir que el trabajo de Cantaloro es menor al de su tía abuela por el lado de su madre, la renombrada escritora alemana, Eloise von Knickerbocker.
Así que fue el mayor honor que el mismísimo autor me pidiera traducir al inglés su último volumen de versos “Soy tu sepultura”, dedicado una vez más a la memoria de su difunta esposa Michelle, que falleció por una picadura de mosquito en Guatemala, y cuya memoria ha proyectado una larga sombra sobre cada palabra que él ha escrito desde entonces.
Consciente de lo que había pasado con Braulio, y determinado a no sabotear la posibilidad de trabajar con Cantaloro, acepté los términos de la reunión que Marcus propuso para el siguiente martes a las once de la mañana.
Al mandar mi mensaje con prisa, me di cuenta de que no le había preguntado por la existencia de escaleras en su edificio, pero sintiendo que una pregunta así parecería fuera de lugar, decidí arriesgarme.
Toqué el timbre ni un segundo tarde el día que habíamos arreglado, esperé hasta que un hombre alto con una joroba, de alrededor de setenta años y con cabello gris volviéndose blanco, abrió la puerta extendiendo una mano huesuda hacia mí y anunció en una voz aflautada, “Marcus Cantaloro, un placer conocerlo, mi muchacho”.
Al hacer un gesto para que lo siguiera al ascensor, espeté, “Me pregunto si podría usar las escaleras”.
Él giró para mirarme, perplejo.
“El tema es”, mentí, “que tengo una maratón próximamente y el usar las escaleras en vez del ascensor, me ayuda a estar en mejor forma”.
Me miró perdido en sus pensamientos.
“Mi querida Michelle era atlética también, pero no le sirvió para nada cuando tuvo que enfrentar al mosquito. En cuanto a las escaleras, están fuera de uso, la mampostería caída las hace inseguras”.
Ansioso por no cometer el mismo error que con Braulio, seguí a Marcus con resignación dentro del minúsculo ascensor, una célula de prisión, pequeña hasta para dos personas. Mi cuerpo temblaba cuando el prehistórico artilugio trepaba cada piso, junté los últimos jirones de mi compostura y farfullé, “Realmente debería haber traído mi suéter. Nunca me hubiese imaginado que el verano terminaría tan rápido”.
Al entrar al interior del santuario de la creación literaria de Cantaloro, me sentí inmediatamente como en casa, consciente de que mi anfitrión, como en todos sus poemas, destilaba la esencia lúgubre: las persianas cerradas de día, las lámparas como sombríos centinelas emitiendo su débil luz, la centena de portarretratos de plata tomando cada espacio para proclamar la inefable belleza de Michelle de Lourens, una autora talentosa muerta a los treinta y tres.
Al ofrecimiento de Marcus, me senté en el sofá y, tomando su lugar a mi lado, su mano rozó mi pierna.
“Habiendo leído tu trabajo, te elegí para traducir al inglés mi última colección, una que creo que llamaré ‘No hay final para los epitafios’, y este es un libro, te aseguro, que hace que los momentos más desgarradores de Hamlet parezcan comedia bufonesca”.
Posó su mano firmemente sobre mi muslo izquierdo.
“Y, desde la muerte de Michelle, sólo he vivido para transcribir la pérdida que como hombre, por no decir como escritor, me ha reducido a estos escombros”.
Las cavilaciones de Marcus fueron interrumpidas por la aparición de una rolliza mujer, apenas en sus treinta, quien, ofreciéndonos té o café, se precipitó hacia la cocina.
“Y para colmo, la culpa. Ella tenía un presentimiento sobre Guatemala, pero no le di lugar a su deseo de ir a Cuba. Una picadura es todo lo que tomó. Y toda mi vida desde entonces, me he maldecido por mi cabezota”.
Al caer las lágrimas por sus mejillas, se reclinó sobre mi hombro. Y me encontré a mí mismo deseando ser capaz de la necesaria compasión para poner mi brazo alrededor de él pero, enfrentándome con tan temblorosa vulnerabilidad, me sentí incómodo.
Al pararme exclamé, “Lo lamento. Olvidé por completo que tengo otra cita en menos de una hora, y me llevará bastante llegar allí, ¿Le molestaría si en estos días discutimos por teléfono la mejor forma de proceder con nuestra colaboración?”
Me fijó una mirada con la expresión más desconsolada que haya alguna vez presenciado.
“Por favor, ¿podría salir solo? Como podrá observar, estoy de duelo, y no me encuentro en buen estado como para acompañarlo. Mi dolor siempre empeora después de las cuatro de la tarde, porque esa es la hora en la que ella falleció”.
Dejando atrás la madriguera funeraria, y habiendo tratado en vano de abrir la puerta a las escaleras, para poder bajar, eludiendo los escombros caídos, esperé eternamente que llegara el ascensor.
No podía sacarme la imagen de Marcus de mi cabeza, sentado en el sofá inconsolable, al abrazar un almohadón para reconfortarse, o el estrés de sus apesadumbrados divagues, hasta que escuché, aplastando mi ensimismamiento, a una mujer y a un hombre riendo como hienas y la voz de Marcus Cantaloro, recitar, “Gracias a Dios, el tonto se ha ido”.
No sé cómo junté el coraje para descender hasta la planta baja, donde, impelido por un creciente sentido de urgencia, abrí la puerta del edificio para emerger en la calle.
Como si buscara un claro en un bosque denso con niebla, caminé unas pocas manzanas hasta una esquina donde dos avenidas se interceptaban, y paré un taxi.
A pesar de que aún no podía borrar de mis pensamientos mi demasiado reciente encuentro con Marcus Cantaloro, sabía que seguramente el día llegaría en el que, como una pesadilla que se desvanece, se perdería en mi memoria, con sus palabras, a las que no tuve otra opción que escuchar, ya no sonarían como un suplicio en mis oídos.
Mirando hacia adelante, me tuve que preparar para la llegada de Benito. Se quedaría por la noche, como invariablemente hacía esos días y, después de mirar una película y compartir una pizza, nos recost aríamos en la cama para hacer el amor y dormir.
En una hora o dos, él llegaría, y dejando mi departamento para darle la bienvenida, lo esperaría en el lobby hasta que, abriendo la puerta del ascensor, me saludaría con una sonrisa.
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The Power of Prose
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