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Parte dos: El árbol
Esa tarde, justo después de las ocho cuando la parte del árbol cayó, no fuimos al bar a sentarnos afuera a nuestra mesa favorita que quedó hecha pedazos por el peso de las ramas caídas.
Al día siguiente llegué con Julián, mi compañero de copas de justo veinticinco, y al beber nuestro vino y cerveza, pronunció una vez más su estribillo, que no viviría para cumplir cincuenta.
Le pregunté, y no por primera vez, qué era que lo hacía pensar eso, lejos de llegar a mis sesenta, ni siquiera llegaría a la mitad de un siglo, y él respondía, como de memoria, que no era un sentimiento al azar, sino una certeza que lo impulsaba a pronunciar su propia sentencia de muerte aún estando vivo.
Esforzándome por detectar en sus rasgos juveniles algún signo de la desgracia que él temía que le podría ocurrir estando aún en la plenitud de su vida, me distraje por la presencia de Walter, el estudiante de antropología que trabajaba allí como mozo por las tardes, y quien, señalando el árbol, explicó con voz temblorosa: "Ustedes deben tener un ángel guardián o dos. La mayoría de las noches están acá alrededor de las ocho, para disfrutar el happy hour, y cada vez que está libre, como ayer, se sientan en su mesa favorita. Pero no anoche, y gracias a Dios. Por meses hemos estado llamando a la municipalidad para que venga y pode esas ramas que por haber crecido excesivamente estaban inclinando el árbol, pero seguían posponiéndolo y ayer a la tarde, con esa fuerte ráfaga que salió de la nada, algunas ramas cayeron, reduciendo la mesa a astillas. Si hubieran estado sentados ahí, hubieran sido historia, doy fe".
Walter tomó nuestras órdenes, se fue hacia el bar, y yo pensaba en el hecho de que si no hubiera entrado ese trabajo independiente en forma urgente de una agencia de consultoría para la que trabajaba, habría invitado a Julián a compartir unas bebidas a nuestro segundo hogar cerca del árbol.
Fue mi imaginación o noté un dejo de aprensión cuando, al levantar su vaso, Julián entonó en un inglés casi tan perfecto como su español, "Para mientras vivamos".
Repetí sus palabras y al chocar nuestros vasos, reímos, pero había más de un efímero alivio que de alegría en las palabras que usamos para brindar.
Cuando Walter volvió con la cuenta, le pregunté "Como somos viejos clientes, si hubiéramos terminado en la morgue ¿Creés que el bar hubiera erigido dos estatuas en nuestra memoria?" La risa de Walter tenía un tono oscuro. Para alegrar el humor, arriesgué, "Por ironía, tendría que estar allá arriba con Shakespeare, quien murió en su cumpleaños número cincuenta y dos, en una reunión de bebidas con sus amigos. Imaginen si toda esa madera hubiera partido nuestras cabezas por la mitad justo cuando estábamos levantando las copas hacia nuestros labios".
Walter pareció sonreír con suficiencia cuando respondió "Los tiempos son difíciles. Aún si aparecieran los fondos con una colecta, sería afortunado si un monumento así sobreviviera un sólo día. ¿No han escuchado sobre la mafia que se robó una estatua de bronce del cementerio de la Chacarita, a pesar de que pesaba casi media tonelada? Así que lo mejor que podemos ofrecer es papel maché".
No podía borrar de mi mente el pensamiento de nuestras efigies de papel, robadas para darle vida a alguna fiesta de chicos, y luego abandonadas en la lluvia, la pintura corriendo por nuestras caras, como manchones de rímel.
Leer El árbol en inglés
The Power of Prose
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