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“La enfermedad mental es poesía de la dura”/ Video

María Castrejón

Rebeca Yanke escribe:

La poeta María Castrejón pasó 20 años de terapia en terapia hasta que le diagnosticaron trastorno límite de la personalidad

En su último libro, ‘La inutilidad de los miércoles’, pelea por la visibilización de las enfermedades mentales

María despierta desierta y dirige el mundo, sus muchas luchas, desde el recoveco verde de un hogar que, como el poema de Alejandra Pizarnik, lo mismo es jaula que pájaro. María se despereza, respira la herida, la pone al aire, bien abierta, se enfunda en rojo y se convierte en otra. María Castrejón, paciente y poeta, es una, ninguna y cien mil y recita para EL MUNDO su envoltura: el trastorno límite de la personalidad, en el Día Mundial de la Salud Mental. Hace un año que, como un promontorio, describe el frasco, de cristal repleto, que supone depender del vaivén del propio cerebro. Lo dejó escrito en La inutilidad de los miércoles (Huerga&Fierro editores).

“Según dicen, mi TLP es muy agudo porque tengo disociaciones, regresiones y alucinaciones. No todo el mundo las tiene. Tener una disociación quiere decir que, cuando tu mente no soporta ya tanto dolor, tanta angustia y tanto miedo, escapa. Puedes aparecer, de pronto, en Roma; yo suelo aparecer en Roma, en un viaje que hice allí, mientras oigo a la gente hablar como si no estuviesen conmigo porque yo estoy en otra realidad”.

María que disiente, dice y siente, se recuerda como una “niña rara” que albergaba “miedos muy adultos”. Mientras su hermano lloraba por la bruja del cuento, a ella le asustaban las “guerras nucleares, las estructuras mundiales y el sufrimiento ajeno”. “Con 20 años decido que esto no puede continuar así, que sufría mucho, que todo me hacía mucho daño”. Y con 20 años acude al psiquiatra, que le dice que “deje de pensar”. “Así que dejé de ir al psiquiatra”. Parece un chiste, pero no lo es.

Efectos de Lacan en la Argentina

Sergio Rodriguez escribe:

El psicoanálisis, como cualquier otro discurso, en razón de no poder no tener efectos imaginarios, no puede no producir ideología. La que resulta, no es del psicoanálisis sino del psicoanalista. Cada cual propone su utopía. Mi “utopina” -tal como llamó a la suya el lapsus de un analizante, consiste en procurar que no se resignen, los habitantes del infierno cotidiano. Me conformo, con no resignarme.
Sergio Rodríguez

1) Empezaré por los mejores. Según lo declarado repetidamente por Emilio Rodrigué, salvaron a Freud y al psicoanálisis de desaparecer de nuestro país. Lo que es cierto, si se advierte que comienza a implantarse su reconocimiento en 1964 a través de la famosa conferencia de Oscar Masotta en el “Di Tella”, cuando ya hacía 5 años que una fuerte crisis afectaba a la APA, por entonces, única institución psicoanalítica en nuestros lares. Crisis de la que esta intentó hacerse cargo en el Symposium de 1959 sobre “Las relaciones entre analistas”. Y que finalmente desembocó en la ruptura de 1971, mucho más importante que lo que conserva el recuerdo social, ya que arrastró a varios de sus principales Didactas y abrió las puertas a que se fundara el Centro de Docencia e Investigación de la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental, que en 1976 (cuando contaba con 1.100 componentes) tuvo que disolverse bajo la amenaza mortífera de la dictadura y su política de desaparición de personas. La conciencia de la mayoría de los protagonistas de aquella ruptura la recuerdan como efecto de la politización revolucionaria de sus actores -absolutamente evidente- y que acompañaba al ascenso de la efervescencia social de esos años. Pero colijo que también se debió, al malestar, que tanto en la enseñanza como en la conducción de la mayoría de los análisis producía la hegemonía de un kleinismo simplificado para su vulgarización, por el estilo de su propia creadora y por la transmisión en caricatura hecha por algunos epígonos. Fenómeno que suele ocurrir con los grandes maestros (y del que Lacan no se salvó -todo lo contrario) por efecto de la necesariedad de lo imaginario, para anudar los tres registros: real, simbólico e imaginario, cuando se trata de escribir imaginariamente lo simbólico. Es así, que ni bien comenzada la enseñanza en el CDI -de las tres principales cátedras de psicoanálisis- Rafael Paz, Hugo Bleichmar y Santiago Dubcovsky, en las dos primeras se enseñaban postulados claves del Lacan que se iba conociendo en Buenos Aires (Estadío del Espejo, tiempos del Edipo). También Willy Baranger y Martinez Luque, enseñaban Lacan en APA. A la vez un grupo de lacanianos decididos, pero poco numeroso, aunque no por eso poco importante, llevaba a cabo en aquella institución, su enseñanza específica (de los que recuerdo: Nepomiachi, Sawicke, Cosentino, Maeso, Vegh, Domb)

2) La irrupción militar desperdigó ese proyecto. No obstante, una parte fue continuada en la Asociación de Psicólogos bajo la presidencia de nuestra querida Beatriz Perossio. Ahí prosiguió con orientación parecida a la anterior, la enseñanza de Rafael Paz dictando un seminario para docentes, y un grupo de lacanianos coordinado por Guido Narvaez, del que, entre otros, participábamos Verónica Cohen (actual AE de la Escuela Freudiana de la Argentina) Florencia Martinez Parera (hoy, miembro de Propuesta Sur) Adrián Scheinkestel (en la actualidad participante de la EOL) y yo. Grupo que continuó sus clases cuando muchos se borraron tras el asesinato de los Padres Palotinos y una seria de pasadas intimidantes de Falcons verdes que tiraron bombas de estruendo en las cercanías de la APBA, ubicada por entonces, en Juncal y Pueyrredón. Mientras, se afirmaba la primigenia Escuela Freudiana de Buenos Aires como efecto de la multiplicación geométrica de la cultura lacaniana implantada por Masotta a través de sus grupos de estudio y Roberto Harari fundaba Mayeutica en 1977. Como se ve, dicho desenvolvimiento no fue efecto de los militares, sino que más bien se produjo a pesar de ellos. No olvidemos el allanamiento violento y la detención en su consultorio de Hector Yankelevich, mientras enseñaba Althousser, Freud y Lacan (en la época de las “Tres A”). El desarrollo entonces, fue efecto de que las propuestas del maestro francés servían mejor a las finalidades del psicoanálisis, que el imaginario que encerraba a la APA en lo que ellos mismos llamaron, en las conclusiones del symposium nombrado anteriormente, Psicoanálisis Escuela Argentina. Lectura dominada por los clichés de un Kleinismo entontecido, que sabía antes de que el paciente hablara. En el que el psicoanalista ya sabía que todo era en el aquí, ahora y conmigo, que si se hablaba de cosas que no fueran íntimas, se estaba tratando de huir de la realidad, que había que deprimirse los fines de semana y en las vacaciones obligatorias de febrero, que no había dificultades económicas, sino de transferencia, que si no se aceptaba 3 o 4 sesiones semanales, era por que se resistía al análisis, y de tal manera que el fulano resultaba inanalizable. Así podría seguir con una larga lista de tonterías reinantes en el imaginario psicoanalítico porteño de las décadas previas a los 70.