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“Vivir es algo muy parecido a un mal chiste…” por Francisco Ardiles

 

Vivir es algo muy parecido a un mal chiste…

Por Francisco Ardiles

Vivir es algo muy parecido a un mal chiste, porque independientemente de que nos vaya bien o mal en el trabajo, los estudios o la vida amorosa, eso no depende de nosotros. Ese es un misterio que poco o nada tiene que ver con lo virtuosos, inteligentes, honestos, comprometidos y agradables que seamos. Chejov decía en uno de sus cuentos, y disculpen que no recuerde en este momento el título, el año y la página de la cita, es decir, que no recuerde otra cosa que la idea planteada por el narrador del texto, que todo hombre feliz debería guardar en el clóset de su casa a un hombre infeliz que se le parezca mucho, para que le recuerde todos los días, con el golpe de un martillo, que no todo el mundo es feliz, y que lo suyo es pura cuestión de suerte. El lujo momentáneo que puede disfrutar una persona con mucha suerte que algún día dejará de ser afortunada.

Es por eso que la vida es un chiste muy sucio e impredecible que hoy nos hace reír y mañana llorar. Nos hace reír cuando es divertida y llorar cuando tratamos de insistir en encontrarle una lógica, una respuesta, una salida honorable. Cuando nos llevamos una gran decepción, nos relacionamos en la cama con alguna persona que no satisface totalmente nuestras expectativas fuera de esos dos metros del colchón, cuando nos toca el turno de deambular por los márgenes, ser el que no existe, el que no está, el que no hace falta; cuando dejamos de ser tomados en cuenta, cuando envejecemos o caemos enfermos, cuando ya no somos tan atractivos como antes, ni interesantes, ni tan inteligentes como pensábamos que éramos; cuando nos convertimos en una fórmula fastidiosa que se repite interminablemente en los comerciales de YouTube, cuando perdemos el trabajo, debemos dinero, se nos muere el perro que nos lamía las patas. Cuando somos apartados a empujones del sistema, es que entendemos. Pero la vida es un chiste de mal gusto no sólo por eso, sino también porque a pesar de esta perenne amenaza, de esta lógica terrible, seguimos estando aquí, imperfectos y mortales queriendo respirar cada bocado de aire que nos queda. Seguimos estando aquí, sintiendo amor, placer, deseando y recordando a los que no están. Seguimos sintiendo esperanzas, y lo más absurdo de todo, soñando.

Sobre Francisco Ardiles

 

Francisco Ardiles

“La respuesta inconveniente de Oscar Wilde” por Francisco Ardiles

 

La respuesta inconveniente de Oscar Wilde

Por Francisco Ardiles

Hace más de cien años Oscar Wilde fue detenido porque le gustaban los hombres y llevado ante un juez que seguramente iba a condenarlo por conducta inapropiada. Su relación íntima con Lord Alfred Douglas (Bosie) dejó de ser un secreto y comenzó a generar incomodidades por doquier. El escándalo social que produjo el chisme de ese relacionamiento desató la ira furibunda del padre de su novio, John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, quien no sólo lo acusó de sodomizar a su hijo menor sino que lo sometió al escarnio público. El autor dublinés tenía cuarenta y un años, y su amante, Alfred Douglas, el hijo del aristócrata histérico, sólo veinticinco. Todo el mundo sabe que el padre de su amante era terriblemente prejuicioso y tenía muchas influencias. Es por eso que la demanda tuvo tan lamentables consecuencias. Recordemos cómo fue.

A consecuencia de esta demanda Wilde fue sometido a juicio. El juez de cuyo nombre no tengo el más mínimo interés de recordar, citó al poeta en el estrado un día como hoy y después de hacer algunos comentarios innecesarios, le preguntó si su novela publicada 4 años antes, en 1891, El retrato de Dorian Gray era una apología a la homosexualidad. Wilde mirando a la audiencia con cierto dejo de ironía contestó que no sin el menor titubeo. El juez quedó en silencio y le formuló una pregunta aún más malintencionada. Le dijo algo así como que si una persona de la calle, cualquier bienandante, una persona normal ordinaria y trabajadora, de a pie, se encontrará con el libro, lo llevase a su casa y lo leyera, podría llegar a considerar que ese libro titulado El retrato de Dorian Gray era una apología a la homosexualidad. Wilde volvió a oír todo sin el menor signo de asombro, y sonrió, miró de soslayo, y con cierto aire de desdén, le respondió severamente “señor juez, yo no tengo ni idea de lo que piensan las personas ordinarias…y sabe qué, ni me interesa. Las personas ordinarias no serían capaces de entender lo que quise decir en ese libro. Déjeme decirle algo más, no escribí ese libro para ellas, o pensando en lo que irían a pensar, porque sabe qué, las personas ordinarias no piensan. La mayoría de las veces dejan que las personas como usted piensen por ellas.” El juez por supuesto se quedó sin palabras.

Era el año 1895, es clave en la vida del escritor. Dicen que siempre hay un año que cambia todo para bien o para mal definitivamente, estoy convencido de que casi siempre es para mal, porque casi siempre acaba con aquello que era para uno el propósito de la vida. En el caso de Wilde en qué consistía ese propósito, en hacer lo que quisiera, con quien quisiera y donde quisiera, aquello que se nos antoje.

Su propia mujer, Constance, había sido testigo de eso. Cuando le tocó declarar ante el juzgado, le contó a los presentes que en los últimos tres años, es decir, desde 1892, su marido había perdido la cabeza, salía a cualquier hora del día en coches de alquiler a uno y otro lado de Londres detrás de aquel muchacho, le compraba regalos carísimos, se iba al café Royal a beber, a exposiciones de toda índole, a fiestas privadas imprevistas donde se llevaban a cabo ceremonias abyectas. Ella aseguraba que pasaba la noche entera en casa de amantes desconocidos, y que había dejado el hogar familiar con sus dos hijos para mudarse al hotel Savoy porque era obvio que toda esa vida doméstica le producía un profundo desdén.

A partir del 1895, ya no pudo hacer lo que se le antojaba. Lo que comenzó como un simple enfrentamiento entre un hombre de mediana edad y un pilar del establecimiento que lo llamaba sodomita frente a todo el mundo, terminó en drama. Ese año a pesar de que estrenó dos obras de teatro de incuestionable impacto: Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto, fue sometido a tres juicios consecutivos que de alguna manera fueron provocados por su indignación y su necesidad de rebelarse. Wilde pudo haberse librado de todos estos inconvenientes tan desagradable sin mucho esfuerzo, tenía los recursos y el apoyo necesario para hacerlo, pero no quiso. A pesar de que sus amigos le aconsejaron en reiteradas ocasiones que viajase al exterior para librarse del peligro inminente de una condena, hizo caso omiso a sus recomendaciones y decidió quedarse a enfrentar a los jueces y a la sociedad victoriana que lo escarnecía con su intolerancia. Confió demasiado en su gracia, su ingeniosidad verbal inigualable, su profundo sentido de la ironía y su excelsa inteligencia. El resultado fue el escarnio público y una condena. Una condena a dos años de trabajos forzados que se le adjudico simplemente por ser homosexual. Solo por eso.

Pío Baroja comenta en un breve texto que escribió sobre este suceso, que en un país verdaderamente progresista un juez serio, objetivo, profesional, ético, hubiese debido responderle de la siguiente manera: Mire usted, señor Wilde, al salir de aquí, busque sus maletas, diríjase hasta el puerto más cercano, tome un barco, vaya usted al continente, instálese donde le parezca y viva donde quiera y como quiera. Haga lo que quiera pero en otro sitio, y no regresa. Si lo hace no será bienvenido. Eso era todo lo que se necesitaba hacer pero lo cierto es que no fue así, porque la Inglaterra de ese momento necesitaba dejar por sentado un castigo ejemplar.

Wilde fue arrestado y condenado. No sería tan difícil imaginar lo que significó eso para su carrera. Vio todas sus obras dramáticas retiradas de la escena, perdió todos sus recursos monetarios y quedó en bancarrota. Su casa se subastó, y su mujer se quedó con todo el dinero obtenido por la venta de la propiedad. Luego huyó a Italia con sus dos hijos, y no contenta con eso, avergonzada por la leyenda negra que se posaba sobre la imagen derruida de su marido, decidió cambiarle a los niños el apellido Wilde por el de Holland.

El poeta pasó dos años de prisión encerrado en tres cárceles: primero en la cárcel de Pentonville y después en la de Wandsworth, y al final en la de Reading. En esta última penitenciaría escribirá su célebre Balada de la cárcel de Reading. Veamos un fragmento de este lago poema, en el que Wilde habla del martirio que simboliza su cautiverio, para que entendamos de qué se trataba la agonía de su confinamiento:

No todo hombre muere de muerte infame, un día de negra vergüenza ni le echan un dogal al cuello, ni una mortaja sobre el rostro, ni cae con los pies por delante, a través del suelo, en el vacío. No todo hombre convive con hombres callados que lo vigilan noche y día, que lo vigilan cuando intenta llorar y cuando intenta rezar, que lo vigilan por miedo a que él mismo robe su presa a la prisión. No todo hombre despierta al alba y ve aterradoras figuras en su celda, al trémulo capellán con ornamentos blancos, y al director, de negro brillante, con el rostro amarillo de la sentencia. No todo hombre se levanta con lastimera prisa para vestir sus ropas de condenado mientras algún doctor de zafia lengua disfruta y anota cada nueva crispación nerviosa, manoseando un reloj cuyo débil tictac suena lo mismo que horribles martillazos. No todo hombre siente esa asquerosa sed que le reseca a uno la garganta antes de que el verdugo, con sus guantes de faena, franquee la puerta acolchada y le ate con tres correas de cuero para que la garganta no vuelva a sentir sed. No todo hombre inclina la cabeza para escuchar el oficio de difuntos ni, mientras la angustia de su alma le dice que no está muerto, pasa junto a su propio ataúd camino del atroz tinglado. No todo hombre mira hacia lo alto a través de un tejadillo de cristal, ni reza con labios de barro para que cese su agonía ni siente en su mejilla estremecida el beso de Caifás.

El 14 de mayo de 1897, es liberado. Inmediatamente huye y viaja a Italia primero y luego a Francia. Sus antiguos amigos lo rechazan y no quieren recibirlo. Entonces decide instalarse en Berneval, un pequeño pueblo de la Costa francesa, con un nombre falso: Sebastian Melmoth. Allí va a verlo André Gide, y observa que ha perdido el entusiasmo, que su piel, sus manos ya no tiene colágeno, y sus dientes se ven estropeados, porque se encuentra sumido en la más absoluta depresión. Por esa respuesta que dio a aquel juez, este caballero inglés y escritor sin igual, admirado por Borges, Gide y tantos otros, había sido condenado para siempre.

Dicen que nunca dejó de estar encerrado. Luego se muda a París y pasa sus dos últimos años de vida. Henry Toulouse Lautrec, lo conoció en un pequeño bar e hizo unos esbozos de un retrato que nunca terminó. Su lugar de residencia era en realidad un hotelucho de mala muerte, que luego se transformó en un hotel de lujo por la leyenda que dejó la visita del escritor. Wilde vivió en ese lugar en medio del más completo abandono, acosado por los recuerdos, la culpa y la inercia irreversible de su propia decadencia. Así fue como se dejó morir lentamente. Tuvo amantes por supuesto, hombres de toda edad y oficio, en ese aspecto no discriminaba demasiado. En ese París impresionista, snob y bohemio, en el que en sus años de gloria había frecuentado los salones más distinguidos, terminó relacionándose con chaperos de la calle, prostitutos, bandoleros, malandros y malvivientes de todo tipo y calaña. En medio de esa absoluta decadencia siguió escribiendo, luego viaja a Sicilia y a Roma, se bautiza y cae irreversiblemente enfermo.

El 30 de noviembre de 1900, muere en el Hotel d’Alsace, de meningitis. Yo creo que fue por una enfermedad venérea. Acababa de cumplir cuarenta y seis años. Fue enterrado en Bagneux. Su amigo Robert Ross paga sus deudas, publica sus obras, traslada sus restos al cementerio del Père Lachaise y le manda construir a Jacob Epstein, el famoso escultor, un mausoleo digno de su obra. Pensar que todo fue por una frase malinterpretada. Era artista, tenía mucho talento, predicaba una estética que iba en contra de la sociedad dominante, era divertido, irónico y fue condenado por lo que representaba una respuesta inconveniente. Una frase que ponía en entredicho los principios morales de su época. A uno le da por pensar que todo hubiese sido diferente si le hubiese respondido de otra manera al juez. Tal vez hubiera sido diferente pero tenía que hacerlo.

Creo que Albert Camus escribió en 1951 un libro para entender a Nietzsche que hoy en día nos sirve para entender a mucha más gente de su época. Ese libro fue publicado con el título L’Homme révolté (El hombre rebelde). Wilde no solo era un hombre de la misma época del filósofo alemán; sino que además de caprichoso, extravagante, decadente, dandy, popular, ególatra e irreductible, también era un hombre rebelde, un hombre profundamente molesto, perturbado por determinada situación. Lo que tanto afectaba a Wilde y lo llevó a provocar la ira y la persecución de sus coterráneos, era esa moral tan profundamente hipócrita que todos compartían de lo más cómodos. Eso lo sacaba de quicio, que la moral estuviera por encima de la igualdad y la libertad individual. Por eso no se quedó callado, ni ante aquel juez, ante su esposa ni ante sus contemporáneos.

Sobre Francisco Ardiles

 

Francisco Ardiles

Leopoldo López, liberado en Venezuela

El dirigente opositor venezolano Leopoldo López, que se hallaba en arresto domiciliario tras haber sido condenado a 13 años de detención, ha sido liberado en una acción impulsada por Juan Guaidó —reconocido como presidente del país por la Asamblea Nacional y más de 50 naciones— y, aparentemente, con el apoyo de segmentos de las Fuerzas Armadas. “El momento es ahora”, ha afirmado Guaidó en un mensaje de vídeo donde aparece junto a Leopoldo López y rodeado de uniformados armados. “¡Todos a la calle este 30 de abril!”, ha afirmado López en un mensaje dirigido a los venezolanos. El ministro de Comunicación del país sudamericano, Jorge Rodríguez, ha informado de enfrentamientos con “un reducido grupo de militares traidores que se posicionaron (…) para promover un golpe de Estado. “Guaidó está legitimado para liderar la transformación en Venezuela”, ha expresado la portavoz del Gobierno español, Isabel Celaá, que ha incidido en que “no se produzca un derramamiento de sangre”. Siga en directo las últimas noticias de la crisis política en Venezuela.