Category: Venezuela

“Dictaduras, mutaciones y engaños,” por Francisco Ardiles


Ilustración: Delia Contreras

 

30/08/2020

Francisco Ardiles

 

Dictaduras, mutaciones y engaños

En América Latina hemos tenido dictaduras de todo tipo. Así como somos en la actualidad el centro de experimentación de las vacunas para el Covid 19, también hemos sido el campo de pruebas de las más variadas dictaduras de izquierda y de derecha; dictaduras del proletariado, del campesinado, del militarismo, de los caudillos, de los próceres, de los partidos, de los curas, los mesías y todo tipo de bandidos. En mayor o menor medida, las dictaduras se reconocen porque son formas de gobierno autocráticas en las que el poder se ejerce sometiendo la voluntad de la población, mediante el chantaje, la manipulación, la amenaza, la persecución, la violación de los derechos humanos, la abolición de la libertad de prensa y la libertad política, el encarcelamiento de los opositores, las ejecuciones extrajudiciales, la ilegalización de los partidos y los sindicatos que confronten el poder.

Los gobiernos dictatoriales siempre terminan generando dos cosas: malestar social y problemas económicos. En algunas ocasiones propician solo una de esas perturbaciones, en otras las dos. Sin embargo, sea cual sea la modalidad de la dictadura que nos haya tocado padecer, sabemos que los dictadores gustan de someter a la población a sus antojos, amasar una gran fortuna familiar y mantenerse en el mando a costa de lo que sea y por un lapso de tiempo indefinido. Para concretar ese fin, los gobiernos dictatoriales modifican la constitución y organizan un sistema parlamentario y judicial que responde solo a sus intereses. Algunos dictadores llegan al poder por medio de eso que llaman golpe de estado, y otros de forma democrática, después de presentarse varias veces a las elecciones, y ganar inesperadamente los comicios presidenciales. Si uno se pone a revisar un poco la historia política contemporánea de la región se encuentra con que entre las décadas de 1950 a 1980, el mapa político latinoamericano fue en algún momento casi todo dictatorial.

Tenemos ejemplos de todo tipo en nuestro continente. En Guatemala, Carlos Castillo de Armas lideró un golpe de estado contra el gobierno de izquierda de Jacobo Arbenz, y después impuso su régimen de corte dictatorial prohibiendo los partidos políticos, los comités agrarios, los sindicatos, anulando la Constitución de 1945 y escribiendo la suya. En República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo ocupó el cargo de presidente entre 1930 y 1961, y gobernó durante 31 años de forma represiva, eliminando derechos civiles y cometiendo múltiples violaciones de los derechos humanos. Se calcula que más de 50.000 personas fueron asesinadas durante su mandato. Para sacarlo del poder hubo que  asesinarlo en 1961. En Brasil la dictadura se instaló el 1 de abril de 1964, fecha en la que fue destituido el presidente Joao Goulart. Así se constituyó como un poder de facto que duró 21 años y que tuvo durante todo ese tiempo, ocupando los cargos de presidente y vicepresidente, a una serie de cuadros de la milicia que eran seleccionados de las Fuerzas Armadas, por supuesto en Brasil también hubo todo tipo de violaciones a los derechos humanos, formas de represión y desaparecidos.

En Haití, François Duvalier gobernó a sangre y fuego su pequeño país natal, entre 1957 y 1971; y a pesar de que llegó al poder de manera democrática, después de convertirse en presidente, suspendió todas las garantías constitucionales y se autoproclamó presidente vitalicio. Se calcula que más de 30.000 personas murieron durante su mandato. Este hombre dejó el poder solo el día que murió en 1971. Hoy en día Haití sigue siendo junto a Venezuela, el país más pobre del continente. En Paraguay, Alfredo Stroessner protagonizó una dictadura desde 1954 hasta 1989, y tuvo en su haber más de 4.000 asesinatos. En Argentina, el general Jorge Rafael Videla llegó al poder a través de un golpe de estado en 1976 y gobernó junto a sus compañeros de la junta militar hasta 1983. Durante esos años se produjeron miles de desapariciones forzadas y ejecuciones que todavía esperan por un juicio justo. En Nicaragua, se dio la interminable autocracia de la familia Somoza entre 1937 y 1979. En esas 4 décadas Nicaragua fue gobernada por tres miembros de la familia Somoza: Anastasio Somoza García, su hijo mayor, Luis Somoza Debayle y su hijo menor, Luis Somoza Debayle. Ahora, este pobre pueblo, sufre las penurias ocasionadas por la dictadura de la Revolución Sandinista, que desde los años 50 luchó contra el régimen dictatorial de los Samoza, y que después de destronarlo se transformó en algo parecido o quizás mucho peor.

Chile también tuvo su dictadura sangrienta. Esta comenzó el 11 de septiembre de 1973, cuando el general Augusto Pinochet, junto a un grupo de miembros de las Fuerzas Armadas de su país, ejecutaron un golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Pinochet se ancló en el poder durante 17 largos años llevando adelante una administración que utilizó la violencia y la intimidación como arma de coerción y sometimiento. Las cifras oficiales indican que su régimen dejó más de 3.200 muertos, entre los que todavía se cuentan 1.192 individuos desaparecidos. Pinochet proscribió a los partidos políticos y disolvió el Congreso Nacional, pero tras un plebiscito celebrado en 1988 fue apartado del poder. A Cuba le pasó algo parecido que a Nicaragua. Primero tuvo que soportar la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1959) y luego la de Fidel Castro (1959-2008). Batista gobernó en Cuba en varios periodos, y en varias ocasiones suspendió los derechos constitucionales. Su régimen terminó en 1959 con el golpe de estado que dieron los miembros de la Revolución Cubana, liderada por Fidel Castro, quien a los pocos años, enarbolando la bandera del marxismo latinoamericano, impuso su propio régimen personalista y se aseguró la permanencia estableciendo las bases de un gobierno de partido único, dueño de los medios de comunicación y de los dispositivos de inteligencia para perseguir y suprimir cualquier tipo de disidencia política. Ahora su hermano y sus epígonos gobiernan una isla que es patrimonio pero que poco a poco se cae a pedazos.

En el siglo XXI las dictaduras no desaparecieron. Al final del siglo XX parecía que sí, pero no fue así, sino que se volvieron invisibles y se sofisticaron. Para no ser reconocidas por los organismos internacionales usaron la misma estrategia que los virus, mutaron y tomaron la apariencia de gobiernos de corte popular de carácter progresista. Entendieron que lo importante no es asumir descaradamente lo que es sino simular lo que no se es.. Hoy en día ya se ha entendido que estas nuevas formas de gobierno autocrático, fundadas alrededor de la figura de un líder mesiánico, basan su permanencia en la constitución de un gobierno estructurado como una maquinaria electoral-clientelar del estado, mediante la cual se ejerce el control de todos los espacios institucionales, civiles y militares. En este grupo de regímenes de naturaleza dictatorial-populista podemos incluir a Venezuela, Nicaragua, la Argentina Kirchnerista y el Brasil de Bolsonaro. En estos casos la izquierda y la derecha se parecen más de lo que habíamos sospechado.

Estas nuevas formas de autoritarismos demagógicos, se consolidaron en el poder a partir del deterioro del principio constitucional básico de la separación de poderes, la concentración de poder en el ejecutivo y la consecuente vulneración  de los derechos y garantías de las “minorías” disidentes. Esta forma particular de administrar el poder, funda su estabilidad en gobiernos presidenciales fuertes que simulan ser débiles y colectivistas, y se autodenominan socialistas o progresistas, pero que en realidad utilizan los opresivos mecanismos de vigilancia y control de los medios de comunicación, de las instituciones intermedias, de los jueces dependientes, de las universidades, del sector privado, de los intercambios económicos, de la falsa oposición política y de la supuesta autonomía de la esfera pública y cultural en general para establecer un sistema político basado en el principio acaparador de la hegemonía.

Como se ve, todavía seguimos entrampados en la misma lógica del poder. Es por eso que las dictaduras han sido el común denominador de la historia moderna de América Latina . Lamentablemente estuvieron presentes durante todo el siglo XX y siguen vigentes en lo que va del siglo XXI. Ese es un hecho que ha marcado nuestra historia, y un principio que ha determinado la forma de gobernar. Por tanto es mentira eso que leemos en Wikipedia. Las dictaduras no son un asunto del pasado. No desaparecieron sino que evolucionaron. Por razones de supervivencia tuvieron que cambiar de forma. Sin embargo, las heridas que produjeron nos siguen quitando el sueño, la comida, los recursos, el trabajo, la salud, la vivienda, la justicia y la libertad. El daño que nos han hecho las dictaduras solo sanarán cuando se terminen de encontrar a los desaparecidos, se identifique debidamente a los responsables, se les haga pagar por los crímenes, delitos y abusos que cometieron y se instale la democracia como una forma de gobierno común. Los muertos se entierran, también se recuerdan pero nunca se dejan de llorar. A lo largo del último siglo hubo demasiada persecución, asesinato, robo y corrupción. Todo eso solo se superará después de que se haga justicia. Todos sabemos que a veces eso tarda años, a veces décadas, y en algunas ocasiones nunca sucede. Sin embargo, debemos estar conscientes de que hasta que no se haga lo que se tiene que hacer, los puentes de convivencia que alguna vez definieron las relaciones de nuestra sociedad, seguirán destruidos.

 

Sobre Francisco Ardiles

Imagen del pasillo cubierto de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela (patrimonio mundial de la humanidad desde el año 2000) después de que cediera ante el peso de la lluvia, el abandono y la desidia.

“El amor en tiempos de cuarentena,” por Francisco Ardiles


Ilustración: Delia Contreras

 

23/08/2020

Francisco Ardiles

 

El amor en tiempos de cuarentena

Estoy en mi casa, acostado en mi cama, desde hace cinco meses. Ya ni recuerdo cómo era la vida antes de que nos sometieran a este encierro medieval. Así es la memoria, frágil y efímera. Pareciera que está diseñada para que solo nos acordemos del pasado más inmediato y pensemos que lo único que ha existido es lo que tenemos a disposición en el tiempo presente.

Son las 4 de la mañana y no me he podido dormir. Estoy pensando en todo lo que me ha pasado en los últimos 150 días. En verdad que no ha sido mucho, pues las posibilidades de expandir las expectativas de distracción y entretenimiento en una apartamento de 10 metros cuadrados no son infinitas. Así que no hay mucho que contar, anécdotas de las idas y venidas a comprar provisiones en las verdulerías y los automercados, salidas clandestinas nocturnas por las calles desiertas de La Plata, paseos esporádicos en bicicletas. De resto no he tenido otra opción que lidiar con la soledad de las plazas y los parques.

Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me tomé una cerveza fría en un bar de Palermo. Creo que fue hace un año pero no recuerdo el día. Sin embargo, estoy vivo. Según los infectólogos ese es el objetivo de esta cuarentena interminable. Terminar sin aliento, esperanzas, entusiasmos, sin casa, comida, trabajo, sin sexo, pareja y amigos pero vivos. Salir vivos de todo esto, y después veremos.

Antes viajaba a Brasil con cierta frecuencia. Eso significa que vivía entre dos países, y por tanto, no pasaba mucho tiempo ni allá ni aquí. Tal nivel de alternancia mantenía con vida el fuego de la pasión. Mis amigos Brasileños me extrañaban cuando estaba en la Argentina y mi mujer me anhelaba cuando estaba en Brasil. Eso también se acabó. Los de allá se olvidaron de mí y los de aquí están cansados de mi presencia. Creo que este es el periodo de tiempo más largo que he estado viviendo en mi casa. Nunca había pasado tanto tiempo con mi familia. Nadie se había tenido que calar de forma tan constante y continúa mi neurosis obsesiva compulsiva. Por eso observo que a las personas que me rodean en este pequeño espacio de convivencia la paciencia se les está acabando.

En estos días vi un programa de televisión en el que entrevistaban a una experta en divorcios y todo tipo de conflictos matrimoniales llamada Ana Rosenfeld​. Esta señora comentaba que las estadísticas emanadas de los informes de los tribunales son alarmantes, pues la tendencia pone en evidencia que muchas más parejas fueron incapaces de seguir a flote en esta situación de aislamiento. Al parecer la cuarentena fue el detonante de una enorme cantidad de demandas de divorcios. La convivencia de 24 horas, durante semanas y meses seguidos, en vez de consolidar las relaciones acabó con la magia. Michel de Montaigne decía que la rutina es el peor ingrediente para el amor.

Antes, las crisis de pareja se daban en números redondos: a los 40 y a los 60 años, porque los hombres se transformaban en viejos verdes, y les daba, de la noche a la mañana, por querer salir con una muchacha 20 años menor. De acuerdo a un estudio de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires publicado a mediados de junio, las parejas también se vieron perjudicadas por la cuarentena: y ahora lo que hay es más peleas y menos intimidad. Además de eso es importante señalar que las mujeres, a los 80 días de aislamiento manifestaron que se les acaba la paciencia con los hombres y lo que les daba eran unas ganas tremendas de ponerlos de patitas en la calle.

A mí todavía nadie se ha atrevido a sugerirme que me vaya pero estoy seguro de que a estas alturas de la cuarentena es probable que las mujeres de la casa, estén pensando seriamente en encontrar una manera de decirme que quieren que me devuelva a Brasil. No lo puedo confirmar pero ya lo estoy sintiendo. Cuando miro a mi hija a los ojos se le nota el cansancio y si le digo alguna cosa a su madre me mira de reojo con cierto dejo de desprecio. Cuando vivía con mi primera mujer en Caracas, veía como, cada tanto, le brotaba la huella del odio. Entonces cuando me miraba de esa manera, sabía que estaba en peligro. Eso le duraba unas dos semanas. Entonces durante ese periodo de tiempo evitaba acercármele. Respetaba el celibato irrestricto que exigía el nivel de su hartazgo y ciertas noches, en vez de acostarme a su lado, le decía a los niños que se mudaran al cuarto de su madre y me quedaba en la habitación de ellos con la puerta cerrada y con seguro. Cuando la situación se aclamaba ella me lo hacía saber a su manera.

Ahora todo es distinto porque ya no vivo en un apartamento de dos habitaciones sino en un mono-ambiente. Es decir, en un apartamentico de una sola pieza, con baño y cocina, donde son imposibles los momentos de sana e imprescindible privacidad. Esas limitaciones de espacio hacen mucho más difícil la convivencia familiar. Las dos mujeres que viven conmigo ya comenzaron a odiarme. Lo sé porque cuando les doy los buenos días ninguna tiene la decencia de responder como Dios manda. Probablemente les parezca un acto de cinismo intolerable que diga semejante frase a las dos de la tarde pero bueno, son las excentricidades de un desempleado que se acuesta a dormir demasiado tarde. Es lógico que les parezca un vago irresponsable pero lo que no entienden es que me duermo muy tarde porque me paso las noches en vela leyendo. Además a veces tengo pesadillas en las que ellas me confiesan que quieren matarme. Capaz que no, capaz que sí, no lo sé pero es mejor andarse con cuidado.

 

Sobre Francisco Ardiles

Imagen del pasillo cubierto de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela (patrimonio mundial de la humanidad desde el año 2000) después de que cediera ante el peso de la lluvia, el abandono y la desidia.

“El difícil porvenir,” por Francisco Ardiles

27/07/2020

Francisco Ardiles

 

Economía de Jacques Attalí

Lo que Jacques Attalí dijo en una entrevista que le hicieron la semana pasada me dejó sin palabras. Fue tajante, implacable pero claro en lo que respecta a sus consideraciones sobre lo que está por venir. Entre las numerosas cosas que señaló, horribles casi todas por cierto, fue que la verdadera crisis aún no ha comenzado y que muchos de los sueños, planes y esperanzas que tenemos para el futuro van a tener que posponerse por un tiempo indefinido. La recesión económica será profunda y larga; y acabará indefectiblemente con los sectores más frágiles de la sociedad.  Casi todos las ramas del mercado que no son imprescindibles para mantener al mundo con vida desaparecerán. La gran cantidad de dinero que se ha emitido para mantener los negocios abiertos y el nivel de consumo a flote, solo ha servido de paliativo temporal para disfrazar la banca rota del sistema, sin embargo hay una bomba de tiempo que ya se activó y terminará explotando tarde o temprano. Más temprano que tarde pienso yo. Cuando eso suceda no quedará otra cosa más que desempleo, hambre y miseria. Así que si yo fuera ustedes, dejaría de gastar mi dinero en lujos innecesarios y compras nerviosas por internet; y lo guardaría en una cajita fuerte para que luego no me falten los alimentos.

En otro pasaje de su entrevista, Attallí asegura que en muchos palacios presidenciales y empresas prominentes del mundo todavía no se ha comprendido la gravedad de lo que se avecina. Para explicar este punto tan delicado dijo lo siguiente: “la industria automotriz, por ejemplo, aún no lo entendió, pero una enorme parte de ella está muerta. El sector aeronáutico tampoco lo comprendió, pero está muerto. Y muchas empresas son zombis y son financiadas como si fueran a sobrevivir. Hay empresas que incluso están organizando cursos y seminarios, y todavía encuentran forma de financiarse, ¡pero ya están muertas!”. Resulta que algunos expertos financieros y economistas de renombre lo saben, pero no lo dicen para no que no cunda el pánico por doquier. Al parecer es un hecho que cuando están entre amigos y gente de confianza, casi todos coinciden en augurar una recesión que durará años. No se sabe cuántos pero seguramente serán años muy difíciles, sobre todo para los más vulnerables. Esto no sólo se refiere a las personas sino también a los países con las economías más frágiles. Ya pueden imaginarse cuáles son esos países. No hay que forzar mucho la imaginación para dar con los nombres. De los ricos no dijo nada, porque los ricos siempre sobreviven.

Al parecer, lo único que quedara en pie en este paisaje distópico de la economía del porvenir, será la salud, la educación, la alimentación, la industria de combustibles y el mundo digital. El resto tendrá que esperar un buen rato para salir a flote de nuevo. Todos los otros sectores de menor importancia: el turismo, la gastronomía, la hostelería, las tiendas de ropa, los cruceros, los colegios privados, las pequeñas empresas de confección de prendas de vestir, los gimnasios, las universidades privadas, las peluquerías, la construcción, los talleres mecánicos, los centros comerciales, los cines, el transporte que no sea de carga, los alquileres de vivienda y la gran mayoría de los burdeles, bares y discotecas, se pueden dar por muertos. Con ellos se irán por el desagüe sus empleados y obreros. Con esto también se pude dar por descontado que habrá marchas y manifestaciones multitudinarias, de todos esos gremios que no saben que ya están muertos. A los gobiernos que tengan recursos, no les quedará otra opción que generar sistemas de ayuda y apoyo alimentario para toda esta gente. De los otros, de los que no los tienen, prefiero no hablar y ahorrarme el comentarío. Para Attallí lo peor de toda esta situación terrible que se avecina, es que los políticos y los periodistas que están al tanto de todo, porque alguien se los advirtió, no lo quieren decir porque: “buscan cómo llegar hasta la próxima elección y confían en que después de las urnas se encontrará una solución. Pero eso es falso. Lo mismo pasa con la gente: prefiere creer que las fuerzas de la naturaleza o un mesías o Dios o cualquier otro tipo de salvador aportará una solución. Y no es así.” Como ven, queda poco por decir. Puede que algunos piensen que Atallí está exagerando pero yo creo que lo que se nos viene encima será algo así.

Sobre Francisco Ardiles

Imagen del pasillo cubierto de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela (patrimonio mundial de la humanidad desde el año 2000) después de que cediera ante el peso de la lluvia, el abandono y la desidia.

“La caida,” por Francisco Ardiles

19/06/2020

Francisco Ardiles

 

La caida

Yo salí de casa muy joven, con una maleta enorme dentro de la cual llevaba lo poco de vida y experiencia que tenía. Me fui a Caracas para estudiar una carrera universitaria en la UCAB. Ahí pasé tres años hasta que me harté. La universidad Católica me pareció una prolongación insoportable del colegio La Salle y de su enorme patio de recreo. Me cambié a la UCV para ver si en algún pasillo de esa universidad donde dio clases: Mariano Picón Salas, Guillermo Sucre, Ángel Rama, Ángel Rosenblat, Elisa Lerner, Hanni Ossot, Adriano González León, Juan David García Bacca, Rafael Cadenas y Alejandro Oliveros, me encontraba con la literatura. En el transcurso de esos años me casé, tuve hijos, me fui de la casa, regresé, hice de taxista, salvavidas en las playas de la Guaria, profesor de natación, amante express y escribí una tesis sobre Dostoievsky y dos libritos de poesía.

A los 20 años era un analfabeta funcional pero gracias a mi paso por la Facultad de Humanidades de la Universidad adquirí una visión de la cultura, que me permitió interpretar la política nacional  como algo más que un mero espectáculo de la barbarie. Aprendí que los seres humanos son animales terminan siendo muy peligrosos, crueles y corruptos cuando se forman en un ambiente ausente de belleza. Estoy convencido de que si no contamos con ese principio orientador sería imposible propiciar el equilibrio de la condición humana. A pesar de que aspiremos que el mundo sea un lugar donde priva el cumplimiento de las reglas, las normas de comportamiento, la probidad y los principios morales, la fraternidad y la justicia nunca va a ser así sino no se apuesta por la belleza. Entre los pasillos de la UCV, entendí que la gente honesta, sincera y sensible representa una pequeñísima parte del mundo, y que lo que vemos a diario que sucede en Venezuela, EEUU, Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Ecuador e Irán no es más que la consecuencia de ese desencuentro.

Las imágenes de las universidades cayéndose a pedazos por el abandono y la desidia, de los hombres apedreando a mujeres por el solo hecho descubrirse el rostro en pleno día, de la gente hacinada en la calles viviendo de los desechos que recogen en los contenedores de basura, de los policías asesinando a ciudadanos negros por un odio racial incontenible, de los funcionarios de seguridad del estado ejecutando estudiantes que se oponen al gobierno, gente agonizando en las calles por la indolencia de sistemas de salud ineficientes y corrompidos, maridos celosos acabando con las vida de mujeres inocentes a puñetazos, directivos del gobierno comprando tapabocas a sobreprecio para hacer de la crisis del coronavirus un negocio de rendimiento personal; no son más que las evidencias de una crisis que se va revelando con su odio y crueldad en el mundo real.

Ahora vivo en Argentina, antes estuve en Brasil porque decidí salir de Venezuela por razones más que obvias, y esa experiencia para lo único que me  sirvió, fue para entender que una crisis política, económica o social, es suficiente para que todo lo que creíamos estable se vaya a la mierda. Lo que me dio el exilio fue la conciencia de que América Latina, o sus países, viven al borde del desastre, mientras que la mayor parte de sus ciudadanos siguen creyendo ciegamente lo que ven y leen en los celulares y la televisión. Esa realidad es la que no nos atrevemos a mirar, y esa falsa seguridad que nos dan los medios pagados por los gobiernos de turno, o, los empresarios de siempre, nos muestra nuestra patológica e incurable costumbre de evadir la realidad. Eso precisamente es lo que ahora estamos pagando tan caro. Y tengan por seguro que lo seguiremos pagando, con hambre, desempleo, inseguridad y enfermedades.

Es tiempo de que aprendamos a vivir con una actitud mucho más suspicaz, mucho más lúcida, asumiendo que nuestro continente se ha convertido en el lugar más peligroso del mundo, un lugar en el que en cualquier momento el techo que nos protege de la lluvia nos puede caer encima y aniquilarnos. Un lugar donde no hay certeza de nada, donde hoy puedes tener trabajo y casa, y mañana terminar en la calle. Un lugar donde lo único que puedes esperar del gobierno es una sanción policial, el alza de los servicios, una bolsa de alimentos cada 15 días, un plato de comida recalentada y una nueva mentira.  Por eso te digo, no le creas a nadie, ni al que te vende las verduras ni a los políticos que te ponen a marchar por una causa perdida de antemano. No permitas que te distraigan porque estamos en un lugar muy peligroso, donde los hospitales están muy sucios y no hay suficientes camas con respirador. Así que no te relajes nunca.

Yo sé que nuestros padres nos educaron con la mejor intención. Esa fue la razón por la cual nos dijeron que el ser humano es bueno y que el mundo es que lo convierte en algo malo. En todos estos años, lo que mejor he aprendido es que es al contrario. El ser humano es un mamífero que nace con instintos de supervivencia muy básicos, primitivos, digamos que elementales, que son los que precisamente lo ayudan a sobrevivir en las peores condiciones y circunstancias. Ese instinto lo impulsa a buscar un lugar donde pueda calentarse, comer, procrear, abrigarse, protegerse, trabajar y recrearse. Si un día se siente amenazado o sospecha que la seguridad de contar con todo eso está en peligro, es capaz de hacer cualquier cosa, de pasarle por encima a quien sea y de sacrificar todo lo demás, sobre todo, aquello que nos inventa la cultura, la ética, la moral, la solidaridad, la empatía.

La sociedad es precisamente el sistema que domestica a esa bestia que hay en nosotros, dándole libros, cariño, mucha comida, obras de arte, placeres, algo de sexo, normas, teleseries, dibujos animados, video-juegos, principios, himnos, consignas, banderas, parentescos, líneas blancas, amarillas y rojas. Todo ese aparataje de contención funciona hasta que la certeza del bienestar y la seguridad, pierde todo su brillo y nitidez. Es en esa situación de carencias en la que las sociedades humanas recobran su origen oscuro y hacen del mundo un campo minado, un lugar plagado de amenazas. Creo que estamos atravesando uno de esos momentos oscuros, en la que nada está asegurado, y entonces cuando hablamos de virtud de nobleza de espíritu, de honestidad, solidaridad, dignidad y de coraje, nos quedamos callados, con la mente en blanco, porque sabemos que a la sociedad de ahora no le interesa nada de eso; pues lo que en verdad está procurando salvajemente es sobrevivir.

 

Sobre Francisco Ardiles

Imagen del pasillo cubierto de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela (patrimonio mundial de la humanidad desde el año 2000) después de que cediera ante el peso de la lluvia, el abandono y la desidia.

 

 

 

“Vivir es algo muy parecido a un mal chiste…” por Francisco Ardiles

 

Vivir es algo muy parecido a un mal chiste…

Por Francisco Ardiles

Vivir es algo muy parecido a un mal chiste, porque independientemente de que nos vaya bien o mal en el trabajo, los estudios o la vida amorosa, eso no depende de nosotros. Ese es un misterio que poco o nada tiene que ver con lo virtuosos, inteligentes, honestos, comprometidos y agradables que seamos. Chejov decía en uno de sus cuentos, y disculpen que no recuerde en este momento el título, el año y la página de la cita, es decir, que no recuerde otra cosa que la idea planteada por el narrador del texto, que todo hombre feliz debería guardar en el clóset de su casa a un hombre infeliz que se le parezca mucho, para que le recuerde todos los días, con el golpe de un martillo, que no todo el mundo es feliz, y que lo suyo es pura cuestión de suerte. El lujo momentáneo que puede disfrutar una persona con mucha suerte que algún día dejará de ser afortunada.

Es por eso que la vida es un chiste muy sucio e impredecible que hoy nos hace reír y mañana llorar. Nos hace reír cuando es divertida y llorar cuando tratamos de insistir en encontrarle una lógica, una respuesta, una salida honorable. Cuando nos llevamos una gran decepción, nos relacionamos en la cama con alguna persona que no satisface totalmente nuestras expectativas fuera de esos dos metros del colchón, cuando nos toca el turno de deambular por los márgenes, ser el que no existe, el que no está, el que no hace falta; cuando dejamos de ser tomados en cuenta, cuando envejecemos o caemos enfermos, cuando ya no somos tan atractivos como antes, ni interesantes, ni tan inteligentes como pensábamos que éramos; cuando nos convertimos en una fórmula fastidiosa que se repite interminablemente en los comerciales de YouTube, cuando perdemos el trabajo, debemos dinero, se nos muere el perro que nos lamía las patas. Cuando somos apartados a empujones del sistema, es que entendemos. Pero la vida es un chiste de mal gusto no sólo por eso, sino también porque a pesar de esta perenne amenaza, de esta lógica terrible, seguimos estando aquí, imperfectos y mortales queriendo respirar cada bocado de aire que nos queda. Seguimos estando aquí, sintiendo amor, placer, deseando y recordando a los que no están. Seguimos sintiendo esperanzas, y lo más absurdo de todo, soñando.

Sobre Francisco Ardiles

 

Francisco Ardiles