Category: Poetry

"Tengo miedo. Todo en mí se desmorona. No quiero luchar": Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik

En “Las novias de la muerte”, Luis Antonio de Villena escribe:
Ese daño íntimo que puede causar la vida o las relaciones cercanas en la infancia, se ve asimismo en otra de estas grandes poetisas suicidas, la argentina -de origen ruso- Alejandra Pizarnik (1936- 1972). Inteligente, culta, reflexiva, ultrasensible, Alejandra escribía con una letrita diminuta. Es una gran poeta de la inteligencia y el dolor, como en Extracción de la piedra de la locura (1968). Escribe en un diario íntimo: “Tengo miedo. Todo en mí se desmorona. No quiero luchar. No tengo contra quién luchar”. Pasa por psiquiátricos y sale, viaja a París, regresa a Buenos Aires. Sus poemas casi duelen. Por ejemplo, ‘Balada de la piedra que llora’: ‘La muerte/ pero la vida/ pero nada nada nada’.
Aunque dicen que era lesbiana (o por ello) la muerte fue su gran amante. Incapaz de resistirse más, la noche del 24 de septiembre se tomó una fuerte sobredosis de barbitúricos. Tenía puesto como música el ‘Adagio’ de Albinoni.
La muerte como gran seductora. La lista de estas damas turbadas por ese daño cruzado de seducción final es larga y sólo en el siglo XX. La portuguesa Florbela Espanca (una notable post modernista cuyo hermano era aviador) se suicidó en 1933 con una sobredosis de veronal. Tenía 36 años. La italiana Antonia Pozzi (conocida literariamente post mortem, una gran poeta) usó también barbitúricos para morir en 1938 con 26 años. Llamativo es el caso de una rara española (enamorada no correspondida de JRJ) que se suicidó de un disparo en la cabeza en 1932 con 24 años. Se llamaba Margarita Gil Roësset. Otra gran poeta italiana, contemporánea, Amelia Rosselli se suicidó arrojándose desde la ventana de la cocina de un quinto piso en 1996 con 66 años… No terminamos: Delmira Agustini, uruguaya, María Mercedes Carranza, colombiana, Inge Müller, alemana, Julia de Burgos, puertorriqueña… La muerte propia, levantar la mano contra uno mismo (que decía Jean Améry) ha sido un tema vetado, raro, psicótico. Un libro de Luzmaría Jiménez Faro, ‘Poetisas suicidas’ -trata sólo de algunas de habla española- me ha recordado el tema turbador. También hay muchos hombres, cierto, pero dicen que el afán de muerte, el impulso tanático, en las mujeres es menor. ¿Son las enamoradas poetas, entonces, excepción? Claro que no todos los suicidios significan ni buscan lo mismo. Salvo morir, muy evidentemente.

Palabra poética y silencio en Heidegger, Lacan y Pizarnik

Heidegger y su esposa junto a Lacan

Palabra poética y silencio en Heidegger, Lacan y Pizarnik.
Sigifredo Esquivel Marin e Irene Ruvalcaba Ledesma nos presentan un ensayo en torno a la poesía y el silencio a partir de Heidegger y Lacan y a propósito de la poeta argentina Alejandra Pizarnik. Sigifredo Esquivel Marin es ensayista y profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Autor de varios libros sobre filosofía, arte y literatura. Irene Ruvalcaba Ledesma, poeta y terapeuta en el Centro de Servicios Integrales (CISP) de la UAZ. Actualmente prepara un libro de poesía.

Pizarnik, un aborto en París y la Ley Veil en Francia

Alejandra Pizarnik

Matilde Sanchez escribe:
“Sí, estoy encinta. De pronto, la idea de no reaccionar con miedos y llantos. Hacer lo que se necesita hacer con extrema seguridad y lucidez”. La entrada corresponde al 22 de septiembre de 1963, mientras Alejandra Pizarnik vive en París, y figura en la edición definitiva de sus diarios. Publicada hace dos años en España, la nueva versión, al cuidado de Ana Becciú, devuelve nada menos que 600 páginas al libro original expurgado por Miriam, hermana y albacea de la poeta. Y está claro que el relato del aborto, con todo lo escabroso de la circunstancia clandestina, no había sido incluido hasta ahora.
“Martes 24 de septiembre;
8.50h Telefoneo al Dr. X. Teléfono ocupado. Repito la llamada cada diez minutos con el mismo resultado. A las 13 hs una voz salida de un magnetófono me indica llamar en la semana próxima. Telefoneo a A. K. No está. Vuelvo a llamarla hasta las 14 h. Telefoneo al Dr. Z. No está. Lo llamo cada media hora. A las 16.30 responde citándome para las 17.30 h. No encuentro sangre para el simulacro. Al final hundo en mi pierna el puñal japonés y obtengo.”
Ese mismo sábado, la orden a sí misma está cumplida. Pizarnik, que no tiene pareja ni un trabajo satisfactorio, conseguirá dónde resolver el problema. Escribe el 28 de septiembre: “Y las voces lloran o se lamentan con un gran miedo antiguo, ya conocido por semejanzas increídas, la mañana se abre como un canto, te hieren, tiran de tí, te atenazan, tiran de ti, en plena noche de creación arrancan de ti, con las piernas abiertas piensas en árboles, en colores puros”. Hoy no parece posible imaginar la decisión de un aborto sin anestesia, decidido “para sentir el dolor en su calidad pura, temblando las piernas que sin embargo quisieran cerrarse, tiran de ti, un claro en lo espeso, en lo especioso de una oscuridad de formas movedizas”. Quizá lo fuera o tal vez el dolor fuese el precio punitivo en la forma más silvestre de la práctica médica, a la que podía acceder una joven inmigrante sudamericana. El domingo no hay registro pero debió de ser una pesadilla ginecológica porque el lunes 30, la entrada está fechada en el Hospital de la Ciudad Universitaria: “Lloré todo el día Lloré por mí. Ahora comprendo por qué no lloré hasta hoy.”
El 3 de octubre, más compuesta, puede empezar a pensar: “Puesto que he sufrido debiera comprender mejor, no caer en los errores u horrores antiguos, etc. Pero no sé qué me obliga a incluir un aborto entre las grandes experiencias del dolor. Fue un dolor físico espantoso, de acuerdo, pero ¿por qué me habrá de traer la sabiduría? No. Sabiduría, no. Lucidez. O al menos prudencia. Entiendo por ello cierta receptividad de mis propios sufrimientos; saber que sufro por culpa mía —¿por culpa mía? Este suceso o itinerario de un mes y medio. Sus etapas: haberme acostado con C. en perfecto estado de ebriedad. Haber esperado un mes y medio con el horror insoslayable de mi presentido embarazo (lo presentí en cuanto se me pasó la borrachera). Haber sabido que estoy encinta. Haber solucionado este estado increíble (buscado cómo solucionarlo y no obstante no creyendo, no obstante haber esperado un milagro). Haber buscado y haber encontrado la manera más sórdida, la más dolorosa. Y todo ello sola, absolutamente sola”. Es notable y digno de compasión ver hasta qué punto Pizarnik interpreta como elección autoinfligida un espanto que, en rigor, pertenece a la circunstancia irregular de la práctica, que cambia por completo de matiz si se realiza a la luz pública.