Category: New York

Video/ An Evening of Madame Bovary with Lydia Davis | 92Y Readings

http://www.92Y.org/VPC – “To achieve a translation that matches [Flaubert’s] high standard is difficult, perhaps impossible,” writes Lydia Davis in the introduction to her new translation of Madame Bovary—the 20th into English, by her own count. Nevertheless, seven years after her translation of Proust’s Swann’s Way was met with universal celebration, Ms. Davis, also an acclaimed writer of fiction (her Collected Stories was published in 2009), returns to the Poetry Center to read from her rendering of Flaubert’s classic novel. Recorded October 4, 2010 at 92nd Street Y.

Video/ Jeffrey Epstein Accuser Shares Story Of Alleged Rape For 1st Time

Video/ Jeffrey Epstein Accuser Shares Story Of Alleged Rape For 1st Time | TODAY.

In a TODAY exclusive, Jennifer Araoz shares with Savannah Guthrie her chilling account of alleged sexual assault by billionaire Jeffrey Epstein, which she says happened when she was in high school. Araoz is not part of the Southern District of New York’s case against Epstein, who pleaded not guilty to sex trafficking charges.

Video/ Paul Auster Interview: How I Became a Writer

Paul Auster

Video/ Paul Auster Interview: How I Became a Writer.

A rare visit at Paul Auster’s brownstone home in Brooklyn. Auster shares the story of how he became a writer and how he works: “A good day’s work is if I have one typed page at the end of the day, two is amazing, three is a miracle.” New York novelist, Paul Auster, tells the story about how striking out on an autograph from the legendary baseball player Willie Mays led him to become a writer. “After that incident at the age of 7, I always remember to keep a pen in my pocket, because you never know when you might need one.” Auster is widely known for his use of blurring out the lines between realism and fiction in his writing, drawing on his own experiences: “The job of a writer is to keep his eyes open. In this video he reflects on what it means to be a writer and why a good day’s work sometimes consist of crumbling up the written papers and throwing them into the trash.” When Auster was young he wanted to write something beautiful, but as he got older he discovered that this wasn’t what it was all about: “The essence of being an artist is to confront the things you are trying to do, to tackle it head on, and if it is good, it will have its own beauty – an unpredictable beauty.” Paul Auster (born 1947) is a highly acclaimed American novelist. He has published numerous novels such as the famous ‘The New York Trilogy’ (1987), ‘Moon Palace’ (1989), ‘Sunset Park’ (2010) and the autobiographical books ‘Winter Journal’ (2012) and ‘Report From the Interior’ (2013). He lives in Brooklyn, New York with his wife, novelist Siri Hustvedt. Paul Auster was interviewed by Kasper Bech Dyg in Brooklyn, New York, December 2014. Camera: Anders Urmacher Produced and edited by: Kasper Bech Dyg Copyright: Louisiana Channel, Louisiana Museum of Modern Art, 2014 Supported by Nordea-fonden

“Días comunes en Nueva York: Argentino extranjero” por Manuel Martinez Novillo

Manuel Martinez Novillo

Días comunes en Nueva York: Argentino extranjero

por

Manuel Martinez Novillo

Estaba sintiéndome cómodo en el partido. Empecé una jugada desde atrás que, luego de una buena sucesión de pases, terminó en el primer gol de mi equipo. La asistencia al goleador la di yo también. Eso me valió que uno de mis compañeros comentara: “This one got skills”. Apenas dos jugadas después, quise bajar un pase dificilísimo en ataque. Había que dejarlo ir, pero yo estaba envalentonado por el halago. La pelota venía alta y profunda. Corrí y salté con la pierna izquierda levantada. La detuve, pero cuando aterricé mi pie derecho se trabó en suelo y mi tobillo se dislocó hacia adentro un segundo y volvió a su lugar. Sentí dolor instantáneamente. Perdí el equilibrio y rodé por el piso. La pelota se fue por la banda como siempre debió haberse ido. Intenté participar de un par de jugadas más pero el dolor persistió. Me cambié rápido con la idea de agarrar el subte antes de que cambiara el recorrido a las 10:30 pm. Pero cuando salí del complejo ya estaba rengueando bastante y decidí tomar un Uber.

Unas horas más tarde estaba solo en una sala de emergencias de Brooklyn esperando los resultados de unas radiografías que determinarían si me había fracturado o no. Para entonces ya ni siquiera podía apoyar el pie en el suelo: al hospital entré saltando en la otra pierna. El auto hasta mi casa me había costado 40 dólares; 20 el que me llevó de mi casa al hospital, y seguramente serían otros 20 de vuelta. En ese rato de espera mis pensamientos se volvieron tristemente económicos: vivir en Nueva York no más de cinco horas con una pierna incapacitada me había valido, por lo menos, 80 dólares. En condiciones normales esos traslados (que en su mayoría no habrían sido necesarios) hubieran llegado, a lo sumo, a 15. Milagrosamente, el doctor me dio la noticia de que no era una quebradura. Era un esguince -uno grande- pero nada estaba roto. Me recetaron unos antinflamatorios, me pusieron una venda y me dijeron que con una semana de reposo y la pierna levantada el tobillo iba a estar mejor en poco tiempo.

Los norteamericanos juegan cada vez más al fútbol. Sus ligas se han vuelto llamativamente competitivas. En Brooklyn ya resulta común ver niñas y niños pateando la pelota en las calles. Casi todos los días, cuando doy mi caminata, veo picados en la cancha pública de césped sintético del Sunset Park. En las privadas hay que reservar con bastante antelación para conseguir un turno. El partido en el que me lastimé, por ejemplo, era uno de los Monday Soccer del departamento de Política de la Universidad de Nueva York. Un ciclo de partidos semanales que se hacen durante todo el semestre de primavera, cuidadosamente organizados por uno de los profesores y a los que pueden asistir cualquier miembro (hombre o mujer) del departamento.

Yo no pude volver a ir después de esa vez. A las complicaciones de la lesión se sumaron las exigencias del tramo final de la maestría y la serie de trámites -administrativos y prácticos- que conllevan mudarse de un país a otro. Cuando jugué ese partido, yo ya tenía sacado el pasaje de regreso definitivo a la Argentina para tres meses más tarde.

Escribo la segunda parte de esta columna recién instalado nuevamente en mi país. Después de dos años en los Estados Unidos he vuelto a vivir temporalmente a la casa de mi infancia con mi madre y su compañero. La última noche en el departamento de Brooklyn dormí sobre una colcha en el piso porque le había regalado el colchón a un amigo norteamericano que no podía llevárselo después. El tenía un camión de mudanza cargado con sus cosas ese día y ya partía a vaciarlo en un chalet en el interior del estado de Nueva York –la primera casa completamente suya. Ya no volvería por un tiempo a la ciudad. Cuando me contó de ese inconveniente él me sugirió, como solucionándome un problema a mí, que también podía dejar el colchón en la calle antes de tomar el taxi al aeropuerto. Alguien lo llevaría. Es cierto que eso funciona casi sin excepción allá. Las cosas no llegan a echarse a perder antes de que un desconocido que va pasando les encuentra uso. Pero dejar mi cama en la calle me pareció un acto extraño y triste y le dije que prefería que se lo llevara él ahora. Nos despedimos con un abrazo y me dijo algo que mucha gente me dijo en esos días –que ojalá nos viéramos en mi país. A diferencia de los aprendices del inglés que solemos decir “ir” en ese tipo de oraciones, él usó una expresión que podría traducirse literalmente así: “Espero poder llegar hasta la Argentina”. Make it to Argentina.

Desde que volví he tenido un sueño recurrente. Estoy en Nueva York y tengo que ocuparme de un asunto de último momento –limpiar el departamento que dejo, reunirme con un profesor-antes de tomar el avión a la Argentina. En la versión más reciente debo corregir unos trabajos monográficos de alumnos de una universidad que parece NYU (Algo que, por cierto, nunca hice allá). He pospuesto la tarea hasta último momento y me encuentro con que resulta ser más trabajosa de lo que esperaba. Me pongo nervioso. Dejo de ser capaz de manipular las hojas y las planillas; se me traspapelan y se mezclan unas con otras; siento que algunas desparecen de mis manos y que todo el conjunto empieza a perder realidad. Además, hay algo en el hecho de que estoy a punto de irme para no volver que me hace percibir esa ocupación como el legado definitivo de mi presencia ahí: si no lo cumplo como corresponde, quedará dando una mala imagen de mí para siempre. Llega la hora del vuelo. Salgo a la calle y tomo un taxi con el amasijo de papeles que ya casi no tienen forma de nada, estoy defraudado por la pobreza de mi desempeño, por lo irrefrenable de mi destino de mediocridad. Ese es el momento de más angustia en cada versión del sueño y es también cuando me levanto.

Otra sensación que ronda en el sueño es que desaproveché mi tiempo en Nueva York: a veces, cuando voy camino al aeropuerto veo desde el auto con arrepentimiento lugares de la ciudad que no visité y que ya no podré conocer. Pero mi partida de los Estados Unidos no fue nada parecido a eso. Fue alegre y en paz. Nada de importancia quedó atrás: sólo ropa vieja, un par de muebles y algunos libros argentinos que volveré a comprar. Todo el resto vuelve conmigo de un modo u otro. Nombro aquí solo algunas cosas. Las amistades nuevas, singularmente distintas de las viejas. La fortaleza inesperada de saber vivir lejos, amenazado por la soledad. Un papel que dice que tengo un título universitario más. La confirmación de que la vida en lugares ajenos -a pesar de ser muy distinta de la propia- con unos pequeños ajustes se puede volver muy personal e íntima. Ciertamente, la capacidad de desprenderme de lo que uno no puede andar llevando por el mundo.

Y, por supuesto, el esguince también vino a la Argentina. Todavía –casi tres meses después- no puedo usar el tobillo sin precauciones. Mis primeras caminatas de mañana alrededor de la plaza Urquiza en Tucumán las hice con la misma venda que compré para usar diariamente en el Sunset Park. La lesión mejora cada día, pero resiste. A la historia de esa espera incierta en el hospital – que solía producirme escalofríos- ahora la cuento en tono de broma. También hoy me resulta risueña la imagen del tucumano rengueando a través de la ciudad de Nueva York: para ir a bares a despedir a sus amigas y amigos, para entregar su trabajo final en la universidad, para visitar una vez más sus librerías favoritas.

Acerca de Manuel Martinez Novillo