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“Días comunes en Nueva York: A New Haven y de regreso” por Manuel Martinez Novillo

Manuel Martinez Novillo

“Días comunes en Nueva York: A New Haven y de regreso”

por

Manuel Martinez Novillo

 

En un año y medio que llevo viviendo en Nueva York, esta es la primera vez que tomo un tren desde la majestuosa Gran Central Terminal. Me voy por el día a la ciudad de New Haven, porque un profesor (y amigo) de la Argentina da una charla en la Universidad de Yale esta tarde. A decir verdad, usé el tren en una sola ocasión antes. Fue cuando me subí al North Jersey Coast Line, en la estación Penn, por un tramo de veinte minutos y busqué en el aeropuerto de Newark a unos amigos que llegaban de México.

El viaje dura apenas dos horas, pero llego con la sensación de que superé un obstáculo. Quiero conocer la universidad desde que llegué a Estados Unidos. En el medio, una amiga, que estudia acá, me invitó a ver el partido de fútbol americano entre Yale y Harvard, uno de los eventos estelares del calendario universitario. Ahora me resulta imposible recordar qué cosa tan importante debía hacer que me impidió tomarme ese fin de semana. Después estuve meses buscando infructuosamente una buena fecha, hasta que me enteré hace sólo dos días de esta charla. Y con la misma facilidad con la que antes postergaba la venida, esta semana acomodé mis compromisos, saqué pasajes y dejé Nueva York.

Distintas personas me han dicho que no espere mucho de New Haven, que no es una ciudad muy bonita. Cuando salgo de la estación me doy cuenta de que, en realidad, quisieron decirme que es pobre. Me cruzo con un par de talleres mecánicos y algunos terrenos vacíos que me hacen acordar a Sunset Park, mi barrio en Brooklyn, lo que de hecho me agrada.

También como mi barrio la ciudad es pequeña. Camino apenas treinta minutos, paso a través de la plaza principal y ya estoy en el viejo campus de la universidad, una construcción con casi trescientos años de antigüedad. La escultura del académico Theodore Dwight Woosley me llama la atención entra las que decoran el parque. Averiguo en Wikipedia que Woosley fue profesor de derecho y ciencias sociales y que ejerció la presidencia del Yale College entre 1846 y 1871. Su estatua lo muestra sentado con un libro en la mano derecha y marcando una página con el dedo, como si acabaran de interrumpirlo. El gesto es natural, simple, como el de un verdadero lector.

Yale está presente en mis lecturas desde hace tiempo, incluso sin que yo fuera del todo consciente de ello. Hace muy poco me enteré, por ejemplo, de que el pragmatista Richard Rorty, uno de mis héroes de la filosofía, hizo su doctorado aquí. Sí sabía que el crítico y teórico literario Harold Bloom, a quien leo constantemente, fue profesor de la casa muchos años y se convirtió en una suerte de institución ambulante dentro de la ciudad. Además, tengo presente que los politólogos Robert Dahl y Juan Linz fueron formadores de muchas generaciones de excelentes científicos sociales en estos salones. Y esos son tan sólo los nombres de algunos de los que ya no están. En una recorrida por la escuela de derecho veo las oficinas actuales de algunas leyendas vivientes de la filosofía jurídica. Sus nombres -escritos igual que en los libros- cuelgan ahí sin pompa ni festejo, con la justa solemnidad que lleva ser docente de esta universidad. Pegado con cinta en la puerta del despacho del constitucionalista Bruce Ackerman hay un cartel impreso que pide que “no se moleste al profesor durante las mañanas, porque las usa para escribir”. Muy amablemente y en tercera persona: algo de ese pedido sintetizará su persona, pienso.

Como quedan todavía un par de horas hasta que comience el evento, paro a tomar una coca light en una librería de usado. Me propongo retomar algunas tareas del posgrado que curso en la Universidad de Nueva York. Leo un poco y escribo otro poco. No logro verdadera concentración en ningún momento. Todo lo que haga ahora tendré que revisarlo después, pienso, lo que me hace dar por concluido el intento. Me sorprendo a mí mismo pensando en Nueva York como mi casa. Al comienzo rechazo el pensamiento por vanidoso. Pero después me pregunto si no soy yo el que le está dando ese tinte extravagante a un suceso normal. Quizás siempre ocurre así. Incluso en esa ciudad. Incluso a mí. Uno va haciendo su vida, los hechos van encadenándose y uno pasa a formar parte de un lugar. Nada extraordinario sucedió en el medio, nada para considerar de manera especial.

A la charla la organiza una asociación de estudiantes latinos de derecho de Yale. Cuando llego, saludo a mi amigo con un abrazo. Él me presenta al profesor con que compartirá el panel, otra eminencia con quien cruzo brevemente caminos hoy. Por unos minutos parece que el aula va a quedar grande, pero justo antes de comenzar llega un grupo grande de gente y terminamos un poco apretados. Distingo, por el acento, a varios argentinos en el público y hay una gran mayoría de personas hablando en español.

El norteamericano abre proponiendo su idea de la función del poder judicial en la democracia estadounidense. Su presentación es potente y polémica. El argentino toma esa posta y utiliza los mismos conceptos para hablar de nuestro país. Apenas enuncia que su perspectiva será crítica, noto que los argentinos en el público se ponen más serios y menos receptivos. Pero la charla los va ablandando y el debate fluye en la sala. El profesor de Yale termina sorprendido y estimulado con la aplicación de su teoría a un sistema jurídico tan distinto del suyo. En los comentarios flota la idea de que las similitudes y diferencias entre la Argentina y los Estados Unidos -no tan sólo legales sino sociales y culturales también- son un tema poco estudiado y con gran potencial. Desde temprano en el debate tengo una pregunta acerca de eso justamente, pero no me animo intervenir. No puedo conmigo mismo una vez más y al final estoy esperando que se extingan los últimos minutos para no hacerla.

Termina el evento y la gente se amontona para felicitar al argentino, a quien se lo nota cansado, pero muy contento. Logro saludarlo y expresarle algo de lo que pensé, le digo que hay una conversación nueva que él empezó ese día, que hay que continuarla y que tengo algunas ideas. Pero no tenemos tiempo de comentar demasiado. El parte a cenar con el profesor norteamericano y yo a tomar el tren. Le digo que le voy a mandar un mail con comentarios.

De regreso a la estación, ya oscureció y llueve. Me lamento de que nuestro saludo final fuera tan apurado. Hubiera querido decirle algunas cosas más, cosas que además no entran en ese mail. Contarle un poco de mí, de cómo cambiaron mis intereses desde la última vez que hablamos en la Argentina. De cómo todo cambió un poco quizás desde que llegué aquí. Él vivió la misma experiencia de estudiar en el extranjero en el pasado. Le habría interesado. Es más, hubiera entendido que quisiera contárselo, que quisiera hacerlo testigo. Porque esto es una especie de revolución que solamente yo puedo ver. Me encuentro con un bar que vi cerrado a la tarde, pero que ahora tiene movimiento. Como tengo que hacer tiempo una vez más, entro. (Paradoja de los viajes relámpago: te falta tiempo para hacer lo mucho, pero te sobra para hacer lo poco.) Pido una cerveza en la barra y la tomo de parado apoyando el vaso en una banqueta. Ahí pienso que quizás en la forma que nos despedimos -como si fuéramos a vernos de nuevo cualquiera de estos días- ya hay algo de ese entendimiento.

En Nueva York no llueve. El subte hasta Sunset Park a las doce de la noche se convierte en un segundo viaje en tren. Pero me da tiempo para seguir hojeando las memorias de Boris Pasternak, un libro sobre el que había leído y rondaba mi cabeza hacía rato. Lo hallé hoy de casualidad: estaba justo detrás de la silla que elegí para sentarme en la librería en New Haven –un encuentro más en este día singular. Pasternak comienza arrepintiéndose por una autobiografía que escribió antes de esta. Estaba llena de manierismos, confiesa: ahora voy a decir las cosas como son. Tengo que empezar a hacer eso, me digo yo. Una cosa más que sumar al rubro de las pendientes.

 

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“Argentina tiene que deconstruirse del patriarcado machista”: Massa

En plena campaña para lo que será un calendario atravesado por numerosas elecciones, el ex intendente de Tigre, Sergio Massa, brindó ciertas precisiones sobre sus aspiraciones políticas para este 2019.

En este sentido, quien confirmó hace algunos días que será candidato a presidente por el espacio Alternativa Federal, se pronunció sobre los principales puntos que marcan el pulso político y económico del país.

Consultado sobre la agenda de género y la necesidad de imponer reformas que apunten a reducir las brechas en cuestión, Massa sostuvo que “Argentina tiene que deconstruirse del patriarcado machista hacia una sociedad de iguales. Esa deconstrucción abre con más fuerza las denuncias de las mujeres que son víctimas de la violencia. Este es el siglo de las mujeres”.

“Es clave el cambio en el Código Penal: el femicidio debe ser con perpetua. La violación tiene que ser castigada con perpetua, porque tenemos que ser aleccionadores para imponer un sistema de penas que genere la conciencia de que la violencia del hombre contra la mujer destruye a la sociedad, destruye la familia”, planteó el líder del Frente Renovador.

En sintonía con esto último, sostuvo que el proyecto por la Interrupción Voluntaria del Embarazo “va a estar en la agenda porque es un tema que cruzó transversalmente a todas las fuerzas políticas y a toda la sociedad”.

“Voy a ser candidato a presidente y quiero ser el presidente de la Argentina del crecimiento para salir de este fracaso”
En diálogo con Infobae, Massa entiende que el proyecto de una oposición tiene que ir más allá de los nombres: “Primero el gran acuerdo, después las candidaturas”, sostiene el ex Jefe de Gabinete, en tanto que ahora no desestima una potencial alianza con la ex presidenta Cristina Kirchner.

“Los límites no los impongo yo, los impone la gente. Nosotros estamos construyendo una alternativa”, comenta el candidato presidencial.

En último término, y con motivo de un nuevo aniversario sobre la muerte de Alberto Nisman, el integrante de Alternativa Federal dio su parecer sobre el deceso del fiscal: “No tengo certezas. Ni siquiera conozco en detalle la causa. Pero tengo una intuición personal que me indica que lo mataron” planteó el ex funcionario.

“Y tengo un deseo personal. Que es que logremos de una vez por todas que se resuelva la investigación porque Argentina ya tiene demasiadas marcas abiertas con tufillo de impunidad. Nisman es una, AMIA es otra”, sentenció Massa.

“El Día de San Valentín: la transformación de una celebración religiosa a una comercial” por Imán Marwan Gill

Imán Marwan Gill

“El Día de San Valentín: la transformación de una celebración religiosa a una comercial”

por Imán Marwan Gill, Editor de Asuntos Musulmanes de Interlitq

 

Como todas las semanas, estaba muy emocionado y esperando el jueves por la noche, para tener el partido semanal de squash con mi amigo. Un día antes, cuando recibí su mensaje de WhatsApp, consideré que era el recordatorio habitual para la confirmación de nuestro partido. Pero poco preveía que este jueves sería el 14 de febrero. Su mensaje fue inesperado y me sumió en una etapa de autocuestionamiento. No le reprocho nada, me acababa de enviar un mensaje simple: me informaba que este jueves era el Día de San Valentín, por lo que pasaría la noche con su esposa.

Supongo que él tampoco se hubiera imaginado que este único mensaje crearía oleadas de pensamientos y preguntas en mi mente:

“¿Debo cambiar mi plan de esa noche y en lugar de mi actividad deportiva salir con mi esposa?” Pero es jueves y normalmente a los dos nos disgusta salir durante la semana y preferimos pasar tiempo juntos en casa.

“Si no salimos, tal vez debería comprarle un regalo?” Pero ¿por qué debería sentirme obligado a comprarle regalos en un día al azar? ¿No deberían los regalos ser una expresión natural y personal de tu amor en lugar del resultado de la presión social y las obligaciones formales?

“Entonces, si no celebro el Día de San Valentín ¿significa que no amo a mi esposa o que no soy romántico?” Pero … espera un segundo ¿por qué celebramos el Día de San Valentín?

Al igual que Navidad y Semana Santa, el Día de San Valentín también tiene su raíz en la creencia y la ideología cristianas. El Día de San Valentín fue presentado oficialmente por el Papa Gelasio en el siglo V para recordar al mártir del santo cristiano primitivo llamado Valentinus. Sin embargo, con los siglos, el Día de San Valentín se comercializó cada vez más y perdió completamente sus raíces. El mundo comercial secuestró esta fecha por lo que, como resultado, en lugar de celebrarse en un ambiente religioso, el Día de San Valentín se celebra en ambientes comerciales. Sólo en Estados Unidos, se gastan alrededor de 20 mil millones de dólares para el Día de San Valentín con aproximadamente un promedio de 160 dólares por persona.

Como musulmán, personalmente no celebro el Día de San Valentín ni existe un día alternativo en el Islam para honrar y celebrar el amor. Las enseñanzas del Islam y la vida noble del Santo Profeta Muhammad (la paz sea con él) están llenas de recordatorios y ejemplos de amor y bondad hacia su pareja, por lo que no nos hace falta celebrar un día simbólico. El Sagrado Corán (4:20) ordena a cada musulmán que trate a su esposa siempre con amabilidad y amor. Además, al declarar a la pareja una vestidura ha quedado claro que ambos deben ser un medio de comodidad y protección mutua, tanto física como emocionalmente. La vida conyugal del Santo Profeta Muhammad (la paz sea con él) es un ejemplo perfecto y una guía sobre cómo tratar a sus esposas. En toda su vida no hay un solo momento en el que haya abusado de sus esposas, ni física ni verbalmente. De hecho, según el Santo Profeta Muhammad (la paz sea con él), la fe de un musulmán depende de la forma en que trata a su esposa:

“El mejor entre los musulmanes es el que trata de la mejor manera a su esposa”.

Teniendo en cuenta este principio de oro, para un musulmán todos los días debería ser un Día de San Valentín.

 

Acerca de Imán Marwan Gill