Category: Filosofía

EL SINTHOME ES SUFRIR POR TENER UN ALMA [*] y otros artículos de Lic. Juan José Scorzelli

EL SINTHOME ES SUFRIR POR TENER UN ALMA [*]

Bien, comencemos por situar lo que en el comienzo de un análisis llamamos el padeciente, es decir la construcción de la posición del sufriente, del que consulta por su dolor o padecimiento específico. Unos días antes de dictar el Seminario 23, El sinthome, en las “Conclusiones de las Jornadas de estudio de la EFP” del 9-11-75, Lacan habla de “sufrir por tener un alma” y lo dice así: “no es inoportuno querer hablar de [la psicopatía] […] bajo el nombre de sinthome […] el sinthome es sufrir por tener un alma”.

 

PSICOPATÍA

En el diccionario etimológico vemos psicopatía y su definición: la palabra «psicopatía» está formada con raíces griegas y significa «el que tiene un padecer mental». Sus componentes léxicos son: psykhe (alma, actividad mental) y pathos (emoción, sentimiento, sufrimiento). Curiosamente, esta expresión que utiliza aquí Lacan “sufrir por tener un alma”, que remite a Santo Tomás y a la cuestión de lo que está adentro de cada uno, es decir lo individual y lo autónomo y luego la relación con Dios, con el todo, Lacan la pone en relación con el sufrir. Esto está bien desarrollado en el trabajo sobre nudos que realiza Félix Morales (1) y me parece pertinente para ubicar este primer momento en la dirección de la cura, es decir tenemos el padeciente, si así se lo construye, y el encuentro con un posible analista, si es que se puede pasar a la segunda fase. Esta segunda fase concierne al pasaje justamente de ‘padeciente’ a ‘analizante’ y de ‘posible analista’ a ‘analista’. Esta fase se caracterizaría por la posibilidad de la construcción del fantasma: S barrado, rombo o deseo de “a” ($<>a), todo entre paréntesis, lo que connota unidad, los paréntesis connotan unidad del fantasma.

 

FANTASMA NEURÓTICO Y PULSIÓN

En este punto debemos también aclarar que antes de poder construir el fantasma, lo que implica la relación del sujeto al objeto del deseo, lo que encontramos en la neurosis no es la relación del sujeto al objeto del deseo, sino la relación del sujeto a la demanda del Otro. Podemos así indicar que este pasaje del sujeto en relación a la Demanda, al sujeto en relación al objeto del deseo, lo llamamos desneurotización del fantasma, ya que la neurosis se caracteriza por ubicar la demanda (del Otro) en el lugar del objeto del deseo, siendo así, que la neurotización del fantasma puede escribirse de la siguiente manera entonces: sujeto barrado, rombo o deseo de D ($<>D), todo entre paréntesis también. Nótese que, si bien se leen de forma diferente, esta fórmula se escribe igual que la de la pulsión: ($<>D). En el caso de la pulsión, el sujeto barrado se lee como “localización del sujeto del inconsciente en el inconsciente”, ya que el sujeto tiene dos localizaciones, esta y la de estar entre significantes, efecto del significante; y la D puede leerse, como “el tesoro de los significantes” en la diacronía, tal y como figura arriba a la derecha sobre la cadena de la enunciación del grafo del deseo (ver grafo del deseo).

 

NEUROTIZACIÓN DEL FANTASMA ($<>D)

Ahora bien, entonces en la fórmula de la neurosis o neurotización del fantasma, la S barrada debe leerse como el lugar donde se localiza el hablanteser que porta la falla del Otro, y la D mayúscula, como la demanda del Otro, posicionada como objeto del deseo (falso objeto del deseo, claro), más bien podríamos decir, como aclara Alfredo (2), que más que un sujeto barrado, en esta posición de la neurosis de transferencia, se trata de un ‘yo barrado’ o ‘yo tachado’, que indica que se ha desplazado la falla del Otro hacia el yo, por la que este se encuentra en posición de minusvalía por ejemplo, impotencia, etc., en la que justamente carga sobre sí con la falla del Otro, velándola. En Lacan, lo importante es que la castración que el neurótico vela a través de ubicar la demanda en el lugar del objeto del deseo es la falla del Otro, en su doble vertiente, Otro encarnado y A/ (A barrado u Otro estructural). De este modo, vamos a coincidir con Alfredo en llamar cura de la neurosis a la efectivización de este pasaje, del fantasma neurótico al fantasma como tal […].

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*Fragmento de mi presentación en APOLa (Apertura Para Otro Lacan) México-Morelia, el 18-5-20, como ‘Preguntas en torno a la dirección de la cura’ (Actividad interna)

Ref.: 1. Félix Morales, Anudarse á la Lacan». Letra Viva.

  1. Alfredo Eidelsztein, “Las estructuras clínicas a partir de Lacan volumen II”.

-Jacques Lacan, Nota italiana de 1973, conocida también como Nota a los italianos, en “Otros Escritos”, ed. Paidós.

 



¿NARCISISMO, FUENTE DE AMOR Y ESCLAVITUD? O ¿ALIENACIÓN, RIVALIDAD Y DOMINIO? [*]

«Representémonos al yo como una red de neuronas bien investidas…» (1)

Dos concepciones teóricas distintas con respecto al Yo se definen en esta oposición: Por un lado, el Yo de ‘Introducción del narcisismo’ (Freud, 1914 ), como objeto de amor, unificante de las llamadas pulsiones autoeróticas, y esclavo de las tiranías de la realidad, el Ello y el Superyó, por el otro un Yo en posición de dominio, alienado (Alienación imaginaria: El ‘yo es otro’, finalmente una suma de identificaciones), sujeto a la rivalidad imaginaria: ‘el otro o yo’ o lucha de puro prestigio, más que fuente de amor.

 

UN AMOR NARCISISTA

El amor yoico en Freud sería entonces un amor narcisista, en tanto ama al otro como a sí mismo. Lacan plantea lo contrario, es decir una relación con el otro (en este plano imaginario), en rivalidad y tensión,ya que en el estadío del espejo es el otro el que aparece completo, con todos los atributos y el yo en posición despedazada, castrado con respecto a la completud de la imagen. De esta manera en Lacan, no serían superponibles el estadio del espejo y el narcisismo.

 

LOS DOS YOES EN FREUD

A la vez, debemos distinguir dos Yoes en Freud: el yo de 1895 («Proyecto de ‘una psicología para neurólogos»), en tanto lo presenta allí como una red de neuronas bien investidas’ o ‘grafo’..Lacan aprecia este modelo en el sentido de un planteo en red, tal como se presenta en su trabajo con los significantes como redes de significantes, lo que se verifica en el esquema del grafo del deseo.

 

LA INTRODUCCIÓN DEL NARCISISMO

Por otra parte, tenemos el Yo de la Introducción del narcisismo de 1914, que es el que venimos trabajando como ‘un nuevo acto psíquico’, tal como lo dice Freud, allí donde el yo se ofrece como objeto de amor de las pulsiones, que luego tendrá en los ‘objetos’ del mundo sus representantes. En este caso tendremos un amor básicamente narcisista.

 

DAR LO QUE NO SE TIENE

El amor en Lacan aparece ligado a la falta, y no al tener, resaltado en su famosa frase ‘Dar lo que no se tiene…» que tiene su origen en la teoría del Don de Marcel Mauss. Como último detalle recordemos aquí que Freud trabaja con objetos tridimensionales, como el cuerpo 3D, del que partirían las pulsiones, etc. La reescritura del psicoanálisis por parte de Lacan se realiza en la dimensión 2D. Así sus concepciones: objeto a, significante de la falta del Otro, sujeto, Ideal del Otro, significado del Otro, el deseo es el deseo del Otro, el inconsciente como Discurso del Otro, etc, pertenecen al espacio bidimensional.

 

EL HUEVO O EL TORO

En el centro del huevo freudiano (Yo, superyó, ello) se encuentra el Yo, en ese exacto lugar Lacan ubica un agujero, convirtiéndolo en la figura topológica del Toro.

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*Apuntes de lectura sobre el libro de Alfredo Eidelsztein «No hay sustancia corporal».

  1. «Proyecto de una psicología para neurólogos».



¿EXISTE EL DESEO DE MUERTE? [*]

Hay un interesante debate proveniente de una cita de Lacan, donde parece decir de la existencia de un deseo de muerte como tal, estructural, que conectaría fácilmente, desde alguna lectura, con la llamada por Freud, pulsión de muerte, que avalaría incluso una tendencia suicida originaria.

 

LO QUE ESTABA ANTES

Veamos la cita en cuestión, es de «Función y campo del habla y del lenguaje», Escritos 1. Dice así:

«Por eso cuando queremos alcanzar en el sujeto lo que estaba antes del juego serial de la palabra [Fort-da, u otras] y aquello que es primordial al nacimiento de los símbolos, nosotros lo encontramos en la muerte de dónde su existencia toma todo aquello que tiene sentido. Es como deseo de muerte en efecto que él se afirma para los otros; si él se identifica al otro lo es coagulándolo en la metamorfosis de su imagen esencial y todo ser allí no es evocado más que entre las sombras de la muerte». (1)

 

ANTES DE LA PRIMERA REPETICIÓN

Recordemos en principio que aún Lacan no tenía conceptualizado al Otro en esta época (lo introduce formalmente en el seminario 2). Lacan se pregunta sobre el estatuto del sujeto antes de la primera repetición, antes de la repetición del primer par de significantes (S1/S2). Así entonces, este ‘deseo de muerte’ es en relación al otro imaginario del estadio del espejo, es deseo de muerte del otro, en el marco de la agresividad imaginaria con ese otro.

 

EL DESEO DE MUERTE DEL otro

El punto es que ese otro de la agresividad imaginaria especular, es uno mismo, debido a la identificación al otro (alienación imaginaria), por lo que termina siendo suicida, ya que el otro es también uno mismo. Por lo tanto, no es deseo de muerte como tal, del sujeto mismo, es el deseo de muerte del otro a partir de la tensión agresiva a-a’ especular. El ejemplo de Narciso nos clarifica.

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*Apuntes de lectura sobre: *»Complejo de Edipo y metáfora paterna», A. Eidelsztein, 1998.

  1. Función y campo.. Pág. 307.

Imagen: «Duelo a garrotazos o la riña», Francisco de Goya.



EL DISCURSO DEL ODIO

«Cada ser humano en particular queda de hecho atado, queda atado por cuanto vive en constante interdependencia funcional con otras personas, es un eslabón de la cadena que ata a otras personas, y cada una de estas otras personas es -directa o indirectamente- un eslabón de la cadena que lo ata a él. Estas cadenas no son tan visibles y palpables como las cadenas de hierro; son más elásticas, variables y alterables, pero no son menos reales y, con toda certeza menos firmes…» Norbert Elias (1)

LA DESTRUCCIÓN DEL OTRO

El discurso de odio es hermano del racismo y de la destrucción del otro/Otro. Pretende fundar sus raíces en el cuerpo biológico (pulsiones orgánicas), resalta el individualismo y conduce al nihilismo. Desea el exterminio de la diferencia, la supresión de la división del sujeto y la consolidación del yo («yo soy yo, vos sos vos»).

LOCURA

Una porción de locura desatada que puentea el lazo social (definimos así a la locura), que impone la ley del corazón (Hegel): «mi ley es la que vale por sobre la de cualquier otro», y se asienta en la posición del Alma Bella: «yo no tengo nada que ver con lo que me sucede y de lo cual me quejo» [sin que esto implique, para nuestro psicoanálisis habilitar el tema de la responsabilidad subjetiva, propia del ámbito jurídico, pero no del sujeto dividido].

NO SE TRATA DE PULSIÓN DE MUERTE

No se trata para nosotros de ninguna pulsión de muerte o sus derivados, ya que allí nuevamente fundaríamos su razón en el cuerpo orgánico, en un ser biológico supuestamente ‘natural’, manantial de las pulsiones, ese aspecto irracional presente en Hobbes o en las masas de Le Bon, que hay que controlar o acotar para que no corrompa la supuesta moral individual del sujeto .

UN TEMA CULTURAL

Lejos de ello, es un tema cultural, cuya primacía está en el lenguaje y en las consecuencias del juego significante en la maquinaria estructural del sujeto. Nuestra cultura desprecia el «entrelazamiento de las personas» (al decir de Norbert Elías), la immixión de los sujetos (Immixion de Otredad), y acentúa el valor de lo «propio», lo individual-singular (único e irrepetible) por encima de lo particular (que, como los dedos a la mano, son «partes» del Otro).

EL ODIO ES RACISTA (2)

El odio es racista, servidor de un discurso amo transformado en capitalista, rechazante de la castración y del amor. No podríamos decir que ‘alguien’ es el autor de este estado de cosas, sino que Eso habla en nosotros efecto de una época. Esto no implica abandonar un trabajo de fuerza contraria (al sentido común), lo que implica una ardua tarea deconstructiva de prejuicios y de todos los elementos considerados ‘naturales’, universales y eternos.

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1.»La sociedad de los individuos: ensayos, Barcelona, Península, 1990.

  1. Nota: ‘EL ODIO ES RACISTA’, cuando se lo extrae de una cadena donde ningún significante es nada en sí mismo sino que necesita de otros para significar algo. Es lo que sucede cuando se eleva cualquier significante al valor de Ideal del Yo (Ideal del Otro, en Lacan).

Imagen: «La guerra de voluntarios», Bernhard Heising.



EL CALDO ESTÁ SERVIDO [*]

«Es habitual el empleo de términos como ‘individuo’ y ‘sociedad’, el primero de los cuales remite al ser humano particular , como si este fuese un ser que existe aislado, en sí mismo…» Norbert Elias (1)

 

A PARTIR DEL OTRO

Creo que el análisis podríamos hacerlo desde el contexto, a partir del Otro, no del individuo, que es justamente el eje del que parten Freud y Le Bon, con teorías fuertemente individualistas. Allí la masa es un descomponedor del individuo… Cómo si este tuviese una esencia moral diluible en la masa. Lacan encuentra mejores salidas acorde a su enseñanza: por ej. Que no hay sujeto sin Otro y ofreciéndonos (ya desde el sueño de inyección de Irma, y más tarde la precisión de la Immixión de Otredad, en la Conferencia de Baltimore, en 1966)…. Indicando que al sujeto se entra desde el Otro. La caracterización del Otro es central entonces.

EL GOCE NO ES INDEPENDIENTE DEL SIGNIFICANTE

En nuestra cultura occidental (patriarcal y judeocristiana), que se presenta como individualista, sustancialista, biologicista y de tiempo presente… (Característico del neoliberalismo y el posmodernismo)… Debe ser analizado. El goce no es independiente del significante, es su efecto, por lo tanto analizable, dialectizable y castrable (Miller lo ubicaría como no dialectizable y no castrable). Hay mejores autores que Le Bon para salir del Individualismo freudiano… Marcel Mauss,(1872-1950) por ejemplo, citado por Lacan en diversas oportunidades (teoría del Don, el potlatch, etc.)… O Norbert Elias (1897-1990), con su concepto de ‘entrelazamiento‘ para la sociedad de individuos… *Algunos de ellos contemporáneos a Freud, por otra parte.

EL SUJETO ES PARTE DEL OTRO

No es casual la inclinación freudiana por estás teorías (Le Bon, Schopenhauer, afines a posturas individualistas). El sujeto (no el individuo), es parte del Otro, es particular, no singular (de singularis, voz latina), único en su tipo o especie, infrecuente, anómalo, sorprendente… (Solo en la psicosis en relación a las suplencias por ausencia de metáfora paterna, lo singular se presenta), lo que se opone a la propiedad de «Immixion», postulada por Lacan: no hay sujeto sin Otro (hay distintas posiciones sobre todo esto claro)… El caldo para la ultraderecha está servido.

Jjs.

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*[Comentario a propósito del escrito «Vociferación», de Graciela Brodsky.

  1. «La sociedad de los individuos» (reúne artículos de 1939-50-87)

Imagen: Marta Badano, obra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



EL ESCORPIÓN Y LA TORTUGA

[Una teoría de la naturaleza impropia para los hablanteseres] [*]

“Es lo que hace que la ontología, dicho de otro modo, la consideración del sujeto como ser, la ontología es una vergüenza […]. J. Lacan (1)

LO SIENTO, ES MI NATURALEZA 

Hay un tema muy complejo aquí, digno de un debate, sobre todo en nuestro Occidente posmoderno, neoliberal e hiperindividualista, que es la cuestión, para nosotros, los hablanteseres, de los postulados que se desprenden de esta fábula en relación a la naturaleza o la esencia del sujeto. Dichos postulados son los que se relacionan inmediatamente con aquello que llamamos Ser -a partir fundamentalmente del pensamiento griego- ya que ‘ser’ es solamente un verbo, una partícula copulativa que, por una maniobra sobre el lenguaje, deviene esencia o sustancia fundamental. 

[En la fábula, el escorpión termina picando a la tortuga que, tras algunas desconfianzas, había aceptado ayudar al escorpión a cruzar el río. Éste finalmente la pica antes de llegar a la otra orilla, y frente a la pregunta de la tortuga, éste le dice antes de hundirse también: “lo siento, es mi naturaleza”. 

PARMÉNIDES

Hemos tratado de revertir este asunto de muchas maneras (la historia de la filosofía es pregnante en la pregunta por el Ser) pero es difícil de combatir. De algún modo, dada la importancia que tiene el asunto del Ser en nuestro ámbito cultural Occidental nos cuesta salir del pensamiento parmenídeo: ‘el ser es, el no ser no es’. Lo que se revela en los típicos dichos que lo reflejan:  ‘las cosas son como son’, ‘es lo que es’,  ‘yo soy yo’…  o tantos otros que aluden a la misma definición. La petrificación del ser sin dialéctica, servidora, por otra parte, del llamado ‘discurso del amo’, discurso promovido por Jacques Lacan en sus cuatro discursos: del amo, del histérico, del universitario y del analista, en el que un Significante (escrito S1),opera ocluyendo, tapando la división original del sujeto: su falta en ser

FALTA EN SER

Para nosotros, más cerca de Heráclito que de Parménides, en verdad no hay ser sino falta en ser. Lo que sí se produce a veces, es una especie de suplencia de ser, ejemplo de ello son las identificaciones que, cuando son muy fuertes, se tornan muy difíciles de dialectizar. Las locuras (no las psicosis que obedecen a otro problema), las psicopatías, etc., dan cuenta de este asunto, producto de identificaciones pétreas, o de otras circunstancias que operan como respuestas del sujeto al Otro (familiar, social, cultural), tal como se aprecia también en los fanatismos de cualquier tipo.

LA PENA DE MUERTE

De hecho, la época del individualismo (moderno, en este caso), ya fue diagnosticada por Hegel (1) quien abordó el tema de la locura a través de las figuras del ‘alma bella’, el ‘delirio de infatuación’, la ‘misantropía’ o la ‘ley del corazón’, y que fue retomado por Lacan como su doctrina de la locura.  En síntesis, la teoría que tengamos sobre estos asuntos incidirá de manera contundente sobre la forma de pensar el lazo social -las relaciones con los otros- y sus consecuencias: No es lo mismo concebir al otro, o a uno mismo (hay que cuestionar inclusive esta concepción del Uno mismo, de la mismidad)  como individuo, cerrado como una bola o partícula, con exterior e interior, que concebirlo como sujeto dividido entre significantes, como asunto, tema o materia, producido “entre” parlanteseres. [Lacan usa la palabra francesa parlêtre] en el sentido de seres producidos por el habla y denominados ‘existencias’ sin consistencia tridimensional. Por otro lado, no olvidemos que la teoría-hipótesis de un supuesto ‘ser-esencia’ en el otro, a la manera de ‘este Es así y nada lo cambiará’, es la base constitutiva de los racismos, las xenofobias y de la mismisima pena de muerte.

IDENTIFICACIONES FÉRREAS

Creo que debemos intentar despojarnos, en lo posible, de esta cosmovisión, ya que nuestros propios prejuicios pueden empujar al otro a fijarse justamente en una determinada posición, a partir de cómo lo seguimos nombrando, pensando, tratando. Es un tema complejo que hay que resolver sin ingenuidades porque las identificaciones congeladas, petrificadas, que evitan pasar por el campo del otro/Otro, remiten muchas veces a las locuras, dependiendo de la mediatez o inmediatez de las identificaciones.

“El momento de virar lo da aquí la mediación o la inmediatez de la identificación, y para decirlo de una vez, la infatuación del sujeto” [J. Lacan, ‘Acerca de la causalidad psíquica’. Escritos 1.]

TEORÍA DEL CAMPO

Sin embargo, desde la ‘teoría del campo’, el contexto determina las jugadas mucho más que las partículas que lo forman. Lo que se resumiría en: X o cualquiera no es en sí mismo, sino en función del campo que lo determina. En resumen, solo la presentación de una teoría no individualista que rompe o ataca una concepción del sí mismo independiente del contexto y del Otro. 


 

*Los acontecimientos producidos en Francia en estos momentos (Jun.-Jul. 2023) dan cuenta, en parte, de los problemas de las identificaciones y del tratamiento del otro/Otro en tanto ‘ser’. Esto se presenta también en la teoría nazi sobre la identificación: los otros son la ‘infección’, lo que hay que eliminar. 

 

Datos bibliográficos: 

1.”Fenomenología del Espíritu”, Hegel, G.W. F. 

2.La locura, es abordada por Lacan en: “Acerca de la causalidad psíquica”, “Agresividad en psicoanálisis”; “Función y campo del habla y del lenguaje en psicoanálisis”, “Posición del inconsciente”, y otros textos. 

3.”Las estructuras clínicas a partir de Lacan” Volumen I, Letra Viva. Alfredo Eidelsztein. / “Formalizaciones matematizadas en psicoanálisis” Seminario Apertura La Plata, 2006. Alfredo Eidelsztein, y otros textos.  




Alexandre Koyré

 

Teoría contra teoría*

 

«Ahí reside la revolución filosófica de Schelling: no se limita simplemente a oponer el dominio oscuro de las pulsiones preontológicas, o lo Real innombrable que nunca puede ser totalmente simbolizado, al dominio del Logos, de la Palabra articulada que nunca puede «forzarlo» totalmente (como Badiou, Schelling insiste en que siempre hay un resto de lo Real innombrable, el «resto indivisible» que elude la simbolización)… La clave auténtica de la «locura» no es por tanto el exceso puro de la Noche del mundo, sino la locura que supone el paso a lo simbólico, la imposición de un orden simbólico sobre el caos de lo Real. » Slavoj Zizek.(1)

 

EXPERIMENTUM MENTIS

Un texto para reflexionar, tal vez de manera inversa. En principio, debemos decir que  son teorías y no verdades absolutas, terminales. Así como la física de Newton tuvo que soportar una nueva teoría (Einstein, la relatividad) que mejoraba los impasses de la teoría anterior, cada teoría tiene el tiempo que dura su potencia, hasta que otra (supuestamente superadora) venga a ese lugar. Se trata finalmente de: teoría contra teoría. A  partir de Galileo y su ‘experimentum mentis’ (experimento mental), ya no se parte exclusivamente de la experiencia sensible (Aristóteles), que dé garantía sobre determinadas elaboraciones conceptuales, y sobre todo dentro de la física moderna (cuántica, etc., aquella que Einstein rechazaba porque allí sí, Dios juega a los dados). Ya no es el experimento (luego puede haberlo, o no) lo que certifica cualquier teorización científica, sino su coherencia interna y su contrastación con otras teorías.

LA OPERACIÓN DE LACAN

La operación de Lacan sobre el psicoanálisis va en esa dirección: “no hay realidad pre-discursiva”. Es decir, en el principio está el Otro y el significante, aportando una teoría de lo real muy afín al de la física moderna, opuesto a lo planteado aquí por Zizek (un gran autor). Lo real de Lacan (que toma su definición de Koyré, su maestro también) es lo imposible, no algo que esté allí para simbolizarse, sino que pertenece al campo interno de la simbolización: sus impasses. Por ej: «es imposible que las paralelas se corten» que luego, para una nueva topología se convierte en: «es imposible que no se corten, en el infinito». Para eso se necesitó la creación de una novedosa topología de superficies bidimensionales (banda de Moebius, botella de Klein, cross-cap, toro, etc) Por tanto, la ciencia avanza de imposible a imposible, de manera teórica, abstracta, que luego puede dar lugar a experimentos, o no.

HIPOTÉTICO DEDUCTIVISMO

Únicamente las teorías son refutables por teorías mejores, siguiendo la línea epistemológica de Popper. Lacan trabajaba hipotético-deductivamente. Lo real de Lacan no es algo fuera del discurso que hay que simbolizar, sino un efecto, un impasse del mismo trabajo significante. Lo real aquí es efecto del significante, depende de él (definiendo significante como lo que no significa nada, salvo en relación a otro/Otro significante). Es por esa razón que se puede trabajar con lo Real desde el significante, no siendo prediscursivo (“No hay absolutamente ninguna realidad prediscursiva, dice Lacan).

ANUDADOS

Hay distintas teorías de lo real, incluso en ciencias. Lo interesante es que, cuando Lacan dibuja el enlace borromeo de tres, ubica en lo real la ex-sistencia y allí escribe ‘vida’, justamente por lo imposible de definir qué es la vida. Pero ese mal llamado ‘nudo’, es un enlace de tres registros y no se puede tomar ninguno por separado. No es entonces un real por fuera de lo simbólico y lo imaginario, sino que están anudados. Se habla del gozo como si equivaliera a lo Real, pero no es así (al menos en la teoría de Lacan). El ‘goce, no sería aquí entonces lo no dialectizable o no castrable, etc. (que es la vía que elige Miller para plantear el goce o mejor dicho ‘gozo’), sino que, al depender del significante, el ‘gozo’ es dialectizable, no perteneciendo al campo de lo Real. Siendo errónea la mención ‘lo real del cuerpo’ (ya que el cuerpo es Imaginario), o ‘lo real del gozo’, ya que ambos dependen del significante y por lo tanto son transformables.

LO REAL

Lo real aquí no es res extensa como la carne y el hueso, o las cosas tridimensionales del mundo, ni lo que no se puede decir (Lacan critica lo inefable, pero no dice que no exista, sino que, si es inefable, ¿para qué ocuparnos de ello?). Los imposibles entonces no son fijos, dependen de las variaciones de los impasses teóricos. Son distintas teorías sobre lo real: en una, lo real es como lo que Freud llamó pulsión de muerte, que una vertiente lacaniana transformó en goce del cuerpo o lo real del goce. Pero para Lacan el cuerpo no es real, sino imaginario: así lo escribe en el enlace borromeo de tres (Simbólico, Imaginario, Real), aquí lo Real es lo imposible lógico matemático, algo interno al propio orden simbólico y no por fuera de él.

UNA TEORÍA NO INDIVIDUALISTA

Hay mucha confusión en estas cosas, pues remiten a puntos de partida epistemológicos distintos. Freud se decía inductivista y quería ubicar al psicoanálisis del lado de la biología como modelo de ciencia. Lacan es deductivista, partía del lenguaje y no de la cosa sensible, 3D.  Su inconsciente (el de Lacan) no estaría ‘dentro’ del individuo, como planteara Freud (el huevo freudiano: Yo-Ello-Superyó, que delimita interior de exterior es un ejemplo de ello), sino estructurado como un lenguaje y, según su fórmula: el inconsciente es el discurso del Otro. No se trataría entonces de una teoría individualista, sino en Immixión de Otredad (No hay sujeto sin Otro) (2).

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*Comentario que realicé a propósito de la locura y lo real en Zizek, en una publicación de Daniel Freidemberg en su muro (FB), a partir de una cita de Slavoj Zizek.

  1. Anexo: La locura (el otro ítem que menciona Zizek en su texto, en este sentido y en Lacan, es tomada desde las elaboraciones de Hegel y tiene que ver con las identificaciones, con las identificaciones directas al Ideal sin pasar, es decir, puenteando, el lazo con el Otro, el lazo social. Lacan la llama ‘…nuestra doctrina de la locura’ «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo» Escritos 2.
  2. Esta expresión se deriva de una presentación de Lacan en Baltimore (EEUU), en 1966. «Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine que non de absolutamente cualquier sujeto» [Traducción de Leonel Sánchez Trapani, en la Revista Acheronta.

Referencias de lectura: S. Freud, J. Lacan, A. Eidelsztein, ‘Otro Lacan’, ‘El origen del sujeto en psicoanálisis’, y otros textos que responden al PIC de Apola, [Apertura para Otro Lacan. PIC: Programa de Investigación Científica].



Individualismo o entrelazamiento

«Existe hoy en día un modelado de la autoconciencia muy difundido que induce a la persona a sentir y pensar: ‘Estoy aquí, completamente solo; todos los demás están ahí afuera, fuera de mí, y, asimismo, cada uno de ellos recorre su camino con un interior que es él solo, su verdadero yo, y con un disfraz, exterior, que son sus relaciones con otras personas» Norbert Elias (1)

 

EL HOMBRE LOBO DEL HOMBRE (2)

Hay muchas confusiones en este punto: Freud, siguiendo a Le Bon (3) con la masa, y a Hobbes con el ‘hombre lobo del hombre’ (aunque esta cita no es de Hobbes y está inconclusa), opone masa a individuo, observando que la masa destruye al individuo, lo aliena, digámoslo así, reduciendo sus capacidades, su moral, etc. Es una teoría que parte de la creencia en un individuo sin Otro, como si hubiera algo esencial en el sujeto, una esencia que la masa destruiría.

 

SI EL SUJETO NO ES SIN OTRO

Si seguimos otra lógica, si el sujeto no es sin Otro o «el Otro está de entrada», tal oposición se diluye totalmente. Partir de un esencialismo prístino que la masa corrompería (aunque claro también se le añade su lado oscuro con la llamada pulsión de muerte), nos retrotrae a un individualismo que deja de lado la constitución propia del sujeto si la tomamos desde la teoría del significante que propone, por ejemplo, Lacan: el sujeto es lo que un significante representa para otro significante, o sobre el deseo como deseo del Otro, o del inconsciente como discurso del Otro, es decir no hay sujeto sin Otro. Temas, creo yo, sumamente importantes para una teoría política emancipatoria no individualista.

 

MARCEL MAUSS Y NORBERT ELIAS (3)

Autores como Marcel Mauss o Norbert Elias se han ocupado extensamente de este tema (autores, por otra parte contemporáneos de Freud, pero contrarios en este punto al individualismo freudiano). La teoría del “Don”en los intercambios, según la forma del Potlatch, en Mauss (Tomada por Lacan en su definición del amor como ‘dar lo que no se tiene…’), o la del «Entrelazamiento» en el caso de Elías, cuestionan las teorías individualistas sobre el sujeto. Entonces se trataría menos de preservar al individuo que de pensar su constitución a partir del Otro (el sujeto en immixion de Otredad), del significante y el lazo social. Más que lo singular (uno solo, único y sin par), o lo individual, podríamos sostener ‘lo particular’ del sujeto que de entrada, incluye al Otro.

 

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*Algunas ideas en el contexto de las publicaciones de Nora Merlin sobre las declaraciones de Carlos Rosenkrantz [Ministro de la Corte Suprema de Argentina] Gracias Nora por los debates. Y a Alfredo Eidelsztein por sus cuestionamientos al individualismo en psicoanálisis. La expresión «Immixion de Otredad» pertenece a la presentación de Lacan en el Coloquio de Baltimore (1966), lo que quiere decir que no hay sujeto sin Otro. 

 

  1. Norbert Elias (Breslavia22 de juniode 1897/Ámsterdam1 de agosto de 1990). Fue un sociólogo alemán de origen judío. Este párrafo corresponde a su libro «La sociedad de los individuos» (con artículos de 1939,1950 y 1987). Su concepción se basa en un concepto central: el entrelazamiento. Aportemos otra cita del mismo texto: “Actualmente no está nada clara la relación de la multiplicidad con el ser humano particular, el denominado ‘individuo’, la relación de la persona con la multiplicidad de seres humanos, a la que damos el nombre de ‘sociedad’. Pero las personas no suelen ser conscientes de que esto es así, ni mucho menos de por qué es así» (del prólogo). 
  2. La frase completa que no es de Hobbes, sino del autor latino Tito Macio Plauto, en su obra Alsinaria o ‘La comedia de los asnos’, cuyo texto dice: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”, que significa: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”.
  3. Gustav Le Bon (1841/1931), “Psicología de las masas”
  4. Marcel Mauss, etnólogo, considerado uno de los padres de la etnología (Épinal, 10 de mayo de 1872 – París, 10 de febrero de 1950). La teoría del Don es de 1934. Sus trabajos en relación al Maná y al Potlach fueron muy importantes en sus tesis contrarias al utilitarismo, y a las teorías del libre mercado. La revista M.A.U.S.S. (Movimiento anti-utilitarista) define de esta forma la posición utilitarista: «El móvil fundamental del hombre es el deseo de maximizar sus placeres y sus posesiones materiales», a la que critica y rechaza.

 

Imagen: “El Potlatch fue prohibido por parte del gobierno de Canadá, en el año 1884, por ser considerado un derroche improductivo contrario a los valores civilizados y cristianos de la acumulación. Sin embargo, esto no pudo evitar que se siguiera practicando de forma clandestina en los núcleos indígenas” [Pagina web ‘aprende-haia-El Potlatch-02-01-2018].



EL OTRO DEL CAPITAL

Lic. Juan José Scorzelli [*]

«[El Otro] Ya está instalado en su lugar antes de todo surgimiento del deseo» J. Lacan (1).

No es posible pensar el sujeto (efecto de lenguaje) prescindiendo del Otro. Lacan da un vuelco decidido con respecto a Freud poniendo todos los conceptos en clave de Otro (Ideal del Otro, deseo del Otro, inconsciente como discurso del Otro, síntoma como significado del Otro, etc.). En la conferencia de Baltimore [EEUU, 1966] conceptualiza al sujeto en immixión (Immixing) de Otredad (mezcla indiscernible entre sujeto y Otro). Es desde el Otro que vamos hacia el sujeto.

 

EL OTRO YA ESTÁ ALLÍ

El Otro entonces (tanto como A-Autre, barrado, o como Otro encarnado) tiene estatuto de anterioridad lógica a la constitución del sujeto: ‘el Otro ya está allí’ (2), dice Lacan. En este sentido se postula una teoría no individualista del sujeto, que tiene como base o apoyatura matemática una topología no euclidiana, sin exterior ni interior, que incluye superficies bidimensionales como la banda de Moebius, la botella de Klein, el cross-cap o el toro, para poder conceptualizar esta relación (entre sujeto y Otro), por fuera de la res extensa (partes extra partes) cartesiana, lo que le permite enunciar una tercer sustancia (no 3D) que llamó gozante (ni extensa, ni pensante).

 

LAS CARACTERÍSTICAS EPOCALES DEL OTRO

De allí que abocarnos a las características epocales de este Otro, sea necesario. El paso que da Lacan incluso sobre la pulsión, al colocarla bajo la égida del significante, separa definitivamente al psicoanálisis de todo biologismo y ontologismo (“Hontologie”, vergüenza de la ontología, será su neologismo). El ‘tiempo histórico’ del Otro del capital, como propone Jorge Alemán, o el contexto hiperindividualista del posmodernismo (caída de las utopías), no pueden dejarse de lado en un análisis del sujeto (sufrimientos, nihilismo, etc.) y de los fenómenos sociales más acuciantes.

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*Comentario que realicé a propósito de la publicación «Lacan y la comunicación en el capitalismo», por J. Alemán, en su muro (FB).

  1. Seminario VIII, clase XV.
  2. «[El Otro] Que siempre está entre nosotros». Seminario 3, clase XV.

Referencias: Alfredo Eidelsztein “El origen del sujeto en psiconanálisis: Del Big Bang del lenguaje y el discurso”, Ed. Letra Viva., 2018.

Imagen: George Grosz.



Notas para un debate sobre la cuestión del cuerpo en psicoanálisis

Por Lic. Juan José Scorzelli [*]

 

«[…] esta suerte de lugar que los estoicos llamaban incorporal. Yo diría que él es, a saber, precisamente, que él es el cuerpo» J. Lacan. (1)

 

El cuerpo en Lacan está del lado de lo Imaginario, hasta el final de su enseñanza. (2) Es el significante el que genera, incluso, los cuerpos. No habría cuerpo tal vez, sin el significante, solo organismo. La introducción del significante en lo real condiciona toda biología a sus articulaciones (las articulaciones significantes). Los cuerpos biológicos son sensibles al significante y toda pulsión, lejos de plantearse anclada en lo orgánico, es “el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”. (Lacan, Seminario 23)

 

LA CUESTIÓN DE LOS GÉNEROS

La cuestión de los géneros debe pensarse teniendo en cuenta la primacía del significante (Nombre-del-Padre, Ideal del Otro I(A), falo, gozo, significante de la falta en el Otro, A barrado, etc.) y no la primacía de la carne y el hueso. El Nombre-del-Padre, como significante no tiene nada que ver con el padre de carne y hueso que impone la ley al niño, su función como ley en el Otro (A/), viene o no viene con la estructura (3) y, como el falo, no depende de la autoridad de nadie en particular, aunque alguien lo encarne o represente como figura de autoridad.

 

DESDE EL INICIO EL LENGUAJE Y EL OTRO

Plantear desde el inicio el lenguaje y la relación al Otro, no es lo mismo -y tiene diferentes consecuencias clínicas- que partir de la inscripción o no de huellas de satisfacción-insatisfacción que llegan del exterior o del interior al ‘aparato psíquico’. Una posición es creacionista, la otra evolucionista. La invención de Freud del dispositivo analítico con respecto al síntoma histérico, lo despega de lo orgánico y lo convierte en texto para leerse, y así nace la especificidad del psicoanálisis.

 

SUSTANCIA GOZANTE

Lacan radicaliza esta posición al alejarse progresivamente de los vestigios biologicistas presentes en Freud (pulsiones de vida y muerte, extremados luego por Melanie Klein), e intenta inscribir al psicoanálisis del lado de las ciencias conjeturales, en el espacio 2D (dos dimensiones) en el que se despliegan el inconsciente y sus efectos. Lo real no es el cuerpo sino lo imposible lógico matemático (lo que no puede escribirse) y la sustancia propia del significante, no es la res extensa ni la cogitativa (Descartes), sino la sustancia gozante. (4)

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*Psicoanalista.

Ref. Jacques Lacan, Seminario 23, Alfredo Eidelsztein, Otro Lacan.

  1. Seminario 14. Sesión del 26 de abril de 1967, traducción personal de A. Eidelsztein, en Otro Lacan.
  2. Hasta su Seminario de Caracas en 1980, Lacan siguió escribiendo en los agujeros de su enlace borromeo: cuerpo en lo imaginario, vida en lo real y muerte en lo simbólico. Real, Simbólico, Imaginario. (RSI).
  3. El Nombre-del-Padre es un elemento, junto al Deseo de la Madre, que integra la llamada metáfora paterna, que tiene la función de introducir un límite, y se caracteriza por ser un nudo cuatripartito llamado punto de capitón o de almohadillado. “La metáfora paterna tiene la función de inscribir la castración como estructural y a nivel del tiempo como ‘desde siempre’”(Otro Lacan, A. Eidelsztein). Cuando el significante del Nombre-del-Padre se halla rechazado, operación llamada preclusión o forclusión en su traducción neológica al español, la castración no se inscribe adecuadamente como en los casos de psicosis, debilidad mental o respuesta psicosomática. Por otra parte, aunque el falo se transmite en el orden simbólico por estructura, la forclusión del Nombre-del-Padre, repercute en él causando su elisión: la elisión del falo, con resultados como la vivencia de muerte del sujeto.
  4. Sustancia gozante es la tercer sustancia, luego de la res extensa (partes extra partes) y la res cogitans cartesiana, que es creada por Lacan para situar la sustancia propia del significante.

 

  • Imagen-Antonello Silverini-Ilustrador italiano –


La identidad no es la identificación [*]

«Es seguro que los seres humanos se identifican con un grupo. Cuando no lo hacen, están jodidos, están para encerrar. Pero no digo con eso con qué punto del grupo tienen que identificarse». J. Lacan, Seminario 22. RSI (15 de abril de 1975)

 

NO HAY ESENCIA NI IDENTIDAD

El sujeto se define identificándose sobre un fondo de falta en ser. No hay esencia ni identidad para el hablanteser (1). Diferenciar sujeto de individuo es necesario en este primer paso. Mientras el individuo, remite a lo indiviso, a lo que hace uno, incluso sin Otro en su constitución; el sujeto en cambio, efecto del lenguaje, adviene dividido de entrada y sin unidad posible.

 

EL IDEAL Y EL VALOR

Dos salidas al estatuto de división, llamado fading del lenguaje, se ofertan para la clausura, siempre inestable de este estado: la identificación al Ideal del Otro, escrito I(A) en el álgebra de Lacan o la salida a través del deseo del Otro, haciéndose su objeto, lo que supone una teoría del valor.

 

LA BEANCE Y LA LOCURA

No hay identidad para el hablanteser, solo habrá identificaciones, que suponen una clausura del vacío, la beance (2) propia de nuestro sujeto supuesto al inconsciente. Identificarse al Ideal sin mediación del lazo social, es lo propio de la locura, concerniente a las identificaciones directas que puentean la relación al otro/Otro, tal como lo propone Lacan en su diagnóstico de la locura, tomado de Hegel. La locura no es psicosis, es un fenómeno transversal a las estructuras clínicas (neurosis, perversión, incluso psicosis, respuesta psicosomática, debilidad mental, etc.).

 

HABILITAR EL VACÍO

Habilitar el vacío (objeto a) permite reformular, en la dirección de la cura, nuevas formas de reencontrar el deseo, de resolver la tiranía en que muchas veces se consolida allí un obturador que oficia de anudamiento suplementario en la estructura. En la teoría de los nudos se llama a esto sinthome (un cuarto lazo que mantiene juntos a los otros tres: lo real, lo simbólico y lo imaginario).

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*Ref.: Jaques Lacan, Sem 3. Las psicosis. Alfredo Eidelsztein, Las estructuras clínicas a partir de Lacan (I), Félix Morales, Anudarse a la Lacan.

1.Neologismo creado por Jacques Lacan para nombrar los seres de lenguaje: en francés ‘parlêtre’, traducido por hablanteser, hablaser  o desde la propuesta de A. Eidelsztein ‘hablanser’. Se lo ha traducido también como ‘ser parlante’, lo que no coincide con el espíritu de la posición antiontológica de Lacan, de modo que, anteponiendo el ser al habla podría suponerse algún ser previo a ella misma, el neologismo señalaría justamente lo contrario.

2.Del francés ‘beánte’, boquiabierto, estupefacto. Se tradujo al español por ‘hiancia’, pero este es un neologismo, es pertinente sin embargo la utilización del término ‘oquedad’.

Imagen, Antonello Silverini, ilustrador italiano.



La función psicoanálisis en la teoría y en la práctica del psicoanálisis

En la página 15 del Seminario 11, luego de plantear el tema de la excomunión y de la I.P.A. como comunidad religiosa, Lacan se pregunta:

” … digo primero que si estoy aquí ante un público tan grande en un ambiente como este (1) y con semejante asistencia, es para preguntarme si el psicoanálisis es una ciencia, y examinarlo con ustedes.”

Lacan insiste con esta pregunta en varios momentos de su Seminario y también la prosigue en el Seminario 12, específicamente “Problemas cruciales para el psicoanálisis”, solo que, en este momento, en el Seminario 11, va a interrogar los términos propuestos por Freud (inconsciente, transferencia, repetición y pulsión) y luego su pregunta se dirigirá al sujeto y lo real.

 

LOS FUNDAMENTOS DEL PSICOANÁLISIS

En principio habría que decir que el nombre más propiamente dicho de este Seminario (el 11) es: “Los fundamentos del psicoanálisis”. Aquí Lacan interrogará los fundamentos mismos del psicoanálisis, y si son válidos para constituir una ciencia y luego se detendrá en cada uno de esos cuatro términos para analizarlos y elaborarlos de una forma diferente a la que había realizado Freud.

Él comienza por decir: “¿Cuáles son los fundamentos, en el sentido lato del término, del psicoanálisis? Lo cual quiere decir: ¿qué lo funda como praxis?” (pág. 14).

Ante todo, define la praxis como el tratamiento de lo real por lo simbólico. Tenemos aquí entonces un punto central ¿cuál es ese real en nuestro campo? En nuestro campo, el del psicoanálisis al igual que en las ciencias modernas, lo real se define por lo imposible. La formalización del concepto de inconsciente que propone Lacan, lo aleja definitivamente del planteado por Freud y lo sitúa directamente en el campo del lenguaje. El sintagma “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, emancipa al inconsciente de todo fundamento biológico-pulsional correlativo de huellas mnémicas inscriptas a partir de estímulos externos o internos de satisfacción o insatisfacción tratadas como representaciones de cosa, es decir rompe con el inconsciente como representación del mundo exterior llamado realidad o macrocosmos (que remite esencialmente a la teoría de las esferas: mundos adentro de mundos), con la supuesta realidad sensible de los datos inmediatos o con cualquier forma de objetividad que tome esa realidad por lo real.

 

LA FUNCIÓN DEL SIGNIFICANTE

La clave fundacional se encuentra en lo que va a llamar la función del significante, que se distingue de la teoría de la representación, en el sentido que es una teoría diferencial de los elementos, donde ninguno es por sí mismo, sino en relación a otros. La teorización del significante hace caducar la tendencia unificante, ya que un significante no es idéntico a sí mismo, con lo que queda desmantelada la teoría de las esencias y del ser a nivel del sujeto. Un significante en sí mismo no garantiza ningún ser, sino multiplicidad de significaciones, pero a partir de otros y en relación con otros (co-variancia de los significantes), siempre parciales, y a la espera de una nueva (significación) por venir.

 

LA GARANTÍA Y EL TRATAMIENTO RELIGIOSO

Lacan cuestiona el tratamiento religioso que se dio a los términos utilizados por Freud, buscando en él la garantía de su uso y la garantía también de lo que es el psicoanálisis. Lacan intenta llevarlos a conceptos, sacarlos del oscurantismo y formalizarlos desde la teoría del significante, y asegurar transmisibilidad para demás ciencias afines. Los referentes ya no serán el aparato psíquico (adentro de alguien), ni el cuerpo biológico, ni la persona del autor, en este caso Freud, como aval de los conceptos que habitan el campo del psicoanálisis (el campo concerniente a las relaciones entre el lenguaje y el deseo).

El significante, como algo que no es posible definirse en sí mismo, contiene en esta misma definición, en esta misma imposibilidad, lo real del significante, si precisamos lo real como lo imposible, de la misma forma como situamos también lo imposible de la relación-proporción  sexual, como lo que no puede escribirse. Así nuestro concepto inconsciente no necesitará referirse o garantizarse en el individuo y tampoco su sujeto (el sujeto supuesto hablar): formal, vacío y sin referencia sustancial ni ontológica, pudiendo trabajarse su teoría al modo abstracto en que lo realizan también las ciencias modernas, por ejemplo, la física teórica, las matemáticas, la lógica, etc.

 

UN SABER QUE SE INDEPENDIZA DE LO EMPÍRICO

Así el psicoanálisis va quedando del lado de lo que plantea Koyré para la ciencia: un saber que se independiza de lo empírico, y, podemos agregar, que va en contra de toda práctica sostenida en el ser de las cosas, lo que inaugura una clínica que cuestiona la estabilidad como absoluta, las esencias, lo inmutable. Como ejemplo de esto último tenemos las actuales teorías del goce como no dialectizable, como más allá o más acá de la castración, con el que uno podría amigarse o acotarlo un poco, en suma, un goce fuera del campo significante, lo que lo define como un ser, como una esencia última. Sin embargo, Lacan plantea el gozo (sería más apropiado nombrarlo así según Garate y Marinas) como articulado al significante, efecto del significante y el significante como vemos, imposibilita tanto el ser, como la esencia, como la unificación o cualquier concepción del mundo totalizante.

La teoría del significante entonces es ubicada por Lacan como la base, el fundamento. La posibilidad de transformar los términos en conceptos y dirigir la pregunta por el sujeto y lo real a partir de la función significante. Nuestra praxis entonces se funda en conceptos y se localiza en hacer hablar al sujeto, no al individuo, sino a aquel que suponemos que habla, transitoriamente coagulado en el mutismo del síntoma, hasta que pueda encontrar el lector de su significación.

Por eso dice Lacan al final del capítulo 1 del Seminario 11:

“Pero el análisis no consiste en encontrar, en un caso, el rasgo diferencial de la teoría, y en creer que se puede explicar con ello por qué su hija está muda (2) pues de lo que se trata es de hacerla hablar, y este efecto procede de un tipo de intervención que nada tiene que ver con la referencia al rasgo diferencial.”

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  • (1) Lacan había sido recibido en la Escuela Normal Superior propiciado esto por su amigo Louis Althusser y habiendo suspendido antes su Seminario en Saint Anne, “Los Nombres del Padre”, del cual quedó registrada solo una clase, la primera.
  • (2) Refiere a una escena de El médico a palos, de Moliére.

Referencias bibliográficas: J. Lacan, Seminario 11, “Los fundamentos del psicoanálisis”/ Félix Morales, Curso Los fundamentos del psicoanálisis, para las cuestiones del Seminario 11 /Martín Mezza, Seminario Problemas cruciales del psicoanálisis (APOLa Salvador Bahía), para las cuestiones del Seminario 12.

Imagen: Antonello Severini, ilustrador. (del FBK de Susana Resnik)



“¿QUÉ QUEREMOS?”

POR UN CAMBIO DE CONSTITUCIÓN PARA CHILE [*]

«No podemos solucionar nuestros problemas con las mismas líneas

de pensamiento que usamos cuando los creamos» A. Einstein

En la ciencia hay cortes epistemológicos, cambios de paradigma, donde el mundo que conocíamos cambia, y cambia porque lo pensamos de otra manera. Nuevas ideas en el pueblo chileno impulsaron las revueltas contra un paradigma ya acabado, el paradigma dictatorial, el antiguo régimen pinochetista. Hubo uno que gobernó toda la región, el de los  golpes de estado, que sigue vivo hasta ahora, aunque se disfrace de lawfare: la imposición, en última instancia,  de un modelo económico capitalista neoliberal, a través de la judicialización de la política.

Elaborar una nueva Constitución es también pensar con qué modelo se va hacia ello. En general, no hemos podido salir de la concepción cartesiana de la realidad (partes extras partes de la res extensa), allí donde solo podemos pensar al sujeto como individuo separado del otro, en una articulación de vecindad, pero también de choque. La ciencia ha dado un paso, pudiendo pensar mediante la dualidad onda-partícula, que la materia no solo funciona como corpúsculo, sino también como onda que se entremezcla. El modelo newtoniano seguirá sirviendo para algunas realidades del espacio tridimensional pero no para pensar realidades más complejas.

Chile no está solo, no es un corpúsculo, sino que está mezclado, entremezclado indiscerniblemente con toda la realidad latinoamericana y la del mundo, por ello, no es posible pensar Chile sin Latinoamérica. El espíritu de lo nuevo, que nunca es absoluto, sino que se basa en mucho de lo ya realizado, tendrá que pensar al sujeto y especialmente al sujeto país, si pudiéramos decirlo así, de una nueva forma, una forma no individualista, una forma ‘inmixturada de Otredad’ (1) de un Otro que alberga, por ejemplo, las históricas luchas emancipatorias latinoamericanas. Una Constitución que pueda ser base, fundamento de otras por venir.

Nuestra concepción de la realidad basada a veces en un realismo ingenuo, supuestamente dependiente de los hechos, no es más que una ilusión inductivista que tapona, sutura, que en el principio está la idea, y es  en esas ideas, donde puede filtrarse -si no tenemos claro el modelo que las rige- lo que empañará todo tipo de concepción aparentemente novedosa volviéndola ‘más de lo mismo’. El aristotelismo reinante, donde primero está la física y luego la metafísica, podría extraviar nuestra posición certera a la hora de redactar, como es el caso, una nueva Carta Magna. Es la idea del sujeto, que no abandona su amarre en el individualismo más feroz, lo que porta un peligro para toda novedad que se inaugure. Ni el sol gira alrededor de la tierra, ni la tierra alrededor del sol en el centro, es la elipsis de Kepler la novedad, donde en el centro no hay nada. Dejar vacío el centro deja lugar para una dialéctica que no gira alrededor de nada en particular, sino que todos sus elementos, articulados en bucles con otros, no valen nada en sí mismos, sino por los demás.

La filosofía que sostiene a una dictadura es cerrada, absoluta, parmenídea, las cosas ‘son como son’; es conservadora y siempre mira al pasado. Lo nuevo no se ata al pasado, no lo mantiene más de lo necesario, y busca la invención, el porvenir, la creación. Concebir un sujeto nuevo para la nueva Constitución, es pensarlo formal, abstracto, fuera de la biopolítica, de las esencias, del racismo que dice qué es lo humano y qué no. Finalmente, el problema del ser. El sujeto así concebido, efecto del lenguaje y del deseo del Otro, sitúa sus coordenadas en un contexto histórico y cultural determinado y no como un ser único, individual, desamarrado de toda Otredad.

¡Viva Chile! Lo mejor para su Constitución, que será también la Constitución de todos. Ojalá! Así lo deseamos.

Lic. Juan José Scorzelli

Psicoanalista.

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*Texto presentado en ocasión de la invitación a participar del Proyecto Arde.Chile 2 (Escritores de Chile en Acción, liderado por el escritor y poeta chileno Tamym Maulén), para ser incluido en el “Gran libro colectivo” que será entregado “a cada uno de los 155 constituyentes que serán electos los días 15 y 16 de mayo”, convocados para la redacción de una nueva Constitución.

1.Expresión utilizada por Alfredo Eidelsztein con relación al título de la  Conferencia de Baltimore (1966), “Of Structure as an Immixing of an Otherness Prerequisite to Any Subject Whatever”, presentada por Jacques Lacan en 1966.




Luis de Bairos Moura (artista plástico, Tucumán, Argentina)

IMMIXING

Por Lic. Juan José Scorzelli [*]

La immixión es una mezcla que no admite la separación de sus componentes, como por ejemplo cuando mezclamos el café con el azúcar o hacemos salsa golf con mayonesa y kétchup, los elementos que la pudieron componer inicialmente se hacen indistinguibles.

 

EL SUJETO NO ES SIN OTRO

El sujeto de Lacan no es sin Otro, esto lo explicita en su Conferencia en Baltimore (1) en el año 1966, cuyo título está dado en inglés, ya que fue hablada en ese idioma (en realidad en una mezcla de inglés y francés) y es el siguiente: «Of Structure as an Immixing of an Otherness Prerequisite to Any Subject Whatever», y cuya traducción aproximada tomada de Leonel Sánchez Trapani de la Revista Acheronta sería: Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua non de absolutamente cualquier sujeto. La palabra immixing [en inglés puede escribirse tanto inmixing como immixing] tuvo problemas de traducción en la obra de Lacan, aunque con algunas diferencias, por ejemplo, en el Seminario de La carta robada de 1957, pero reescrito en 1966, en ocasión de la publicación de los Escritos dice:

 

IMMIXTION DES SUJETS

«La pluralidad de los sujetos, naturalmente no debe ser una objeción para todos los que están avezados desde hace tiempo en las perspectivas que resume nuestra fórmula: el inconsciente es el discurso del Otro. Y no habremos de recordar ahora lo que le añade la noción de inmixtion de los sujetos (immixtion des sujets), introducida antaño por nosotros al retomar el análisis del sueño de la inyección de Irma”

Es decir, se tradujo aquí immixion por inmixtion, que no existe en castellano, pero se entendió que el término tenía un valor neológico en Lacan. Marcelo Pasternac propuso su traducción como ‘entremezcla’. El término en francés existe y significa “acción de inmiscuirse o acción de meterse una cosa en otra cosa” pero Lacan altera este uso.

 

LACAN EN BALTIMORE

El asunto es que Lacan en su Conferencia de Baltimore no desarrolla el tema, sino que solamente está postulado en el título, aunque sí lo desarrolla en otras intervenciones durante los eventos en Baltimore. En una de ellas, a propósito del tema de la invención: ‘¿Quién inventa? ¿Cuál es el sujeto de la invención?’ (2) plantea la cuestión del estatuto del sujeto y dice:

«Estoy pensando en la palabra immixing (…) pienso que la primera vez que introduje esta palabra fue precisamente para la relación de los sujetos (…) Los sujetos no son entonces aislados como los pensamos. Pero por otro lado ellos no son colectivos. Tienen una cierta forma estructural precisamente immixing», y propone el término sujeto para esta conexión.

 

IMMIXTURADO DE OTREDAD

Ahora bien, en el Curso sobre la Ética, del 2001, Alfredo Eidelsztein postulaba la immixión de Otredad, como una concepción correspondiente a una ética para el psicoanálisis, una ética que diferencia netamente sujeto de individuo, sujeto no sin Otro. Esta es la cita:

“Cada vez que operamos con sujeto, debemos tener en cuenta cuál es la dimensión de Otredad que nos permita acceder a él. Pero, aunque nos permita acceder al sujeto, no accedemos nunca al sujeto como tal, siempre es en este prerrequisito, en esta condición sine qua non, de que sea inmixturado con Otredad. La ética que yo propongo desarrollar es exactamente esa: una ética que diga “no” a considerar en psicoanálisis al sujeto sin Otredad. El sujeto sin Otredad se llama “individuo”, e individuo es el máximo ideal, el ideal fundamental de Occidente.”

Esta posición no individualista, de Lacan para el psicoanálisis, se traduce claramente en esta cita de La cosa freudiana [pág. 398 de los Escritos I]:

“Los términos para los que planteamos aquí el problema de la intervención psicoanalítica hacen sentir bastante, nos parece, que la ética no es individualista.”

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*Extractos del escrito ‘El sujeto de Lacan’, que presenté en Yoica el lunes 29 de marzo, 2021, junto a, Yhonn Escobar Jiménez de Apola Bogotá. [se puede descargar la presentación en el siguiente enlace: https://bit.ly/3cyYdhP ]

  1. El Congreso al que Lacan fue invitado junto con otros destacados de la época [Derrida, Hyppolite, Lévi-Strauss, Braudel, Jean Pierre Vernant y otros] se desarrolló en la ciudad de Baltimore (EE.UU), entre los días 18 y 21 de octubre de 1966. La conferencia de Lacan fue el 20 y realizó dos intervenciones el día 18, una durante la ponencia de Lucien Goldman, “Estructura humana y concepto metodológico”, y otra en la presentación de Jacques Morazé sobre “Invención literaria”. El título del Congreso fue “Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre. La controversia estructuralista”.
  2. La intervención de Lacan realizada en la ponencia de Jacques Morazé sobre ‘Invención literaria’ [extracto].

Ref. bibliográficas: Jacques Lacan, Conferencia de Baltimore/ J. Lacan, Seminario 2/ J. Lacan, La carta robada, Escritos/ Pablo Peusner, Acerca de la pertinencia del término immixión en la definición de sujeto… (UBA, Psicología, 2005)/Alfredo Eidelsztein, Otro Lacan. / A. Eidelsztein, El origen del sujeto en psicoanálisis… / A. Eidelsztein, Ciencia y psicoanálisis. Curso en Apertura Sociedad Psicoanalítica de Bs. As.



 

El goce no es la satisfacción pulsional, por Lic. Juan José Scorzelli

«Un cuerpo goza de sí mismo, él goza bien o mal, pero es claro que este gozo lo introduce en una dialéctica en la cual se necesita incontestablemente de otros términos para que eso tenga inicio, a saber nada menos que este nudo que yo les sirvo en bandeja» (Jacques Lacan) 1.

¿En qué cuerpo se satisface (Befriedigung) la pulsión, cuando ella es ‘el eco en el cuerpo de que hay un decir? El cuerpo del significante no es el cuerpo biológico ‘natural’, perdido para siempre luego de la creación significante, el discurso del Otro y el lazo social que habilita.

 

EL CUERPO Y EL GOCE

El cuerpo y el goce del que habla el psicoanálisis a partir de Lacan [en Freud el cuerpo biológico sigue operando en la trama de su teoría] son efectos del significante y el agujero, ellos están en ese nivel. No existen en el nivel biológico de la carne ni en el espacio tridimensional (3D). La dimensión topológica de la botella de Klein o el toro pueden dar cuenta de estos espacios ‘bidimensionales’.

 

NECESIDAD DE DISCURSO

El goce [que nada tiene que ver con la pulsión ni con la satisfacción de esta], como necesidad de discurso, habita el agujero [o sistema de agujeros] creado por el significante a partir de la inexistencia. El agujero nace del bucle significante (S1-S2). El cuerpo del que Lacan ofrece una nueva intuición con el enlace borromeo (Real, Simbólico, Imaginario), no existe en el espacio de tres dimensiones, sino en el espacio topológico y matemático (compacidad).

 

EL SUJETO NO GOZA DE SU CUERPO

El sujeto no goza de su cuerpo, sino que el cuerpo goza de sí mismo ‘en el contexto del nudo borromeo’. Lo cual supone al Otro. Sujeto y Otro, en Inmixión de Otredad (2). No hay sujeto sin Otro. Los cuatro elementos del psicoanálisis: significante, sujeto, cuerpo y goce pertenecen al espacio abstracto del psicoanálisis, como efecto de la condición significante de nuestras estructuras. «En el principio es el Verbo» o en el principio es el lenguaje y el Otro, desmienten la primacía originaria de cualquier autoerotismo desamarrado del Otro.

 

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* Puntuaciones realizadas a partir de la lectura ‘Otro Lacan’, de Alfredo Eidelsztein. 1. «Le séminaire XXI».

O GOZO NÃO É A SATISFAÇÃO PULSIONAL (Traducción al portugués e imagen por José Marcus De Castro Mattos)

\Texto de JUAN JOSÉ SCORZELLI (*)/

Em que corpo se satisfaz (‘Befriedigung’) a pulsão, quando ela é ‘o eco no corpo do fato de que há um dizer’? (Cf. LACAN, J. Seminário 23.)

O corpo do (desde o) significante não é o corpo bio-natural, pois este está perdido em sempre na instituição do significante, no Discurso do Outro e no laço social.

O corpo e o gozo dos quais fala a Psicanálise a partir de Lacan (em Freud o corpo bio-natural segue operando na trama de sua teoria) são efeitos do significante e do furo (‘trou dans le symbolique’, em termos lacanianos): eles estão situados nesse nível.

De fato, o corpo e o gozo não existem no nível biológico da carne nem no espaço euclidiano (tridimensional) e a dimensão topológica da Garrafa de Klein ou do Toro podem mostrar a bidimensionalidade deles.

O gozo como necessidade de discurso (que nada tem a ver com a pulsão ou com a satisfação desta) habita o furo ou o sistema de furos instituído pela ex-sistência do significante vis-à-vis aos significados, pois o furo nasce do pareamento entre S¹ e S²; assim, o corpo do qual Lacan oferece uma nova apreensão com o Nó Borromeano não existe no espaço euclidiano (tridimensional) e sim no espaço topológico e matemático (‘compacidade’).

Logo, no contexto do Nó Borromeano o sujeito ($) não goza de seu corpo, posto ser o corpo que ‘goza de si mesmo’, mas um ‘si mesmo’ que supõe o Outro, ou seja, a ‘intromistura com a Alteridade’ (não há sujeito sem Outro, etc).

Os quatro elementos da Psicanálise (significante, sujeito, corpo e gozo) pertencem a um espaço abstrato, como efeito da condição significante de nossas estruturas.

Enfim, ‘No princípio é o Verbo’ – no princípio é a Linguagem – desmente a primazia originária de qualquer autoerotismo desarticulado do Outro.

(Pontuações realizadas a partir da leitura de ‘Otro Lacan’, de autoria de Alfredo Eidelsztein.)

(*) J. J. SCORZELLI. Psicanalista.

{A foto representa um esboço de autorretrato do pintor inglês LUCIEN FREUD [1922 – 2011].}

 

1. Clase del 11 de marzo de 1974. El sujeto es efecto del lenguaje, del Otro y del lazo social. El individualismo se combate con la noción de immixión de Otredad (No hay sujeto sin Otro), y con una teoría del sujeto que no arranque de la sustancia, ni de un ser que no sea de lenguaje.

2. Immixion de Otredad: La noción (o concepto) de immixion de Otredad (“Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua on de absolutamente cualquier sujeto”, J. Lacan, conferencia de Baltimore, 1966) donde habla de una entremezcla indiscernible entre sujeto y Otro o, no hay sujeto sin Otro, se ubica en esa dirección: antiindividualista, antiontológica (no hay seres más que de lenguaje: parlanteseres), y antinihilista.



EL DESEO NO ES EL QUIERO

“Se anuncia una ética, convertida al silencio, por la avenida no del espanto, sino del deseo” J. Lacan (1)

El deseo no es el quiero, pues puede ser justamente lo contrario. Allí juega la distinción entre el Yo quiero o el eso desea, ya que, eso desea en mí, sin que yo lo sepa. Dos fórmulas se desprenden de estas enunciaciones: Te quiero aunque no quieras o te deseo aunque no lo sepa. Un abismo las separa: en una se adivina el forzamiento, en la otra, el pañuelo hace causa de un deseo que se suscita, sin que se muestre la premura solicitante (de la posición sexuada que sea).

 

EL OBJETO DEL DESEO

“¿No será más bien, como me ha ocurrido decirlo, botella de Klein, sin adentro ni afuera? ¿O aun, sencillamente, por qué no, el toro?” J. Lacan (2)

El deseo así es en principio inconsciente: articulado pero no articulable, decía Lacan, pero interpretable su objeto: el objeto del deseo. Para ello es el toro la mejor superficie, una cámara de auto o un salvavida muestra su estructura al sumergirse en un espacio de tres dimensiones, ya que su origen es topológico, de dos dimensiones sin adentro ni afuera, en la que el agujero central se halla en continuidad con la periferia. Es allí donde las vueltas de la Demanda, que constituyen su directriz, evocan en su cierre (operado por el analista) un más allá donde el deseo puede donar su objeto. Así, se cumple el veredicto: el  deseo  está más allá de la Demanda (del Otro). El fantasma es su sostén, el fantasma está en el campo del Otro (J. Lacan. Seminario 10,  La angustia).

 

COMO OTRO, DESEO

«Of Structure as an Immixing of an Otherness Prerequisite to Any Subjet Whatever» J. Lacan (3)

El deseo como deseo del Otro, implica que deseo como Otro. Y Lacan pone de relieve que el sujeto solo es abordable desde el Otro, en Immixión de Otredad. La Immixión es mezcla indiscernible, donde los elementos mezclados son imposibles de separar, por ej.: la mezcla de agua con azúcar. Esta concepción rompe con todo individualismo, ya que el inconsciente de Lacan no está dentro de ningún individuo y sus límites no son los del cuerpo biológico, sino que habita en un espacio no 3D, sin adentro ni afuera, allí mismo donde podríamos situar el lenguaje en general. Es en este sentido que Lacan cuestiona la autoría, ¿quién es el autor?, poniendo como ejemplo las invenciones realizadas por dos o más científicos sobre el mismo tema, en el mismo momento histórico, sin conocerse entre sí (los alemanes August Ferdinand Möbius y Johann Benedict Listing conciben al mismo tiempo y de forma independiente la banda nombrada luego como de Möbius, en 1958). La dimensión del sujeto y del Otro no pertenecen al espacio euclidiano. Sujeto y Otro deben pensarse no como partículas sino más bien como ondas (teoría onda-partícula), interpenetrables.

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  1. Jacques Lacan. Libro 7: “La ética del psicoanálisis” (1969-60), Buenos Aires, Paidós, 1988.
  2. Jacques Lacan. Seminario de Caracas, Venezuela, 1980.
  3. Jacques Lacan. Conferencia de Baltimore (EEUU 1966).  “Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua non de absolutamente cualquier sujeto”. [Traducción de Leonel Sánchez Trapani en la Revista Acheronta].


Arte – Carlos Alonso – «Adam and Eve Expelled from Paradise» – Expresionismo – 1969



A PARTIR DEL VERBO (EL SIGNIFICANTE) Y LA RELACIÓN AL OTRO

«El dolor es siempre personal y siempre cultural. Está, por eso, siempre abierto a la variable influencia del significado» 1.

«La sola presencia de la primera función de onda en algún lugar del universo ejerce cierta influencia en cualquier otra función de onda» 2.

 

A PARTIR DE LA IDEA

Creo que Lacan aporta al psicoanálisis elementos abstractos decisivos no tomados en cuenta antes, reafirmando su inicio, no en el campo biológico (como las pulsiones freudianas o la pulsión de muerte cuantitativa en Melanie Klein), sino a partir del Verbo (del significante), y de la relación al Otro. Para ello fue necesario también su relación con la topología o la física teórica. ¿Por qué? Por el aporte de las superficies interpenetrables, sin exterior ni interior, que permiten ir más allá de cualquier teoría individualista que tenga como referencia al cuerpo como uno (con adentro y afuera, a la manera del huevo freudiano). Asimismo, su concepción teórica es a partir de la idea, del método hipotético deductivo, no del inductivismo, ni de la experiencia. La experiencia, en todo caso, responde de la teoría en la que se basa -su marco teórico-, lo que se llama una praxis. Es el experimentum mentis, es decir la experiencia mental, la que mejor corresponde al modelo de investigación en ciencias conjeturales (todas lo son, especialmente el psicoanálisis).

 

IMMIXION DE OTREDAD

Esto constituye todo un paso para pensar al sujeto a partir del Otro, en Immixion de Otredad, como Lacan postula en la conferencia de Baltimore, en 1966 (3). Las superficies topológicas abren el campo para concebir lo imposible, así como se piensa el imposible lógico-matemático: superficies bidimensionales como el cross-cap o la superficie de Klein (superficies cerradas de una sola cara y un solo borde, sin interior ni exterior) que no pueden sumergirse en el espacio 3D, o como el caso de las paralelas que no se cortan del 5to. postulado de Euclides, luego contradicho por Nikolái Lobachevsky en su geometría no euclidiana, inaugurante de una nueva topología, para pensar los imposibles en el campo de la ciencia.

 

EL SUJETO DE LACAN

El sujeto de Lacan (en mezcla inseparable con el Otro) es la clave para pensar estos problemas ya que se lo presenta como efecto del lenguaje; es insustancial, vacío y no tiene ser, está dividido entre significantes, no es el sujeto antropológico, ni el sujeto gramatical, ni el ciudadano, es el tema, el asunto (sujet, en francés), que se despliega entre hablanteseres (encarnaciones del lenguaje), allí donde Eso habla entre ellos. Esto es un verdadero cambio de paradigma dentro del psicoanálisis (o corte epistemológico, según se lea) que tal vez permita salir del individualismo (donde no importa quien lo dice, analista o analizante, sino que Eso habla entre ellos), del sustancialismo y del biologismo reinantes.

________________________________

1.»La cultura del dolor», David. B. Morris. Santiago de Chile (1993). 2.»Antes del Big-Bang», Martin Bojowald, Buenos Aires: Debates. (2010). 3.»Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua non de absolutamente cualquier sujeto«[«Of Structure as an Immixing of an Otherness Prerequisite to Any Subjet Whatever»] Traducción de Leonel Sánchez Trapani, en la Revista Acheronta.

Referencias: Jacques Lacan, Escritos 1 y 2, Editorial Siglo XXI. Alfredo Eidelsztein, «Otro Lacan», «El origen del sujeto en psicoanálisis, del Big-Bang del lenguaje y del discurso», «La topología en la clínica psicoanálisis». Ed. Letra Viva.

—»El beso»—Luis De Bairos Moura-De la serie «Humaniquiestal»—Acrílico-1989—



29/01/2021

Da Eliminação Da ‘Centro’

A ‘ferida narcísica’ foi Kepler e não Copérnico, ou seja, retirar o ‘centro’: Lacan fura o ovo freudiano, convertendo-o em um toro (superfície topológica).

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Lacan dá um passo além ao tomar Kepler como aquele que descentra, pois isto é mais parecido com as consequências da ‘Outra-cena’ (freudiana) e à postulação do Eu (Ich/Je) como ‘Eu é um Outro’ (Je est un Autre).

/

Kepler descentra, ou seja, rompe com o ‘centro’ (Terra ou Sol) e localiza a elipse (a qual questiona a forma esférica perfeita tradicional), estabelecendo dois polos, um deles vazio.

\

Ora, ao transformar o ovo freudiano em um toro, Lacan o fura, colocando no centro o vazio.

/

O interessante é que não se tratava de substituir um centro por outro, mas sim da eliminação do ‘centro’: por exemplo, no tocante à teorização de Lacan sobre o ‘sujeito’, trata-se de um sujeito descentrado, vazio, dividido (o sujeito não é o ‘eu’).

\

(O tema da substituição do circular pelo elíptico é também interessante, porque a esfera era considerada a figura perfeita, ou seja, caem muitos mitos nesta substituição.)

/

Além disso, Lacan trabalhava as superfícies topológicas sem interior nem exterior, o que constitui outro desafio à crença no individualismo: a ‘intromistura de Alteridade’ (não há sujeito sem Outro) coloca em questão a tese individualista, posto que o ‘eu penso’ e o ‘eu falo’ estão sobredeterminados pelo ‘sou pensado (pelo Outro)’ e pelo ‘isso (o Outro) fala, pensa e goza’, questionando-se assim o ‘sujeito da ciência’ (cartesiano).

\

Enfim, a importância de manter o ‘centro’ vazio é também clínica, mas os substancialismos comparecem para impedi-lo.

🌿

Tradução do original espanhol:

JOSÉ MARCUS DE CASTRO MATTOS

Psicanalista
Escritor
Poeta
Coordinador de:

ⱾEMINARIOS ⱣSICANALÍTICOS IACQUES ŁACAN

ⱾEMINARIOS ⱣSICANALÍTICOS YOÁN ₲UIMARANES ℟OSA

Miembro del Colegiado Director de: ĔSCUELA ⱣOPULAR DE ⱣSICANÁLISIS ɃRASILEÑA (ĔⱣⱣɃ)



24/01/2021

ESENCIALISMO Y PERONISMO [*]

«…, el universo olvida el valor exacto que tenía cualquiera de estas características con anterioridad al Big Bang.» M. Bojowald (1)

… lo que había [el ser] allí desaparece por no ser ya más que un significante” J. Lacan (2)

Un problema que ha de tratarse, previo a la significación ‘peronista’, o qué es o no ser peronista, es el esencialismo, la maldita idea de una esencia de las cosas, que deviene de una utilización ontologizante del verbo ser, que es, en tanto tal, un conector. Si no podemos desontologizar al peronismo (o lo que sea), caeremos en fundamentalismos ontológicos peligrosos, incluso tendientes hacia la sustancialización, bases de todo racismo, xenofobia, etnocentrismo, etc.

 

LA APROPIACIÓN ONTOLÓGICA

La apropiación ontológica trabaja con el ser de las cosas, con las esencias. Recordemos la diferencia entre Parménides (el ser es, el no ser no es) y Heráclito (ni entramos dos veces al mismo río, ni somos los mismos cada vez). El tema es retomado por aristotélicos (partir de los sentidos) y platónicos (partir de las ideas). La posición, la argumentación peronista (si no somos parmenídeos) parte de ideas, arranca de una idea. La idea no tiene exactamente propiedad privada, ella adviene, se produce en el campo del Otro (la cultura, el lenguaje, el contexto social). Por supuesto son expuestas por alguien o ‘alguienes’ (se da el caso de que la misma idea aparece en sujetos de muy distantes lugares o sin contacto entre sí), es lo que, de todos modos, llamamos un autor o autores. Las ideas, como en la ciencia, están sujetas a transformaciones, a cambios de paradigma (de la teoría de Newton a la de Einstein, luego Max Planck descubriendo la teoría cuántica de campos o, la teoría de cuerdas dependiente de la cuántica, anticipada por Theodor Kaluza). Eso cuestiona cualquier esencialismo.

 

SUJETO

Recordemos la definición lacaniana de Sujeto (no es individuo ni persona) como falta en ser, vacío, dividido entre significantes. El peronismo (o los peronismos), no están ajenos a estos cambios, de hecho tal vez el kirchnerismo podría asociarse a esta mutación (recordemos que Einstein rechaza la física cuántica, que era hija, por decirlo así, de la física relativista). El rechazo al cambio de paradigma, a la mutación, puede ser un gran retraso en el avance de las ideas (aunque no se sepa de antemano si sus consecuencias serán mejores o peores). Aferrarse a esencias no es lo mismo que asentarse en principios, en argumentos o hipótesis iniciales, ya que estas pueden ser cambiadas, modificadas. No hay esencia, ni ontología o sustancialismo que no amarre finalmente en la biopolítica, en la política de los cuerpos. Debemos, si se puede, partir de nuevas concepciones del pensamiento que no embraguen con biología alguna (para el campo de las ideas). Toda la ciencia (no aristotélica) trabaja en ese sentido. Esto permite salir de una concepción individualista y pensar al sujeto (del inconsciente) en Immixion de Otredad (mezcla indiscernible con el Otro). (3)

 

SIN ADENTRO NI AFUERA

Lacan utiliza una topología no euclidiana sin adentro ni afuera (sin exterior ni interior) para pensar esta cuestión del sujeto (a la manera de las superficies topológicas interpenetrables, que permiten ir más allá del ‘partes extra-partes’ cartesiano). Toda biología queda en otro plano, totalmente afectada por la estructura significante del lenguaje. Una política que supere el individualismo, el sustancialismo y la ontologización, daría un nuevo vuelo a las viejas concepciones esencialistas. En la física moderna por ejemplo, un elemento (electrón), puede leerse como onda o como partícula, en la onda los elementos se entremezclan, no tienen masa y se despliegan en el espacio, mientras que las partículas o corpúsculos ocupan un lugar en el espacio y poseen masa (‘dualidad onda-partícula’), según la posición que elija el experimentador.  La teoría del sujeto de Lacan también comparte esta dualidad: el sujeto como onda, sin masa, en immixión o como partícula, encarnado, lo que llamamos ‘hablanteser’ (seres creados por el lenguaje). Hay una tendencia actual (de hecho, es la que triunfa) hacia el biologismo, o como decía Foucault, la biopolítica, el sustancialismo y la ontologización que se desprende de estas posturas aun aristotélicas y medievales. (4)

 

Asunción, enero, 2021.

_____________________________

*Escrito a propósito del texto de Jorge Alemán «Peronismo», en su muro. Véase también https://lateclaenerevista.com/el-mas-peronista-de-todos-los-peronistas-por-jorge-aleman/?fbclid=IwAR0XLtDW5Xay8WzXKQCNiNiPz6eM3KefjCBTIeHoEReF3dKXkqYcynubvGY

Ref., Lacan, J. (1984). El Seminario. Libro 2.  Libro 17 / Paidós. / Posición del inconsciente, J. Lacan, 1960/64. Escritos/ El origen del sujeto en psicoanálisis, del Big Bang del lenguaje y el discurso, A. Eidelsztein, Letra Viva/ Otro Lacan, A. Eidelsztein, Letra Viva. / Conferencia de Baltimore, J. Lacan, dictada en Baltimore (EEUU), en ocasión del Simposio Internacional del Centro de Humanidades John Hopkins, el 21 de octubre de 1966.

  1. Martin Bojowald. M. (2010). Antes del Big Bang.
  2. Jacques Lacan, Posición del inconsciente.
  3. Immixión de Otredad: Lacan titula su conferencia (conocida como la conferencia de Baltimore), dictada en Baltimore (EEUU), en ocasión del Simposio Internacional del Centro de Humanidades John Hopkins, el 21 de octubre de 1966, como  «Of Structure as an Immixing of an Otherness Prerequisite to Any Subject Whatever». [«Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine que nonde absolutamente cualquier sujeto».La traducción realizada directamente del inglés, por Leonel Sánchez Trapani en la Revista Acheronta N° 13 de Julio del 2001]. La immixión es una mezcla que no admite la separación de sus componentes como por ejemplo cuando mezclamos el café con el azúcar, o hacemos salsa golf con mayonesa y kétchup, los elementos que la pudieron componer inicialmente luego se hacen indistinguibles. [en inglés, las escrituras  immixing o inmixing son igualmente válidas]. De ‘Immixion de Otredad’, conferencia personal dictada en APOLa Bogotá, 21 de agosto, 2020. Extractos.

Nota: Sujeto y hablanteser: El sujeto de Lacan se diferencia del sujeto antropológico, es efecto del significante, dividido entre ellos, no es sustancial ni ontológico. Lo caracteriza su falta en ser. Es la suposición con la que se trabaja con respecto al inconsciente (sujeto del inconsciente). El hablanteser sí es uno, pero incluye la relación al Otro, en este sentido no es Individual.

 

  1. En este trabajo (que antecede un desarrollo por venir) se toma en cuenta la hipótesis de Alfredo EIdelsztein sobre el Big Bang del lenguaje, el Otro y el lazo social como anterioridad lógica a cualquier naturalismo, biologismo o teoría individualista del sujeto.

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NUESTRA VIDA SIGNIFICANTE [*]

“El hombre está capturado por la imagen de su cuerpo” (1)

Según nuestra lectura es necesario cuestionar la concepción individualista de la constitución del sujeto. Nuestra posición es que no hay sujeto sin Otro, sin lenguaje y sin lazo social. Vale decir, no hay una sustancia que evoluciona en diferentes estadios madurativos que da como resultado un sujeto humano hablante. El sujeto es efecto del lenguaje y se constituye por los mecanismos de la alienación y la separación [En nuevas notas trataremos sobre estas operaciones lógicas en el advenimiento del sujeto] (2)

EL MALESTAR EN LA CULTURA

¿Qué quiere decir todo esto? Quiere decir que concebir un sujeto sustancial que evoluciona y va aprendiendo el lenguaje y la cultura que va a habitar, es una concepción evolucionista (en este sentido, la posición de Lacan es creacionista, creación ex -nihilo, en el principio es el Verbo, en nuestro caso: en el principio es el significante), que invierte los procesos y tiene como consecuencia la elaboración de un sujeto individual, recortado de la biología, similar a la que creemos encontrar en los llamados animales. El malestar en la cultura estudiado por Freud mantiene vivo este punto de vista, ya que supone un sujeto pulsional originario, que se enfrenta a una cultura que intenta dominar esas ‘pulsiones’ para domesticarlas y socializarlas, por lo tanto habrá malestar en el sujeto por tener que renunciar a ese goce de origen, y esto gracias a la función del padre, que impondrá la ley bajo la forma de prohibir el incesto y el concomitante goce masturbatorio. Con Lacan tenemos una revisión de todo este asunto, incluso un rechazo de esta lectura, ya que elimina este supuesto antagonismo, sujeto-cultura, poniendo al Otro de entrada, al sujeto como efecto del lenguaje y a la cultura como incluida dentro de sus leyes (del lenguaje), es decir, no hay en Lacan un sujeto previo a la acción del lenguaje, no hay baño de lenguaje sobre un sujeto que está ya allí esperándolo, solo hay sujeto efecto del lenguaje, y no hay realidad prediscursiva.

EL ENGAÑO

Son muchos los casos en que el sujeto se siente mal con su cuerpo, con eso que ‘ve’ en el espejo. Se puede sentir gordo, feo, flaco o incluso hermoso y sin fallas. Muchas depresiones tienen su aparente origen en lo que se ve allí, en ese espejo que parece reflejar sin cuestionamientos lo que vemos. Esta concepción individualista no tiene en cuenta lo que vinimos desplegando en los párrafos anteriores, habría allí que advertirle al sujeto del ‘engaño’, de un engaño fundamental, que lo que allí ve no necesariamente es puro, directo y objetivo, sino que hay Otra escena, la escena que condiciona esa mirada, los significantes y los ideales que la sostienen, los ideales del Otro (Ideal del yo, en Freud) en el centro mismo de su advenimiento. Es necesario reenviar el engaño imaginario, constitutivo  de lo que podríamos llamar nuestra ‘estructura’ (que en Lacan reemplaza al ‘aparato psíquico’ freudiano, que se encuentra en el ‘interior’ del individuo, por una concepción topológica sin adentro ni afuera, y con un sujeto bidimensional), hacia esa Otra escena, en la que puede hallarse el secreto, la significación de lo que toma forma en lo que parece que vemos con tanta nitidez y seguridad.

EL SUJETO DEL SIGNIFICANTE

He mezclado en mis dichos dos concepciones de la subjetividad que deben discriminarse: el sujeto como efecto del lenguaje, el sujeto del inconsciente, el sujeto lacaniano, dividido entre significantes, que no tiene posibilidad alguna de unidad, salvo a la que se tiende cuando el ideal es erigido para rechazar tal división y emerger como emblema de hierro, como vemos por ejemplo en los fundamentalismos religiosos y/o políticos de ciertas características. Por otra parte, está lo que designamos sujeto coloquialmente (este o aquel sujeto, como individuos) que lo podemos asimilar al denominado ‘hablanteser’ de Lacan, queriendo decir que no hay ser sino del habla, no hay ser sustancial, sino sustancia de lenguaje o materialismo de la palabra (móterialisme, al decir de Lacan). De todas formas en uno u otro caso, en una u otra manera de hablar del sujeto, ‘no hay sujeto sin Otro’.

EL OTRO

Esto extrae a nuestro sujeto de toda biología, ella como tal quedará perdida, olvidada y la marca del significante atravesará cualquier concepción de la realidad que hagamos, pues todo será leído, teorizado, elaborado, desde la concepción lenguajera que tengamos de las cosas, y en última instancia, en nuestra realidad ‘humana’, las cosas serán creaciones del significante. Esto para el psicoanálisis es esencial, pues trabajamos allí donde el padecimiento, el dolor subjetivo, implican al Otro, en sus dos dimensiones también, el Otro como estructura del lenguaje, con sus leyes e incompletud constitutiva, y el Otro como encarnación de esa estructura, como lo es por ejemplo la madre (o cualquier otro equivalente para el niño, aquel que se postula como transmisor de una lengua, de una cultura, etc). Es en el lazo con este Otro donde se engendran las respuestas, las maniobras, las determinaciones más significativas con respecto al deseo y a la demanda que allí se expresan, se dibujan y se constituyen como férreos nudos fantasmáticos en la vida del sujeto. Nuestra vida significante.



NUESTRA VIDA SIGNIFICANTE [*]

“El hombre está capturado por la imagen de su cuerpo” (1)

Según nuestra lectura es necesario cuestionar la concepción individualista de la constitución del sujeto. Nuestra posición es que no hay sujeto sin Otro, sin lenguaje y sin lazo social. Vale decir, no hay una sustancia que evoluciona en diferentes estadios madurativos que da como resultado un sujeto humano hablante. El sujeto es efecto del lenguaje y se constituye por los mecanismos de la alienación y la separación [En nuevas notas trataremos sobre estas operaciones lógicas en el advenimiento del sujeto] (2)

EL MALESTAR EN LA CULTURA

¿Qué quiere decir todo esto? Quiere decir que concebir un sujeto sustancial que evoluciona y va aprendiendo el lenguaje y la cultura que va a habitar, es una concepción evolucionista (en este sentido, la posición de Lacan es creacionista, creación ex -nihilo, en el principio es el Verbo, en nuestro caso: en el principio es el significante), que invierte los procesos y tiene como consecuencia la elaboración de un sujeto individual, recortado de la biología, similar a la que creemos encontrar en los llamados animales. El malestar en la cultura estudiado por Freud mantiene vivo este punto de vista, ya que supone un sujeto pulsional originario, que se enfrenta a una cultura que intenta dominar esas ‘pulsiones’ para domesticarlas y socializarlas, por lo tanto habrá malestar en el sujeto por tener que renunciar a ese goce de origen, y esto gracias a la función del padre, que impondrá la ley bajo la forma de prohibir el incesto y el concomitante goce masturbatorio. Con Lacan tenemos una revisión de todo este asunto, incluso un rechazo de esta lectura, ya que elimina este supuesto antagonismo, sujeto-cultura, poniendo al Otro de entrada, al sujeto como efecto del lenguaje y a la cultura como incluida dentro de sus leyes (del lenguaje), es decir, no hay en Lacan un sujeto previo a la acción del lenguaje, no hay baño de lenguaje sobre un sujeto que está ya allí esperándolo, solo hay sujeto efecto del lenguaje, y no hay realidad prediscursiva.

EL ENGAÑO

Son muchos los casos en que el sujeto se siente mal con su cuerpo, con eso que ‘ve’ en el espejo. Se puede sentir gordo, feo, flaco o incluso hermoso y sin fallas. Muchas depresiones tienen su aparente origen en lo que se ve allí, en ese espejo que parece reflejar sin cuestionamientos lo que vemos. Esta concepción individualista no tiene en cuenta lo que vinimos desplegando en los párrafos anteriores, habría allí que advertirle al sujeto del ‘engaño’, de un engaño fundamental, que lo que allí ve no necesariamente es puro, directo y objetivo, sino que hay Otra escena, la escena que condiciona esa mirada, los significantes y los ideales que la sostienen, los ideales del Otro (Ideal del yo, en Freud) en el centro mismo de su advenimiento. Es necesario reenviar el engaño imaginario, constitutivo  de lo que podríamos llamar nuestra ‘estructura’ (que en Lacan reemplaza al ‘aparato psíquico’ freudiano, que se encuentra en el ‘interior’ del individuo, por una concepción topológica sin adentro ni afuera, y con un sujeto bidimensional), hacia esa Otra escena, en la que puede hallarse el secreto, la significación de lo que toma forma en lo que parece que vemos con tanta nitidez y seguridad.

EL SUJETO DEL SIGNIFICANTE

He mezclado en mis dichos dos concepciones de la subjetividad que deben discriminarse: el sujeto como efecto del lenguaje, el sujeto del inconsciente, el sujeto lacaniano, dividido entre significantes, que no tiene posibilidad alguna de unidad, salvo a la que se tiende cuando el ideal es erigido para rechazar tal división y emerger como emblema de hierro, como vemos por ejemplo en los fundamentalismos religiosos y/o políticos de ciertas características. Por otra parte, está lo que designamos sujeto coloquialmente (este o aquel sujeto, como individuos) que lo podemos asimilar al denominado ‘hablanteser’ de Lacan, queriendo decir que no hay ser sino del habla, no hay ser sustancial, sino sustancia de lenguaje o materialismo de la palabra (móterialisme, al decir de Lacan). De todas formas en uno u otro caso, en una u otra manera de hablar del sujeto, ‘no hay sujeto sin Otro’.

EL OTRO

Esto extrae a nuestro sujeto de toda biología, ella como tal quedará perdida, olvidada y la marca del significante atravesará cualquier concepción de la realidad que hagamos, pues todo será leído, teorizado, elaborado, desde la concepción lenguajera que tengamos de las cosas, y en última instancia, en nuestra realidad ‘humana’, las cosas serán creaciones del significante. Esto para el psicoanálisis es esencial, pues trabajamos allí donde el padecimiento, el dolor subjetivo, implican al Otro, en sus dos dimensiones también, el Otro como estructura del lenguaje, con sus leyes e incompletud constitutiva, y el Otro como encarnación de esa estructura, como lo es por ejemplo la madre (o cualquier otro equivalente para el niño, aquel que se postula como transmisor de una lengua, de una cultura, etc). Es en el lazo con este Otro donde se engendran las respuestas, las maniobras, las determinaciones más significativas con respecto al deseo y a la demanda que allí se expresan, se dibujan y se constituyen como férreos nudos fantasmáticos en la vida del sujeto. Nuestra vida significante.

 

*Nuestro trabajo se inscribe en las coordenadas de otro al que remitimos “Otro Lacan”, de Alfredo Eidelsztein.

1.Lacan, J. “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”. En: ‘intervenciones y textos,  2’. p. 188.

2.Puede leerse para este tema “Los conceptos de alienación y separación de Jacques Lacan”, A. Eidelsztein (Apertura-Sociedad Psicoanalítica de Buenos Aires. Argentina).



Biografía

Lic. Juan José Scorzelli

Psicoanalista

Miembro de APOLa Internacional (Apertura para Otro Lacan)

Fundador de la Asociación de Psicoanálisis S. Freud en Paraguay.

Ex Adherente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Argentina (EOL).

Coordinador de Grupos de Estudio sobre psicoanálisis en Buenos Aires y en Asunción del Paraguay.

juan.j.scorzelli@gmail.com

https://www.facebook.com/Lacanos-Asunci%C3%B3n-106351344447063

Un roman: Le crabe et l’aube, par Antoine de Lévis Mirepoix

 

Le crabe et l’aube

Ce texte est un roman qui conte une histoire vraisemblable, bien que véridique.

C’est aussi un récit où toute ressemblance avec des personnes et des situations connues, avec des évènements survenus est résolument voulue, bien que subjective.

 

À la mémoire de « Rafa »,
qui était, et demeure à jamais,
notre ami,
et l’ « oncle » des enfants.

 

« Un jour tu comprendras, mon fils :
la mort est une aube
plus radieuse que tous les soleils. »

Récit des Temps légendaires,

Jean-Baptiste Ezram.

 

VOLUME 1

LUI

 

Première partie

Le Crabe

1

Juin 1983

Il marche. Sans rien entendre que les battements sourds et précipités de son cœur. Sans rien voir d’autre que la coulée de soleil qui incendie la rue.

Il arrive au port. Avance sur la jetée. Au bout, plus rien, que lui devant la mer scintillante de lumière.

Seul.

Pas d’horizon ni de ciel. Une brume pâle, et cette blancheur aveuglante de l’été qui rend tout incertain.

Incertain.

Debout, à l’extrême bord de la jetée, il oscille. Le cœur ne tape plus. Le bruit du ressac lui parvient amorti comme dans les rêves. Seule l’odeur de la mer le retient, rive ses pieds au ciment du môle.

Où est-il ?

___________________

Est-ce le cri d’une mouette ? Ou la corne d’un bateau rentrant au port ?

Brusquement Roberto se souvient. La voix de son ami d’enfance, Julio, devenu médecin.

« — Les analyses sont détestables. Ça va être très difficile, Roberto.

—C’est un cancer, c’est ça ?

— Exact. Très avancé.

— Mes chances ?

— Minimes, très minimes, pour ainsi dire nulles. Mais on va se battre, tu vas te battre, je sais. Et quand on se bat, tout est possible. »

Il avait levé les yeux, incrédule encore à cette seconde. Julio lui souriait, un sourire chaleureux, triste aussi. Il sut que c’était vrai. Longuement, ils se regardent. Puis Roberto sort du cabinet, muet, aveugle, sourd, marionnette aux fils tranchés par la faux du hasard.

Le hasard ?

___________________

Maintenant c’est à ses tempes que la douleur cogne. Comme un stylet qui pénètre la chair. Il revient sur ses pas, une petite brise s’est levée du large, il songe au grand ketch noir : nostalgie soudaine des voiles ocre, du vent et des embruns.

Il s’arrête pour respirer un grand coup, à fond, le goût de l’air a une saveur d’enfance, de son enfance.

Il est seul.

On est toujours seul dans ces cas-là, pense-t-il.

Bon, d’accord, seul. Et après tout, ce n’est pas si dramatique, qui n’est pas seul, en fin de compte ? Ce qui ne va pas du tout, ce sont ces foutues analyses, comment savoir la vérité ? Y a-t-il une vérité ? Julio avait l’air sûr de lui. Totalement. Mais c’est quand même incertain.

Incertain. La science est incertaine, et la médecine encore plus. C’est là-dessus que je peux jouer. Que je dois jouer. S’il y a incertitude, je peux me faufiler. Voilà.

Je vais me faufiler.

Tandis qu’il marche le stylet s’enfonce derrière ses yeux. Il entend à nouveau les bruits de la ville, distingue la circulation des voitures et les gens sur les trottoirs. Machinalement il se dirige vers le journal. Sa vue se brouille derrière ses lunettes. La douleur est là.

___________________

Il est assis dans son grand fauteuil. Il n’y a personne au journal à l’heure de la sieste. Il a fermé les yeux, s’est assoupi doucement, la douleur a cédé dans la pénombre du bureau.

Se réveille-t-il ? Un rêve peut-être, aussitôt happé par l’oubli ? Une conscience surgie des profondeurs de l’être ? Ou d’ailleurs ?

Je suis vraiment un imbécile, après une nouvelle de cette taille, c’est normal de se sentir bizarre. Il se met à rire. C’est pas possible d’être aussi bête, on m’annonce que je vais mourir, que je suis foutu, voilà, et je ne comprends pas pourquoi je me sens tout drôle ? Soudain, il prend conscien-ce qu’il rit. Et en plus, j’en ris, je vais mourir, et je ris. Son rire devient fou-rire. Il a les larmes aux yeux. Il se voit en train de rire de sa mort prochaine. C’est ridicule et si théâ-tral, qu’il ne peut plus s’arrêter, les mâchoires lui font mal, il se tient les côtes. A-t-il peur ?

Roberto rit, rit, rit.

Bon, maintenant, comment je vais faire ? Qu’est-ce qu’il faut que je dise aux autres ? À Luisa, à Françoise ? Aux copains ? Aux gens du journal ?

Et il se prend à rire de nouveau, plus modérément, devant cette difficulté de communication sociale. Le comble, c’est que je vais devoir prendre un ton de circonstance, une mine appropriée, sinon ils ne vont pas me croire, ils ne vont rien comprendre. Bon, calmons-nous. Aurais-je peur ?

En fait j’annonce ma mort, un faire-part bordé de noir, et c’est plus compliqué à faire passer que pour un ami. Il riait encore. Il décide de ne rien dire à personne tant qu’il n’aura pas mis au point une stratégie de comportement et de combat. Il faut qu’il revoie Julio.

Il se sent fatigué. Une immense chape de lassitude tombe soudain sur ses épaules.



2

« — Tu seras surpris par la réaction des gens.

— Comment ça ?

— Des choses auxquelles tu ne t’attendais pas, des lâchetés, des peurs, surtout des peurs.

— Mais la peur, dans ce cas, c’est plutôt de mon côté qu’elle se trouve, tu ne crois pas ?

— Oui et non. Tu te rendras compte que désormais tu fais peur. Tu es une menace. Pas toi, mais la maladie que tu portes. Tu es l’image de cette maladie. Un symbole.

— Ce que tu dis ne me va pas du tout. Bon, on verra au fur et à mesure, tu ne crois pas ?

— D’accord. Donc, pour l’instant, tu fais comme si. Pour tout le monde. Le temps qu’on mette en route le traitement. Si tu veux ne pas porter tout tout seul, tu peux dire la vérité à une, deux, ou trois personnes de ton choix. Trois est un maximum. Au-delà, pas de discrétion possible. Alors, tu choisis. Clair ?

— Tout à fait clair, Julio. »

Son affaire concernait les poumons. C’était comme la fleur de Chloé dans L’Écume des jours.

Julio l’avait aussi mis en garde : les réactions des personnes à qui il dirait la vérité le surprendraient. Ce serait sans doute des êtres proches, qui l’aimaient et que lui-même aimait. Il lui faudrait prendre certaines précautions. Annon-cer progressivement le verdict. Il allait les blesser et les cho-quer. Il devait prévoir une crise, effondrement ou révolte. En cas de dépendance affective, l’autre éprouverait un fort sentiment d’abandon. Roberto se demandait si son acceptation – qui le surprenait – était liée au fait qu’il n’avait pas de famille, ni parents ni enfant. Lui qui avait tellement voulu en avoir, qui avait quitté Françoise pour cette raison, alors, alors… Y avait-il une mystérieuse logique dans tout cela ? Non. Absurde.

Pourtant, j’y ai pensé.

Il a choisi un moment où Luisa avait peu de temps disponible, pour ne pas se trouver devant un feu roulant de questions. Pendant le déjeuner.

Luisa occupe un poste important dans un cabinet de publicité : la pression et le rythme de travail sont forts. Elle doit, comme chaque jour, être opérationnelle à quatorze heures.

« — Tu me dis depuis quelque temps que tu me trouves fatigué, et je me sens fatigué. Aussi, j’ai fait faire des analyses.

— Et tu as les résultats ?

— Les premiers résultats des premières analyses, qui ne veulent pas dire grand-chose à ce stade.

— Oui, d’accord. (Elle a l’air un peu agacé.) Mais est-ce que le médecin t’a demandé des analyses complémentaires ?

— Oui, évidemment.

— Non, pas évidemment. Ça veut dire que les premiè-res ne sont pas bonnes. (Elle est vraiment impossible.) »

Il s’est tû. Sa petite voix intérieure lui disait de gagner du temps. Il trouve Luisa tout à coup froide, il sent fonctionner la mécanique implacable de son cerveau, va-t-elle montrer ses sentiments ?

Elle ne les montre pas.

« — Quand auras-tu les résultats des complé-mentaires ?

— Trois ou quatre semaines. (Tu gagnes du temps.)

— J’y vais. On en reparlera. (S’il essaie de gagner du temps, c’est que les premiers résultats sont vraiment très mauvais.) »

Il est déçu par cette froideur. Mais il a tout fait pour cela. Tiens ! elle a oublié son foulard turquoise.

___________________

Il avait téléphoné à Françoise. Toujours sur répondeur. Elle était continuellement en classe de yoga, en méditation supposée, en séminaire de développement personnel. Il avait finalement laissé un message bref.

« — J’aurais besoin de te voir, pas à la va-vite. Rappelle-moi dès que tu peux. »

Quelques heures plus tard, elle est là, assise dans son bureau, il ne s’attendait pas à sa visite. Il a l’air interrogateur.

« — Mais tu ne te rends pas compte, ta voix était telle-ment angoissée et sèche à la fois que je n’avais pas le choix, te voir au plus vite.

— N’exagérons rien… (Il faudra que je surveille davantage ma voix, le contrôle de soi s’impose désormais.)

— Écoute, ne me fais pas attendre, dis-moi plutôt ce qui se passe. (Elle lui trouve plus de charme qu’au moment de leur séparation, voici plus d’un an.)

— Voilà. (Son inquiétude l’émeut. Il lui raconte, en douceur, laissant la porte ouverte à l’espoir, il se souvenait des recommandations de Julio, il la sent encore amoureuse de lui malgré tout le mal qu’elle lui a fait et qu’il a volontai-rement oublié.)

— Roberto, non. Roberto ça n’est pas possible. Pas toi Roberto. (Elle s’est mise à pleurer doucement.) Tu ne te rends pas compte, tu ne peux pas me faire ça. »

D’un seul coup, toutes leurs histoires (ses histoires à elle) et cette dernière année sont abolies, comme s’ils vivaient toujours ensemble, comme si Luisa n’était pas entrée dans sa vie.

Il se sent agacé. Oui, elle m’agace avec ses yeux et son ton larmoyants, et ces mèches blondes qui tombent en désordre sur son visage rond.

Brusquement il se rappelle son frère à elle, ce person-nage falot qui n’arrivait pas à exister, mais aussi quelle famille insupportable entre une mère hystérique qui cher-chait sa voie dans la poterie et un père tyrannique. Son frère, il y a plus de trois mois de cela, il se souvient, même verdict que lui, là c’est le cerveau qui est pris, puis le foie.

Il se radoucit. Elle avait des raisons.

Il lui parle doucement. De leurs beaux moments. Et il y en a eu des quantités au cours de ces années. De leurs voyages, de leurs découvertes. Elle s’est arrêtée de pleurer, le regarde, l’écoute.

Puis, sans que rien ne l’ait annoncé, elle explose.

« — Je ne crois à rien de tout ça, à aucune de tes histoires d’analyses et le reste. Tu sais déjà. Et si tu me parles comme tu me parles, c’est que c’est mauvais, très mauvais. C’est trop injuste. Je ne le supporte pas. Que vais-je devenir, moi, si jamais il t’arrive quelque chose ? Tu y as pensé ?… Non !…Bien sûr que non. Tu ne penses jamais aux autres. »

Elle s’est levée. La rage la fait trembler. Elle sort en claquant la porte. Son mouchoir est tombé devant le fauteuil.

Roberto soupira. Malgré lui, il souriait : tant d’enfan-tillage le désarmait.

La vie ne se trompait pas. Un mouchoir pour celle qui oubliait tout. Un foulard pour celle qui n’oubliait jamais rien.

Deux jours plus tard, Françoise revint le voir. Ils déjeu-nèrent ensemble. Elle s’était ressaisie, mais son refus intérieur était comme un bloc de marbre hostile et compact. Roberto ne pouvait supporter, à ce moment-là, aucun refus. De personne.

___________________

Luisa, elle, n’avait plus abordé le sujet. Un matin, il lui dit :

« — Peut-être, dans quelque temps, irai-je dans mon ancien appartement. Si cela ne t’ennuie pas ?

— Je pense au contraire que cela peut te faire du bien, tu seras plus au calme, les enfants entrent dans l’adolescence. »

Son ton est doux, et pourtant neutre, elle ne veut pas avoir l’air, mais il sait qu’elle est touchée.

Dans quelque temps les résultats des fameuses complémentaires, pense-t-elle.

Le traitement avait commencé, mais rien ne se voyait extérieurement. Il a moins faim. Par moments, il s’endort.

« — Dis-moi, Roberto, c’est pour quand les résultats des nouvelles analyses ?

— Il n’y a pas de nouvelles analyses. C’est inutile. C’est très simple. Je suis en traitement. »

Elle ne dit rien. Elle lui sourit avec une infinie tendres-se. Et avec une infinie douceur, s’approche de lui, lui caresse le visage, le prend dans ses bras et le serre de toutes ses forces, longtemps.

« — C’est Julio qui s’occupe de toi ?

— Oui, il est sûr, il me connaît depuis l’enfance, j’ai confiance en lui… (Son visage reflète autre chose.) Tu as une idée différente ?

— Je ne sais pas, mais depuis trois semaines j’ai beau-coup demandé, beaucoup lu et me suis renseignée. Il y a d’autres approches possibles, alternatives. Ce que je veux dire, c’est qu’il ne faut écarter aucune piste. »

Il lui prend les mains. Il tremble. Assis l’un en face de l’autre, ils se parlent en silence.

« — Je pense que j’ai des chances. Je peux me battre. Et bien qu’étroit, le passage existe. Je ne rejette rien de ce que tu dis. Mais on verra après, tu veux bien ? »

Elle lui sourit. De son visage volontaire de brune ibérique émane alors une lumière douce qui le bouleverse. Elle voulait tout ce qu’il voulait.

Luisa lui promit le secret. Roberto priait pour que Françoise soit discrète, mais ils ne côtoyaient pas les mêmes gens. Il fallait surtout que ses propres frère et sœur ne sachent rien, sinon ils ne manqueraient pas de l’accabler, chacun à sa manière, avec les meilleures intentions du monde.

C’était simple. Ceux qui l’aimaient, l’aimaient. Chacun, chacune à sa façon. Mais il est seul, et seul il refuse le verdict de la Faculté.

Il avait choisi de parler à Luisa et à Françoise. Deux des trois personnes autorisées par Julio. La troisième sera-t-elle Lucía ou Montserrat ?

La troisième ?

Plus tard, Luisa :

« — Mon foulard turquoise, ne me le rends pas. Garde-le. »



3

Au journal, personne ne s’apercevait de rien. Il avait repris l’horaire des périodes où il écrivait. Le patron, Ricardo, ne lui avait posé aucune question quand il lui avait demandé la permission. Cette fois je n’écris aucun ouvrage, avait-il précisé, mais j’aurai besoin de cet espace-là pour un certain temps. Ricardo, qui était le propriétaire du ketch noir, s’était contenté de le regarder longuement, puis de lui sourire.

Roberto supposait qu’il avait deviné. Ils avaient navigué trop longtemps ensemble (ils se connaissaient depuis tant d’années) pour ne pas avoir tissé une complicité profonde, davantage faite de silences que de mots.

Les autres pensaient qu’il écrivait. À trente-cinq ans, il avait publié deux romans, un récit historique, une étude sur les épaves de l’Antiquité en Méditerranée, et une quantité innombrable d’articles en tout genre sur les sujets les plus divers.

___________________

Dans son ancien appartement de célibataire, il avait été réveillé doucement par la géométrie dansante du tapis caucasien sous les ronds du soleil.

La rumeur de la ville n’a pas encore surgi de l’asphalte, il sent la brise de mer à travers la fenêtre ouverte. Juin.

Il aime sa ville. Depuis toujours. Il s’étire. Les taches de lumière du soleil traversant les persiennes se sont dépla-cées sur d’autres motifs du tapis. Aujourd’hui c’est la chimio. Première séance.

Il faut qu’il se préoccupe de sa perruque. Avant que cela ne se voie. Julio lui a donné une bonne adresse.

Il hésite à téléphoner à Lucía. Et parler à Montserrat ? Il lui fallait choisir. Trois avait dit Julio. Oui, mais Lucía était loin maintenant et il n’avait jamais eu ses coordonnées.

Pourquoi a-t-il pensé si fort à Lucía durant les séances de radiations ? Son départ, il y avait un peu plus d’un an, avait coïncidé avec l’apparition de ses premières grandes fatigues. Lucía qui était lumineuse comme son nom. Sa clarté lui manque terriblement.

Personne ne sait pour Lucía, sauf Françoise. Personne d’autre ne l’a connue. Ils s’étaient rencontrés une première fois à l’uni-versité. Puis s’étaient retrouvés alors qu’il venait juste d’épouser Françoise. Le hasard ?

___________________

Luisa n’arrête pas de lui parler de Pavanès.

« — Tu n’as même pas à te déplacer. Il vient ici une fois par mois. Quatre jours. Régulièrement.

— J’ai du mal à faire quoi que ce soit en cachette de Julio. Il va bien s’apercevoir de quelque chose.

— Non, absolument pas. Pavanès est un homéopathe. Il n’y a aucune contre-indication. Et aucun effet secondaire. Et puis tu peux en parler à Julio.

— Pas tout de suite Luisa, j’ai assez à faire comme ça avec cette chimio épuisante. On verra après, tu veux bien ? »

Elle voulait tout ce qu’il voulait. Mais elle a son idée.

Roberto pense. Pense aux cellules de ses poumons. Il se rappelait les T.P. de biologie de son adolescence et ces espèces de petits sacs qu’il voyait bouger sans relâche au microscope. Il éprouve de l’affection pour les cellules de ses poumons et se dit que cette foutue chimio est en train de les achever. Il en a parlé à Julio.

« — Oui, la radio puis la chimio déciment ces cellules anarchiques. Qui sont mortes ou mourantes. On les isole pour qu’elles ne contaminent pas leurs voisines.

— Mais il reste quoi, à la place ?

— Rien, Roberto, rien. Une zone vide, stérile, qui parfois se régénère.

— Ah… »

Il n’a rien pu ajouter à ce Ah… Julio avait précisé que ces cellules-là étaient prises de folie, qu’elles n’étaient plus amicales du tout, qu’il fallait s’en débarrasser ; Roberto, lui, y voyait un mini-désastre, il aurait voulu essayer de les guérir plutôt que de les tuer.

Son énergie au travail revient. Son énergie du matin est plus forte. Il se sentait mieux. Julio l’examina : des progrès… Continuons la lutte, sans fléchir, dit-il.

Phase de repos. Aucun traitement dur. Ses cheveux repoussaient sous la perruque. Il ne se décida pas à repren-dre son horaire complet. Ricardo qui devinait bien l’invita sur le ketch.

Il faisait beau, une bonne brise d’Est établie depuis deux jours les emporta dans la vibration de la chaleur. Les dauphins jouaient autour de l’étrave. Les voiles ocre, le miroitement de la Méditerranée, les bruits du gréement, les craquements légers de la belle coque sous les risées et le son de l’eau d’abord fendue puis qui s’écoule et roule et se ferme à la poupe. Ils eurent deux immenses nuits, chargées d’odeurs africaines et d’étoiles filantes. Le mistral se leva, ils rentrèrent parmi les embruns. Roberto se sentait lavé.

Il a serré Luisa très fort dans ses bras. Ils ont fait l’amour sur le tapis caucasien. Il la trouve belle, plantée comme ces femmes du Sud proches de la terre, brune et souple, volontaire et charnue. La lumière ocelle sa peau, ses yeux noirs brillent.

« — Tu ne voudrais pas voir Pavanès ?

— Toi, quand tu as une idée dans la tête !… »

Il riait. Il accepta.

Pavanès lui fit une excellente impression. Calme, très calme. Il prenait son temps. N’eut été la vivacité des yeux, la pénétration du regard, il aurait passé pour un homme lent.

Il se tenait très droit, devait approcher soixante-dix ans. Détendu, attentif, il connaissait à fond le dossier de Roberto.

« — Monsieur, je vois que vous allez mieux. Vous avez bien réagi aux premières séries de séances. Je vous propose d’abord de ne rien changer à votre traitement actuel, à vos habitudes, à votre médecin connu pour sa compétence et ses qualités humaines. »

C’était ce que Roberto souhaitait entendre. Pavanès avait une longue expérience des hommes et de la vie. Mais Roberto ne flaira aucun stratagème pour la simple raison qu’il n’y en avait pas. Pavanès parlait vrai.

« — Ne vous étonnez pas. J’ai toujours procédé ainsi. La médecine parallèle se fait en parallèle. Elle doit d’abord potentialiser l’autre. Je suis homéopathe, notre principe de base est d’aider sans nuire, sans agresser.

— Justement, ce qui me dérange dans les » séances » c’est ce massacre, cette tuerie de cellules.

— Vous n’avez pas tout à fait tort sans avoir raison. Mais vous » sentez » juste. C’est très important, car je vais vous demander de faire aussi votre part, de m’aider — de vous aider vous-même.

— De quoi s’agit-il ?

— De quelques exercices et d’observer une certaine hy-giène de vie. Nous verrons cela en détail le mois prochain. »

Il lui donna quelques pilules à prendre le matin et au coucher.

___________________

Roberto avait quelques amis aristocrates ou grand-bourgeois qu’il cultivait. C’était pour lui une nécessité. Il tenait sans doute cela de sa mère, très pointilleuse sur ce qui se faisait et ne se faisait pas, sur les relations sociales de son mari et de ses enfants. Elle disait qu’on ne savait pas ce que la vie vous réserve et qu’il était important d’avoir des amis influents ou des relations bien placées. Une notion du siècle passé venue sans doute de ses grands-parents à elle. Roberto savait qu’à moins d’être votre débiteur on ne pouvait rien leur demander, à ces gens-là. Ils se défilaient presque toujours. Deux, pourtant, faisaient exception. Il continuait néanmoins à perdre du temps avec les autres.

Car il plaçait ses pions comme si la vie était un grand jeu. Ces supputations exaspéraient Françoise, du temps où ils vivaient ensemble.

« — Je ne te comprends pas. Tu te moques continuellement de tes deux vieilles tantes, celles qui vivent dans la partie haute de la ville, et tu joues comme elles à te réunir avec des crétins pour ne rien dire, à commenter ce que fait untel ou untel, les perspectives de carrière ou l’avenir politique de tel ou tel. Tu perds ton temps et ça m’agace.

— Cela peut paraître inutile, comme ça, de l’extérieur. Mais on ne sait jamais. J’ai rencontré Ricardo dans ce contexte et ainsi entrer au journal.

— Oui tu l’as rencontré là. Mais ton job, tu le dois à tes qualités, ta manière d’être. »

Il souriait alors, à la fois moqueur et cynique envers lui-même, envers elle, sans dire mot.

« — Et tous ces inutiles qui pensent que leur réussite est un dû, c’est démodé, le monde a changé, il serait temps que tu t’en aperçoives, je me demande bien à quoi ça te sert d’être au cœur des informations de la planète… »

Immanquablement ce genre de conversation terminait mal, il lui reprochait ses gurus de pacotille, elle lui reprochait son ironie, on ne savait jamais où on en était avec lui, il la regardait avec commisération, elle lui jetait pêle-mêle au visage des mots acérés et dépités, et qu’il était un vieux snob avant l’âge, avare de son temps et de son argent. Il s’en allait.

À certaines périodes, il plongeait dans les archives du journal et lisait en fonction de ses curiosités du moment. C’est comme ça qu’il était tombé sur les épaves de l’Anti-quité en Méditerranée. Un sujet qui n’intéresse personne, a priori, sauf s’il y a des richesses à récupérer. Il se souvenait du trésor de Rakkam le Rouge et riait en son for intérieur.

Il travailla presque trois ans, par intermittence, sur ces épaves qui souvent n’étaient que chêne ou cèdre vermoulus. Le passionnait l’histoire de ces navigations, du commerce et du trafic, des batailles et des conquêtes. Le passionnaient ses recherches d’archives ou de bibliothèques, à Gênes, Venise, Athènes, Istanbul, Ankara et Antioche, Le Caire et Alexandrie, Palerme. Au Liban, il ne restait presque rien, sauf à l’Université Saint Joseph, chez les moines de Kaslik, et à Tyr.

Le livre trouva environ six cents amateurs. Les inven-dus allèrent au pilon.

Parfois Roberto s’interrogeait. Il voulait continuer à écrire, il voulait un jour devenir connu. Reconnu, il l’était déjà. Le journal, une revue hebdomadaire très prisée du public, lui donnait une large tribune. Outre la supervision de l’ensemble, il était chargé de la critique littéraire et de la politique internationale Amérique latine. Être connu signifiait pour lui autre chose, du genre : reconnu par les portiers des palaces et des casinos, consulté par des intellectuels ou des politiques, invité à des conférences, des émissions, abordé — pas trop souvent — dans les rues de sa ville, pourquoi pas dans d’autres capitales. La notoriété. Faire modestement autorité.

Ne plus avoir à cultiver des relations. Pouvoir refuser les invitations — pas toutes — des grands de ce monde. Ne plus être obligé d’aller en Afrique, en Mongolie ou chez les aborigènes d’Australie pour trouver l’incognito. Cela le fit sourire. Il se moquait de sa propre futilité et de sa vanité.

Roberto aimait l’argent. Enfant, l’éclat de l’or l’attirait, l’or des bijoux de sa mère, l’or de la montre de son père, les reflets du médaillon de sa sœur. Fasciné par les trésors en-fouis des livres d’aventures de son enfance, par les lingots d’or des casses du cinéma, par le ruissellement des pièces d’or qui s’échappaient des mains des princes orientaux plon-geant dans de lourds coffres cloutés, cerclés de fer forgé.

Il possédait un lingot et des louis dans un coffre. Mais surtout il dépensait le moins possible. Seule exception à sa règle de stricte économie, Montserrat. Pour le reste, il s’offrait des plaisirs modestes.

Ne voulant pas avoir l’air, il faisait des cadeaux ou invi-tait au restaurant, pour se montrer sous un jour généreux. Cependant il calculait, il ne pouvait s’en empêcher.

Pour lui, comme pour beaucoup, l’argent était un rempart qui protégeait de la mort et la tenait à distance.

___________________

Il se souvenait…

Lucía était entrée dans l’amphithéâtre comme une petite souris, discrètement, sans faire aucun bruit. Mais elle ne pouvait passer inaperçue. Une lumière particulière l’environnait, soulignant la grâce de ses gestes. Il s’était levé pour la laisser s’asseoir sur le banc dont il occupait l’extrémité. Elle avait alors posé son regard sur le sien, sans un mot.

Et subitement Roberto ne savait plus ni le jour ni pourquoi il était là et encore moins ce que le professeur racontait.

« —Tu comprends, avait-il confié à un de ses amis d’alors, ses yeux noirs m’ont englouti dans une lumière poreuse, d’un éclat fort et doux, comme on s’imagine la lumière de l’amour dans les légendes d’autrefois.

— Tu es amoureux ? Le coup de foudre ?

— Non, je ne crois pas… je ne sais pas. C’est d’une autre nature, plus qu’humaine, une autre dimension, ça n’est pas normal. Non, pas normal du tout.

— Tu veux dire que tu as rêvé, qu’elle n’existe pas réellement ?

— Non, non.

— Qu’elle est une extra-terrestre ?

— Idiot ! Non. Étrange, c’est-à-dire inexplicable. Mais au fond tout à fait normal, au sens où il n’y a pas la moindre coïncidence là-dedans.

— Mais enfin que s’est-il passé ensuite ? »

Il avait eu beaucoup de difficulté à décrire, quant à ex-pliquer… Ils s’aimèrent. Lucía était habitée, mais aussi faite de chair et de sang. Le mystère qui la concernait tenait aussi à ce lien entre eux, un lien survenu sans coup férir, comme inscrit.

À l’époque, pourtant, Lucía était prodigieusement timide et Roberto n’avait pas confiance en lui.

Au point qu’ils prirent peur. Et se séparèrent.

Quelques années plus tard, il l’avait retrouvée. Immobile à l’angle du soleil et de l’ombre de la grande allée. L’attendait-elle ? Avant même de la distinguer il avait perçu sa lumière, si belle, si terrible.

Avait-il ralenti ou accéléré le pas, s’était-il mis à courir vers elle ? Elle fut dans ses bras.

Une semaine auparavant, il avait épousé Françoise. Le hasard ?



4

Il a revu Pavanès. Qui lui a recommandé des exercices respiratoires, des exercices physiques, l’acti-vation de certains points d’acupuncture, des massages et une hygiène alimentaire assez stricte. Il a aussi varié les pilules. Roberto a confiance en l’homme.

Comme il se sent mieux, comme il revient chez Luisa une semaine sur deux, comme il récupère peu à peu son horaire au journal, il néglige les instructions de Pavanès, tout en les observant de temps à autre.

Françoise est retournée à ses gurus. Luisa ne relâche pas sa vigilance, elle l’observe avec acuité.

___________________

Décembre 1984

Le soir de Noël avait réuni les trois enfants : Roberto, son frère, sa sœur et leurs familles. Tout « normal ». Depuis la mort brutale des parents dans cette collision de chemins de fer, chacun des trois enfants faisait comme si. Mais le seul qui était dans le train, qui avait vécu et vu était le cadet, Roberto. Si certaines images avaient été enfouies, et le sang effacé du souvenir, si en apparence il n’éprouvait pas de craintes différentes du commun des mortels, il gardait au fond de lui, latente, une sourde angoisse devant ce qui évoquait un accident, n’importe quel accident.

Cela le prenait sans préavis, surgissant de nulle part. Ou relié à un élément précis. Pour lui, la mort était un abandon.

Définitif ?… En aucun cas un hasard. On était toujours seul à la fin du compte. Incertains étaient ces espaces. Il évitait d’y penser.

Il avait passé le jour de Noël avec Luisa et ses enfants. Ils étaient à lui sans être de lui.  Il en avait profité, avec une joie secrète et forte, deux garçons une fille, de la fin de l’en-fance à la fin de l’adolescence. Qu’était-il pour eux ?

___________________

Le début de l’année avait été morne. Toujours des évé-nements sanglants au Moyen-Orient. Roberto avait signé une chronique où il relevait l’extrême instabilité des seuls deux États créés dans le but de réunir des hommes d’une même religion, le Pakistan et Israël. Une affaire de territoire, car fonder deux nations sur le dénominateur commun religieux, dénominateur/dominateur, cela avait-il un sens ?

Il voyait Pavanès chaque mois. Se sentait bien.

Un mois. Deux mois. Trois mois. Le printemps était avancé quand apparut une petite toux, sèche, tenace. Puis brusquement la fatigue revint. Comme un cheval au galop, ainsi parle-t-on de la mer qui reflue après le retrait du raz-de-marée.

« — Qu’est-ce qui se passe, Julio ? Je ne me sens pas bien, la fatigue est revenue.

— On va voir ça. D’abord les analyses, nous allons examiner » les indicateurs «.

— On se croirait dans un roman policier, non, un roman noir… »

Julio sourit. Il connaît le cynisme affiché de Roberto. C’est sa tenue de combat.

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Alejandro avait été ministre. Il dirige aujourd’hui une banque. Il est l’une des deux exceptions parmi les gens in-fluents. Ils se sont connus au moment où Roberto avait ren-contré Françoise. Plus âgé, brillant causeur, féru d’histoire, il cache derrière un snobisme affiché une profonde fidélité de sentiments. Par le journal ils s’étaient vus. Par l’humour, ils se sont reconnus. Ils s’entraidaient sans hésiter. Amitié vraie. Confiance. Deux frères.

« — J’aurai besoin de te voir, Alejandro.

— Quand viens-tu dans la capitale ?

— Aucune idée, ce n’est pas prévu pour l’instant.

— Tu as une drôle de voix, quelque chose qui ne va pas?

— On ne peut rien te cacher…

— Pas tout le monde, mais toi, oui, tu ne peux pas me cacher grand-chose, Roberto. Bon, je viens. Disons samedi matin, ça te va ?

— C’est parfait.

— Je prendrai le vol de neuf heures. »

Ils sont assis à la terrasse d’un café devant la mer. Il fait beau. Encore froid. Le vent lave la Méditerranée et le ciel. Roberto est pâle.

« — Tu sais, l’année dernière j’ai eu un début de can-cer. Je ne t’ai rien dit, je ne pouvais pas. Voilà. Le traite-ment a fonctionné à merveille. Et puis là, tout d’un coup, la fatigue est revenue comme avant.

— Quand je t’ai vu à l’automne, tu paraissais en pleine forme. Bon. Et les analyses de maintenant ?

— Résultats dans trois jours. Cette fois j’ai vraiment peur, Alejandro.

— Luisa ? Françoise ? Ricardo ?

— Je pense que Ricardo a deviné l’année passée. Il a été parfait, n’a posé aucune question, a accepté tous mes changements d’horaires, m’a emmené naviguer sur son ketch. Françoise, comme tu peux imaginer : colère, sentiment d’abandon, puis retour à ses ésotérismes. Luisa : magnifique. M’a mis en contact avec un très bon homéopathe — j’avoue n’avoir pas tout suivi à la lettre, j’allais bien, tu comprends, j’étais plein d’énergie — et elle me surveille en permanence du coin de l’œil.

— Où en es-tu avec Lucía ?

(Décidément cet Alejandro pose toujours les bonnes questions.)

— Il me semblait t’avoir dit. Presque deux ans mainte-nant qu’elle est partie pour le Pérou. Elle a épousé Andrès, un ingénieur, musicien guitariste très doué, qui avait un contrat à Lima. Le mariage plus le départ en moins d’une semaine.

— Qu’est-ce qui s’était donc passé entre vous ?

— Je ne sais pas, je n’ai pas compris.

— Ce n’est pas normal, ce n’est pas possible… Cherche, mais cherche bon sang… Tu dois trouver.

— Je ne vois pas. Avec Françoise, nous étions séparés depuis six mois environ.

— Et si mes souvenirs sont exacts tu n’avais pas encore rencontré Luisa.

— C’est vrai. »

Cette petite toux ne plaît pas à Alejandro. Il regarde son ami au fond, avec les yeux du cœur, et il n’aime pas ce qu’il voit.

La troisième personne, c’est Alejandro. Il en est soulagé.

Il aurait eu le sentiment d’accabler Montserrat qui ne pouvait admettre la chose. Et Roberto n’osait pas reprendre contact avec Lucía. Surtout après ce qui était arrivé. Plus deux ans de silence.

___________________

Après ce qui était arrivé… Après, en cherchant à reconstituer l’enchaînement des faits autour du départ précipité de Lucía cet été-là, il s’était posé des questions sans fin. Il avait conclu que Françoise n’était pas responsable, qu’elle avait agi comme un animal blessé, elle avait d’ailleurs effacé de sa mémoire le tremblement de terre qu’elle avait provoqué par cette faculté particulière de gommage qui fait partie de la survie des êtres fragiles.

Cette interprétation lui convenait. Il pouvait enfouir sa douleur et oublier volontairement le mal qu’elle lui avait fait, sans honte. L’amour unique qui les unissait, Lucía et lui, avait été fauché en plein vol, simplement parce que Lucía avait cru Françoise. Et parce que Françoise avait inventé de toutes pièces un événement qui n’avait jamais existé, projection inavouée de l’histoire qu’elle aurait voulu vivre.

L’irresponsabilité de Françoise l’aidait à alléger le poids de ce qu’il ressentait comme une trahison. Cela seul importait. Cela seul lui permettait de survivre à cette mort-là qui l’avait foudroyé, Lucía était loin, mariée, doublement hors d’atteinte. Saurait-il continuer son chemin ?

Il rencontra Luisa.

Laquelle avait souffert d’un divorce lamentable. Elle s’en était sortie. Grâce à ses enfants, à sa volonté méthodique, à son énergie. Elle fut séduite par le charme et la faiblesse de Roberto. Il était comme vidé de toute substance. Persistaient son humour, la passion de son métier de journaliste et d’écrivain.

Luisa la volontaire décida de le sauver. Au fil des jours vinrent l’affection, puis la tendresse, puis l’amour.

Les premières grandes fatigues étaient apparues. Qui aurait songé à les attribuer aux poumons après le désastre émotionnel qu’il venait de subir ?

Maintenant, après ce temps, il ne pouvait pas refuser la vérité à cet amour inconditionnel. Il lui parlait.

« — Avec Françoise, cela a duré trois ans. Elle ne voulait pas se marier. Elle ne voulait pas d’enfant. J’ai fini par la convaincre, au bout de deux ans. Pour le mariage. Pas pour les enfants.

— Mais elle t’aimait, m’as-tu dit souvent. Alors ? Elle devait bien voir que tu mourais d’envie d’être père ?

— Je ne sais pas, Luisa, même avec le recul de maintenant. Toujours est-il que j’ai commencé à en vouloir vraiment, des enfants. Et puis ses caprices, et puis son ésotérisme, et puis…

— Et puis ?

— Et puis, une semaine après notre mariage, j’avais revu Lucía. Je n’ai pas résisté plus d’un mois. Pendant pres-qu’un an, j’ai mené une double vie. Des précautions, des ruses, épuisant. Et aussi la plus absolue merveille. Nos corps et nos âmes… comment dire… un arc-en-ciel. Alors, je ne pouvais pas m’en vouloir. Je ne pouvais pas non plus en vouloir à Françoise à ce moment-là. (Elle l’écoutait avec ferveur, ne s’impliquait pas, ne portait aucun jugement.)

— Je comprends… C’est vrai… Oui, tu as raison.

— Jusque-là, c’est clair… Je n’aurais jamais pu me douter de la suite. J’étais — je suis toujours — incapable d’imaginer une chose pareille, une telle mystification…

— Une mystification  ?

— C’est ce qui résulte de mon analyse, en y repensant après coup, si souvent. Je n’ai jamais pu en parler directement avec Françoise. En fait, c’est ce que j’ai déduit de la grande crise de Lucía.

Nous nous sommes séparés avec Françoise pour la question des enfants justement. Assez aimablement, du moins je le croyais. Finies les ruses et les précautions avec Lucía. Et Françoise a su. Comment ? On sait toujours un jour ou l’autre, finalement.

Alors là, imagine, elle prend son temps et se débrouille pour aller trouver Lucía… »

Soudainement la voix lui manqua, elle le prit dans ses bras, lui caressa les cheveux doucement, lui dit des mots tendres.

« — Et elle lui annonce qu’elle attend un enfant de moi. C’est vrai qu’elle avait dormi chez moi trois mois plus tôt, mais parce qu’elle était désespérée et qu’elle n’avait person-ne à qui parler, je ne sais pas aujourd’hui si c’était vrai ou si elle avait tout prémédité.

— Mais que s’est-il passé chez toi cette nuit-là ?

— Rien, rien du tout. J’ai dormi sur le canapé. Mais la concierge l’a vue. Et Lucía a été vérifier. Alors elle l’a crue. Elle s’est sentie trahie, elle n’a pas réalisé que c’était impos-sible parce que Françoise refusait un enfant et l’avait toujours refusé. Lucía et moi en voulions tellement un qu’elle ne pouvait pas comprendre l’inverse. C’est contraire à sa nature. Comme la manipulation.

— Écoute Roberto, tu aurais tout de même pu lui expli-quer, lui dire, l’interrompre, la gifler, la prendre dans tes bras, je ne sais pas moi, mais en tout cas faire quelque chose ?

— Non elle ne m’a pas laissé parler. J’étais statufié. Je ne l’avais jamais vue comme ça. Elle était hors d’elle-même. Ne voulait rien entendre. Pleurait, criait, haletait. Je l’ai laissée partir. J’étais comme paralysé, comprends-tu ? Sa belle lumière était devenue grise et froide, comme l’éclair d’acier d’une lame l’espace d’un instant, éclat fugitif avant la mort… À peine si je me souvenais de ce qu’elle m’avait dit, c’est revenu par la suite, lentement, et je suis sûr que j’en ai laissé filer la moitié… Elle a disparu pendant une semaine… »

Il se mit à pleurer. À travers ses larmes, il lui raconta qu’elle était partie de chez elle, avait condamné ses téléphones au mutisme, puis l’avait enfin appelé pour lui annoncer qu’elle était mariée et partait le même jour pour le Pérou.

« — Adieu. »

Et elle avait raccroché.

C’était en juillet, en 1982.

Aujourd’hui, il sait qu’il continue son chemin. Pour combien de temps ? Deux ans se sont écoulés depuis sa rencontre avec Luisa, l’aime-t-il vraiment  ?

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Avril 1985

Julio avait la mine sombre :

« — Cette fois, il faudra que tu mettes le paquet. Ton truc, c’est reparti. Et en beauté. Dis-moi, tu n’as pas eu de contrariété récemment, quelque chose en plus ?

— Non rien. Non vraiment, pas que je sache. »

Mais il sait, Roberto. Le correspondant Amérique Latine du journal est passé par Lima et lui a annoncé la naissance du premier bébé de Lucía, un garçon.

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« — C’est sérieux, maintenant. Ou vous faites ce que je vous dis à la lettre, ou je ne veux plus vous voir. Il faut vous battre à chaque seconde, pied à pied. Je ne sais pas si vous pourrez vous en tirer. Car cela dépend plus de vous que de moi. Acceptez-vous ? »

Pavanès le regarde sans ciller, calme à son habitude, mais plus sévère, plus austère. Plus qu’accepter, Roberto choisit d’obéir.

C’est un pacte. Un pacte avec la mort. Avec la vie. Il va jouer. Se faufiler. Placer ses pions. Jouer, c’est-à-dire ruser.

De leur côté, Julio et Pavanès s’étaient rencontrés. S’appréciaient et se respectaient.

Le bal commence.

Premier pas : il regarde sans ciller le verdict de la Faculté, sursis deux ans.

Second : l’organisation de la lutte, sur deux voies parallèles, Julio et Pavanès, qu’il va parcourir simultanément.

Troisième : demander ouvertement l’aide de Ricardo.

Enfin, il sait qu’il sera lui-même l’artisan principal de la guérison ou de la prolongation du délai, il le désire, le veut et en prend la responsabilité. Un choix. Son choix.

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Roberto se rend-il compte qu’il a mené une double vie ? Qu’il ne peut en vouloir à Françoise ? Pas plus qu’à Lucía et à lui-même.

Un élan inexorable les avait embrasés. Roberto, Lucía.

Sans savoir, ils savaient. Ils savaient qu’ils s’aimaient depuis avant, loin, si loin qu’ils ne pouvaient ni nommer ni imaginer. Et aussi qu’ils s’aimaient longtemps après, loin devant. Non pas qu’ils s’aimeraient jusqu’à la fin des temps, mais qu’ils s’aimaient hors du temps ; en eux le temps aboli. Leur amour était au présent l’inconcevable durée.

Ils se défaisaient et se reconstruisaient à chaque instant dans le mouvement insondable de la vie. Ils parlaient le langage vibrant des profondeurs, les sons des mots et du silence, avant même le regard et les mains et leurs peaux. Ils se respiraient, ils naissaient.

Sa lumière était en lui fulgurante. Pour elle, il était vent solaire.

Tous deux incendiés.



Deuxième partie

Les Clairières et les Abîmes
5

Il était difficile de savoir si Françoise était capable d’ourdir un tel piège. Car elle était par ailleurs distraite, paraissait souvent dénuée de mémoire, mélangeait l’accessoire à l’essentiel, confondait les lieux et les gens.

Que s’était-il vraiment passé ? Elle portait un manque, qu’elle considérait comme une tare, sans doute à cause de l’attitude systématiquement culpabilisante de sa mère : elle était stérile, ce qu’elle n’avait avoué à personne. Ruse, calcul ou refus, elle avait peu à peu, indirectement, par des allusions voilées, renversé les rôles et induit chez Roberto la sensation que des deux, c’était lui qui était incapable de procréer. Une impression qui était devenue malaise. Le doute, le diable du doute était en lui.

Françoise se savait fragile. Sa famille : absente, malgré le confort. Elle avait rejeté ses parents. Son frère, un être falot s’était révélé une marionnette homosexuelle. Sa « tare » à elle l’inhibait au point qu’elle n’entendait ni les mots ni la phrase quand Roberto parlait d’enfant. De son côté, Lucía ne se doutait de rien.

Leur séparation, malgré sa gentillesse à lui, laissa Françoise désemparée. Elle apprit qu’elle avait été remplacée. Puis découvrit que cela faisait plus d’un an, au lendemain de leur mariage.

Une vague de vengeance la submergea. Une rage froide la prit, comme si une autre nature s’était emparée d’elle. Elle devint méticuleuse, glaciale. Tout naturellement, elle inventa son mensonge autour d’un enfant, sans doute rêvé au tréfonds d’elle-même, mais qui n’existerait jamais.

Elle n’eut aucune peine à simuler le désespoir, elle était désespérée. Elle en changea simplement les motifs. Elle tenta de le séduire, après tout un homme est un homme. Cela aurait l’avantage de renforcer le doute qu’elle voulait tant faire naître en lui. Il résista. Son refus augmenta sa rage intérieure. Elle en pleura. Ce qu’il prit pour un grand accès de désarroi.

Le mensonge suffira, pensa-t-elle. Et il suffit. Françoise fut aidée par la coïncidence de la concierge qui sortait de sa loge au moment où elle traversait la voûte. Les circon-stances, parfois, semblent donner un petit coup de pouce aux événements. Le hasard ?

Lucía la crut. Dès que Françoise la vit, elle sut que sa vengeance s’accomplirait. Qu’elle était belle, claire et pure ! Elle comprit aussi qu’elle était inapte au mensonge : avec un regard pareil !

Et pourtant la lumière de Lucía s’était voilée par la seule présence de Françoise qu’elle voyait pour la première fois.

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Mai 1985

Le bal avait commencé. Ricardo lui avait donné entière liberté. Et un adjoint à former, pour l’aider, en la personne de son fils. Son propre fils. À peine vingt-huit ans. Fallait-il qu’il ait confiance en lui !

Les exercices de Pavanès exigeaient de lui une heure d’efforts le matin et une heure le soir. Il avait réintégré son appartement à plein temps. Luisa venait souvent, ses trois enfants étaient plus grands. Plus autonomes, et plus respon-sables, elle les avait mis au courant.

De même, au journal, un mercredi après la correction/révision des épreuves de l’hebdomadaire, Ricardo avait réuni son monde et leur avait parlé. Quelques phrases simples et brèves autour des faits. Roberto s’était exprimé, lui aussi :

« — Bon, vous êtes maintenant au courant. Ne vous effrayez surtout pas de mes déguisements. »

Il avait ri de leurs mines étonnées.

« — Je vais changer. Il se peut que vous ne me recon-naissiez pas, comme ça, un beau matin. D’un peu bedonnant je vais devenir très maigre. De chevelu, chauve. De barbu, imberbe. Comptez sur moi pour vous faire des farces — je ne vais pas changer mes habitudes quand même — perruques, fausses moustaches, tous les postiches imaginables. Je vais peut-être aussi changer autrement : mon sourire pourra devenir un peu crispé, je serai moins éveillé, moins vif, qui sait, peut-être le contraire. Je vous demande une seule chose, regardez-moi, parlez-moi, approchez-moi comme vous m’avez toujours regardé, parlé, approché. De la même manière. Marché conclu ? »

Tous acquiescèrent. Souriants, sombres ou en  pleurs, ils étaient retournés à leurs postes de travail. Ils n’avaient plus le cœur à l’ouvrage, dans un silence inhabituel on en-tendait le bruit des papiers que l’on range, que l’on froisse.

Lui qui aime par-dessus tout la fantaisie, l’imprévu, l’improvisation, a été contraint d’adopter une régularité de métronome. Incluse dans le pacte.

Un support indispensable au combat, à la ruse, au grand jeu.

Le grand jeu, on y est. Julio a déclenché l’artillerie lourde. En accord avec Pavanès, qui tente de compenser les effets secondaires, d’équilibrer l’énergie physique et psychique.

Il souffre. Les séances rayons se succèdent. Luisa a aménagé ses horaires pour pouvoir l’accompagner le plus souvent possible. Quand elle ne peut pas, c’est le petit frère du chauffeur du journal qui le conduit. Il avait su, et s’était proposé. Santiago, son adjoint, le fils du patron, aurait bien voulu. Roberto et lui s’entendent très bien. Mais ce n’est pas possible, en son absence, il doit être là.

Il n’a plus très faim. Ses cheveux tombent. Bientôt les sourcils. Il se sent faiblir physiquement. Il perd l’équilibre.

Puis la chimio entre dans la danse. Avec les nausées que Pavanès réussit à stopper. Il somnole, trop souvent à son goût.

Cette première étape dure six mois. Il a parfois l’impression de se noyer. Il se réveille en suffoquant.

« — Luisa, je me sens de plus en plus faible, je dégringole la pente…

— Non, je t’assure que tu tiens bien le coup. C’est vrai, tu n’es pas très sportif et tu fais un extraordinaire parcours.

— Luisa, j’ai vraiment peur. Je ne devrais pas te le dire, mais cela augmente. Une peur diffuse qui revient toujours à l’accident du train.

— Écoute bien, Roberto. Cette fois-ci tu te trouves dans un autre train, le tien, celui de ta vie, de ta mort. Tu as choi-si la lutte. Toi seul. C’est ton libre arbitre. Je t’admire et je t’aime.

— Merci Luisa, merci. » Il est secoué de tremblements.

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Avril 1986

Un matin de début de printemps — un autre printemps, pense-t-il en souriant, il se sourit à lui-même avec douceur, l’air est léger — il se sent mieux.

Il ne sait pas vraiment le définir, il n’est plus écorché, soudainement cette griffe dans sa poitrine a lâché prise, une légèreté est en lui, dans son corps physique, dans son esprit, dans son regard. Quelque chose de neuf, de lavé, de purifié. Il sourit à nouveau.

Luisa, qui passe par là, le voit, s’immobilise, l’embrasse longuement, lui prend la main, elle pleure doucement de bonheur, point n’est besoin de mots.

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Il remonte. Lever six heures. Marche et exercices de Pavanès jusqu’à huit. Petit déjeuner. Journal (ou séance) de neuf heures à midi. Déjeuner léger mais précis : Pavanès a tout codifié, les ingrédients, les quantités, les protéines, les couleurs des aliments, leur équilibre chaud/froid et yin/yang. Surtout frais, vivants. Pas de micro-ondes. Deux heures de sieste ou repos ou lecture. Pas de télévision, d’écran ou de portable : il est assez irradié comme ça. De seize à dix-neuf heures, ce qu’il aime, au jour le jour : une exposition, le journal, une marche, un film, bavarder avec les enfants de Luisa ou des amis. Dîner à vingt heures trente, coucher entre vingt-trois heures et minuit après une autre heure d’exercices et lecture. Un soir par semaine, champ libre. Samedi et dimanche pareil, mais il peut traîner, suivre davantage ses envies. Pas de voyages lointains. Pas de changements de climats. Roberto s’habitue, y prend presque goût, la moindre variation autorisée le remplit de joie, il comprend davantage la profondeur des bonheurs minuscules, l’importance des petits détails. La réalité : à la foi unique, multiple, si personnelle… et si changeante.

Il remonte. Julio est content de lui.

Maintenant qu’il va mieux, il rend plus souvent visite à Montserrat.

Elle vit dans un faubourg extérieur de la ville qui est comme un petit village. Tout le monde la connaît, l’aime, elle s’y sent bien. Gaie malgré son âge, elle ne se plaint de rien, accepte ses misères. Elle porte en elle l’antidote de la solitude : l’amour des êtres, des animaux et des choses, et la douceur. Une grâce aussi, celle d’y voir et d’entendre bien à presque cent ans. Roberto a pour la sœur aînée de son grand-père paternel toutes les faiblesses. Parce qu’elle lui ressemble et qu’il l’a tant aimé. Il s’occupe de sa vie matérielle et l’écoute raconter autrefois à chaque visite. D’une petite voix chevrotante, elle narre le siècle passé, témoigne de la paix et de la guerre — trois guerres ! — des détails du quotidien, menus comme ses pas et le filet de sa voix. Le sourire surgit au détour de ses phrases, elle rit aussi, parfois une larme brille dans son regard.

Roberto ne lui avait donc rien dit. Mais un jour :

« — Parle-moi un peu de toi, Roberto. Comment se fait-il que tu aies tant de temps pour venir me voir depuis quelques mois ?

— Je ne sais pas, je ne me rends pas bien compte, sans doute parce que j’ai un assistant maintenant, il faut bien que je lui laisse faire des choses…

— Ts, ts, ts. Tu ne me dis pas la vérité. Je te trouve changé. Tu es plus maigre, plus pâle, et puis il y a autre chose. Tu as changé… là. »

Elle a posé avec autorité son index sur sa poitrine, il sent la pression pointue de son doigt sur son cœur.

« — Et peut-être aussi là. »

Cette fois son doigt appuie sur son front, entre les yeux. Elle lui sourit avec tendresse.

Il prend sa main et l’embrasse.

« — Montse… Oh Montse… »

Tout est dit.

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Juillet 1986

Un certain rythme s’était installé. Que le métronome implacable des horaires quotidiens ponctuait. Peu à peu, au fil des mois et maintenant des années, cette rigueur même avait semblé s’estomper, ni lui ni ceux qui l’entouraient n’y prêtaient plus attention, l’étau de la contrainte s’était trans-formé en habitude de vie.

Pas vraiment de hauts ni de bas. Julio et Pavanès sou-tenaient ses efforts, sa volonté et sa tension intérieure deve-nue une seconde nature. Luisa veillait à ce qu’il puisse se détendre complètement, le plus souvent possible. Depuis les grands moyens employés voici trois ans, il n’avait pas été besoin d’y recourir. Roberto se maintenait.

« — En avant, calme et droit », ironisait-il.

Il écrivait. Un roman caustique et burlesque, une aventure de cape et d’épée qui le ravissait comme un enfant, située dans sa ville et le port, six siècles auparavant. Il écrivait sans hâte.

C’est ainsi qu’il s’était habitué à vivre sa nouvelle vie, éloignée de l’agitation nerveuse qui le faisait courir autrefois. Il prenait le temps de porter son regard sur les êtres et les évènements, et aussi sur lui-même. Pour maintenir ce regard posé. Pour ressentir, pour éprouver la réalité, les réalités.

Les réalités… Il se rapprochait des trois enfants de Luisa, et ceux-ci de lui. Était-il pour eux un oncle, un cousin plus âgé, un grand frère ? Il apprenait à les connaître, chacun. Il les aimait.

Il revoyait des anciens amis, de l’Université, du collège. Avec la majorité d’entre eux, il était évident qu’ils n’avaient plus rien en commun. Pour un tout petit nombre, c’était l’in-verse, une re-découverte. Les réalités…

Avec Luisa, ils allaient, quand il faisait beau, dans la maison de famille. Petit village, non loin de la mer. Grande, à l’abandon mais pas en ruine, elle sentait la poussière et le renfermé. Ils poussaient les volets, laissaient les fenêtres ouvertes, faisaient un pique-nique dans le jardin ou allaient à l’auberge du village où les patrons l’avaient toujours choyé, depuis l’enfance.

Certaines pièces étaient vides, les pas résonnaient, on parlait bas. À l’étage, les parquets craquaient. Le frère et la sœur de Roberto n’y venaient jamais : le tourbillon du quotidien pour refuser le passé, nier l’accident et le départ des parents. Ils avaient opté pour les voyages et s’étourdissaient de pays, de monuments, de musées, d’exotismes, ou d’endroits à la mode.

« — Tu vois, Luisa, on peut dire que maintenant je suis seul avec la maison de l’enfance des miens, seul devant notre passé, notre famille, nos souvenirs. Qu’est-ce que je peux en faire, Luisa ?… À ton avis ?

— Je ne sais pas. Je ne sais pas te conseiller. Nous, nous avons tout perdu à la génération de mes parents. Parce que personne n’a pris de décision, personne n’a voulu s’en-gager. C’est pire que tout. Dans ton cas, ce que je sais, c’est que tout dépend de toi, tu es le seul qui puisse agir.

— Bon. Oui. Mais qu’est-ce que j’en fais ? »

Ils sont dans le jardin, à l’ombre du grand tilleul. La brise de mer et les oiseaux chantent.

« — Tes enfants, ça ne leur parle pas, pas en profon-deur. En faire un musée, il n’y a pas assez de matière pour cela. Peut-être voir avec la municipalité, avec l’aubergiste ? »

Luisa sent combien son regard a changé. Avant il aurait été tranché, il se serait énervé. Elle l’aime, comme avant, comme maintenant.



6

Avril 1987

Durant les trois années écoulées, et après l’insup-portable tension de celle qui précédait, celle-là même du départ de Lucía, l’angoisse avait progressivement fait place à un calme relatif. Luisa voyait combien elle aussi avait changé. La profondeur de son attachement pour Roberto grandissait.

Attachement est un mauvais mot, pensa-t-elle. Car je me sens de plus en plus libre. Et il est infiniment moins dé-pendant qu’au début de notre vie ensemble, quand déjà l’inquiétude planait. Mon travail n’est pas une fin. Qu’ai-je encore à prouver ? Les enfants, Roberto. Roberto, les enfants.

Et moi. Exister davantage. Être. User de mon libre arbitre.

À l’inverse, Françoise se diluait dans l’inutile, se dissipait dans un discours sans substance, les mots emplissaient sa tête et sa bouche, des mots intelligibles mais vides — comment la signification même des mots pouvait-elle ainsi subitement disparaître ?

La peur initiale d’il y a quatre ans surmontée, le senti-ment d’abandon évacué, elle s’était peu préoccupée de l’évo-lution de l’état de Roberto. En vérité elle ne voulait pas trop savoir, et tant qu’elle restait éloignée des informations et des faits, sa peur viscérale évoluait dans un univers flou, dont les contours imprécis voilaient ce qui ne la concernait plus.

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Mai 1987

Roberto vit, lui, au premier chef la peur de la mort. Une vraie peur. S’y mêle la mémoire de l’accident. Il avait là, pour la première fois, perçu son odeur. Une odeur qu’il a croisée à nouveau au hasard de ses séjours et de ses passages dans les hôpitaux, notamment en 1982 au Liban lors de ce reportage en direct. Pourquoi, s’était-il demandé alors, l’odeur de la mort humaine est-elle si particulière, si différente de celle de la mort animale ou végétale ? Acre, nauséeuse, légèrement sucrée, tenace, unique, instantanément reconnaissable et choquante. C’était une identification immédiate qui opérait comme un signal d’alerte et provoquait l’instinct de fuite, de défense, de mise à l’abri. Protection de l’espèce. Les chiens doivent sans doute percevoir ainsi la mort canine.

Comme chacun, il avait éprouvé de grands coups d’adrénaline, au volant par exemple. Une fois il avait failli se noyer, impuissance, étouffement, vertige, réaction, refus. » — Non ! pas maintenant ! « Au premier verdict, quatre ans plus tôt, il avait eu peur. Une » petite » peur. Un épisode où intervenait son autre lui-même.

Cette fois, il est dedans, en plein. Pas d’alter ego. Lui, Roberto. Moi.

Je ne comprends pas bien cette peur en moi, dont je suis contraint d’admettre l’existence, moi qui pensais avoir réglé leur compte à la plupart de mes peurs : de l’enfance, de l’inconscient, historiques, génétiques même. Je pensais en avoir fait le tour, avec mon journal, avec mon analyse, eh bien… il faut croire que non, comme l’a dit Luisa, je suis dans le train de ma vie et de ma mort, ce qui est tout un. Et quand on est dans le train, on y est. L’erreur est de penser que. Et penser n’a rien à voir avec être. Avec vivre.

« — Je ne sais pas ce qui m’arrive (il parlait avec Alejandro qu’il était allé voir dans la capitale), mais mes plaisirs ont une autre saveur, une autre profondeur, une autre couleur. Littéralement.

— Qu’est-ce que tu veux dire ?

— Simple. Par exemple la voile : les embruns sur le visage, les lèvres, la langue : leur goût est différent.

— C’est la pollution…

— Idiot, je ne te parle pas de ça, tu fais semblant de ne pas vouloir comprendre. Non, le goût des choses a changé, la couleur de la mer, le vent sur le visage, la pluie dans la forêt, le plaisir profond.

— C’est pareil pour tout ?

— Oui, pour presque tout. Dans mon cas pour l’écriture, pour le plaisir de la nature, pour le plaisir tout court. Aussi la musique manifeste une plus grande ampleur, une sonate de Scarlatti, une cantate de Bach.

— Il faut croire que tes sens sont aiguisés, par le combat que tu mènes, ou bien…

— Ou bien quoi ?

— Ou bien que certaines choses changent en toi et que tu perçois davantage ce qui t’entoure. Nous changeons tous, constamment, perpétuellement. C’est simplement plus rapi-de, en raison de ta maladie, des traitements et surtout de ton nouvel horaire de vie. Peut-être y a-t-il autre chose ? Ou est-ce autre chose ? Qui sait ? »

Sa foi aussi se transforme. Non pas qu’il croie davan-tage ou qu’il soit plus fervent. Il croit autrement. Sa vision est devenue plus vaste. Il y a longtemps qu’il a dépassé le cadre étroit de la religion issue de son éducation, de sa culture et de sa famille. Il avait découvert que cette tradition englobait un domaine philosophique, métaphysique, histo-rique et religieux bien plus ouvert que ce qui lui avait été montré et enseigné. Non, c’est bien en lui-même que la transformation s’est opérée. Dans son cœur, dans son être. Dans son âme ?

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Ricardo n’en avait rien laissé paraître, mais il s’était inquiété pour la marche de son journal. Il avait craint la mort de Roberto. Peu habitué à la maladie, il ignorait tout des contraintes et des délais. Pour organiser sa propre liberté il avait besoin de projeter l’avenir. Il avait pensé à Santiago, son fils. Il était plus tranquille maintenant. Les deux s’entendaient bien.

Ils firent même de la voile à trois, assez souvent.

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Roberto choisit aussi d’enfreindre la recommandation limitée à trois de Julio. La seconde exception parmi les » gens importants » est sociale cette fois, ils appartiennent à la plus ancienne aristocratie. Il demandera l’aide de ses amis Paco et Sofia.

Ils vivaient dans sa ville, dans le bel hôtel particulier familial. Paco était propriétaire d’une galerie d’art et Sofia gérait un domaine agricole de famille. Leur influence politique et sociale aurait rempli d’aise la mère de Roberto. Lui, pour l’instant, recevait leur générosité de cœur. Il les avait connus durant les premières années de son travail au journal. Les parents de Ricardo étaient liés à ceux de Sofia. Roberto n’avait pu s’empêcher, au début, d’éprouver à leur égard un complexe social, leur aristocratie était ancienne, toujours proche de la famille régnante. Leur simplicité et leur chaleur humaine avaient peu à peu fait disparaître les barrières. Il n’en restait pas moins qu’une part de lui-même était flattée. Il reconnaissait volontiers, en se moquant, son snobisme.

Depuis le second verdict, « délai deux ans », ces considérations avaient volé en éclats. Il leur avait parlé, ils avaient répondu avec le cœur.

«  — C’est tout simple, tu es notre ami, dit Sofia.

— Ça ne change rien, ajoute Paco. Je veux dire pour nous. Car j’imagine sans peine que pour toi tout est au contraire différent. Non ?

— Oui. D’une certaine façon. Mais pas totalement. »

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Juillet 1988

Paco et Sofia sont restés les mêmes. Ils ont porté sur Roberto un regard d’une absolue normalité, ont continué à l’inviter comme à l’accoutumée, n’ont voulu remarquer ni son amaigrissement ni ses cernes ni sa perruque. Ils ne ressentaient aucune peur devant le cancer.

C’est pourquoi il leur avoua s’être habitué à son état. Sa maladie, hyène sournoise et ricanante, crabe immonde, s’était presque dissoute, incorporée au quotidien, partie intégrante de sa chair. Elle restait néanmoins distincte quand elle grimaçait dans ses songes, au réveil de la dou-leur, au fugitif reflet qu’une glace ou une vitre soudainement renvoyait à sa rétine. Comme un souvenir désagrégé par le temps, à demi effacé par la vie — ou la survie ? — et l’inexorable marche des jours, souvenir estompé qui resurgit au détour d’une odeur, d’un éclat de lumière sur la plaine, d’un bruit oublié, d’une silhouette entr’aperçue dans la foule.

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Son frère et sa sœur se sont habitués, eux aussi. Il leur a bien fallu accepter » la chose «. L’apparente immobilité de ces trois dernières années les aide à ne plus y faire attention. Roberto ne s’y trompe pas.

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Julio veille, distrait en apparence. Pavanès le sphinx laisse filtrer beaucoup de chaleur humaine dans son regard énigmatique.

Parfois Roberto est tout simplement ailleurs.



7

Août 1988 / Juillet 1990

Je marche. Dans le soleil qui coule le long de la rue, éclabousse la mer au bout, et dans la mer qui envahit le ciel par l’horizon absent.

Je me sens bien. Toutes horizontales abolies. Moi debout. Bien debout. Vraiment debout cette fois. Enfin.

Cette joie m’inonde, soulève ce corps, mon corps, d’une énergie autre.

Une énergie certaine…

Je suis puissamment seul.

D’une solitude qui est communion.

« — Trois ans privé d’action et d’imprévu, Luisa, c’est beaucoup. Il était temps d’en sortir.

— Je ne comprends pas, tu n’as pas arrêté…

— C’est vrai, il ne s’agit pas de cela. J’entends par im-mobile… la routine.

— Mais en toi?

— Non. En moi, de routine, aucune. Tout bouge chaque jour. Il s’est agi d’un mouvement imperceptible, milli-métrique. Une lente et constante amélioration. Des espaces brefs mis bout à bout.

— C’est vrai que si je compare au moment de ta rechu-te, rien à voir. Tu peux être fier de toi, comme je le suis.

— Oui, mais toi, tu es une inconditionnelle… inconditionnelle…

— Pour t’aimer, sans doute. Pour te voir et t’observer, certainement pas. »

Leurs regards mêlés sont intenses. Un temps. Long.

«  — D’ailleurs il t’est interdit de relâcher ta vigilance, même intérieure, surtout intérieure, ta détermination… tu me promets ?

— Je promets. »

Et à l’instant même où il promettait, Roberto entendit une petite voix, une faible lumière rouge s’était mise à clignoter derrière son front.

Qu’est-ce que c’est ça, encore ? Je me mets à avoir des hallucinations ? À surveiller. Je deviens terriblement émotif. Il ne voulait pas avoir compris, surtout ne pas savoir, inven-ter vite n’importe quoi pour enfouir cette impression-là. Vite avant qu’elle ne devienne certitude. Il inventa.

Les jours passaient. Il se sentait les forces pour ne pas les subir, les journées n’étaient plus des anneaux identiques enfilés sur une tringle dans un geste répété, il se découvrait l’énergie pour échapper à l’invariance des horaires. Il ne pouvait éluder celle des repas et celle des exercices, mais en rusant avec lui-même il se donnait la sensation d’être encore aux commandes.

Les saisons passaient. Une amnésie progressive le gagnait. Même l’œil de Luisa se faisait moins aigu. À certains moments, il ne se souvenait plus du tout, riait et gambadait tel un enfant.

Comme les fois précédentes il fut pris à contre-pied. Un après-midi, au Journal, la fatigue lui asséna un coup de barre de fer sur les omoplates. Sans préavis. On le retrouva à demi inconscient, le nez dans les papiers épars de sa table de travail.

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Une lassitude de fond le submerge, tout le » cirque » se déclenche à nouveau, il se sent comme Sisyphe. Il avait eu tendance à oublier, jusqu’à oublier pour de vrai à certains moments. Et voilà que. Encore et encore. C’est beaucoup. C’est trop.

Va-t-il supporter cela longtemps ?

Dois-je tenir ? Dois-je vraiment tenir ? Pour quoi et pour qui ? Suis-je indispensable ? Suis-je indispensable à cette terre ? À cette vie ?

La question, formulée à haute voix devant le miroir de la salle de bains, provoqua la volte-face de son désespoir.

Je suis un imbécile. Cette question est absurde. Bien sûr que je suis indispensable. Indispensable à la Vie. Sinon je n’existerais pas. Sinon je ne serais pas né. Mon âme n’aurait pas décidé de s’incarner.

Il eut un frisson des pieds à la tête. Un fourmillement de tout le cuir chevelu.

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Au plus intime de son être s’était tissée une nouvelle nature. Comme un changement radical. Au point que son rythme de vie lui parut autre, désormais habituel et pourtant différent, à la fois connu et plein de surprises. Il entra peu à peu dans une humeur lisse, un état presque joyeux. Cette joie ne se manifestait pas. Seul un calme profond illuminait son regard et se répandait autour de lui.

Ses sensations continuaient à changer. Sa perception s’amplifiait, il entendait des sons et des conversations très distants, percevait les odeurs avant tout le monde, devinait les intentions non formulées. Sa réalité s’ouvrait sur la nuit profonde des hautes altitudes.

Comme un barrage qui cède brutalement et emporte tout sur son passage, sa dernière rechute avait effacé ses meilleures intentions, étouffé son corps, noyé son souffle. Maintenant il échappait à cette furie du vent et de l’océan déchaîné. Il était entré dans le calme du lagon. Le rugis-sement des vagues et de la tempête s’était tû. Un miroir lisse et noir reflétait le ciel étoilé.

La peur viscérale, incontrôlable, asphyxiante de la mort se dissolvait à mesure qu’il flottait au centre de ce double espace sombre, et qu’il prenait conscience de planer entre les silences de la nuit et de l’eau. Une porte, et derrière le temps aboli.

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La grande crise de Lucía. Même à ce moment-là, quand elle fut hors d’elle, elle était d’une absolue beauté.

Je la revois. Gesticulante, pleurs, hurlements. Je n’en-tendais rien, en vérité. C’était comme dans les rêves, un mur infranchissable vous sépare de la réalité la réalité ?  aucun son ne passe, seule subsiste l’image en mouvement. Et soi-même on n’est plus là, on observe de l’extérieur cet autre moi se débattre, pataud, dans une situation sans issue. Englué. Statufié par sa beauté et sa lumière devenue l’éclat d’une arme blanche mortelle.

Je me revois. Durant cette semaine terrible. Parcourant les lieux qu’elle aimait. Faisant et refaisant ses parcours habituels. Interrogeant ceux avec lesquels elle avait coutume de par-ler. Assiégeant sa maison d’avant. Rendant visite à sa concierge, chaque jour. Rien. Téléphones muets. Personne ne l’avait vue, nulle part. Jour après jour, je deviens plus hâve, barbu, sale, mes yeux s’emplissent de fièvre. Je mange, bois, dors, à peine. Puis je m’immobilise. Devant mon téléphone. Elle va téléphoner. À un moment ou à un autre, elle va téléphoner, c’est certain.  Il ne peut en être autrement. Des appels. Je décroche, ne réponds rien, ne respire pas, puis coupe dès que j’identifie l’appelant. Quand, le septième jour.

« — Lucía…

— J’ai peu de temps, Roberto, très peu. (Sa voix : c’est à nouveau cette lame d’acier, cet éclat froid.) Je suis maintenant mariée…

— Non !

— Mariée, Roberto, et je pars dans quelques heures pour Lima.

(On entendait en arrière-fond la circulation des voitures dans une grande avenue, puis la sirène d’une ambulance sans doute, et le bruit de voix d’hommes dans plusieurs conversations comme au café. Il faisait chaud. Je transpirais.)

— Ecoute, Lucía…

— Je n’ai rien à écouter, Roberto, il n’y a plus rien à dire, adieu. »

D’un coup il avait brisé l’écouteur sur le dallage. Il était resté là, immobile sans attente, un temps indéfini. Il avait glissé lentement sur le dallage, parmi les débris de bakélite, s’était recroquevillé. Le bruit de ses dents qui s’entrecho-quaient l’avait réveillé. Transi de froid, il pouvait à peine bouger. Dans la nuit d’été qui avait envahi l’appartement par les fe-nêtres ouvertes, il distinguait vaguement la rumeur de la ville. Ses oreilles bourdonnaient. Un sifflement aigu emplissait son crâne. Il revoyait l’île rêvée de son adolescence, la plage et les vagues, les rochers et l’écume jaillissante. Le bruissement du vent dans les arbres, sa solitude désirée. Il se sentait bien.

C’est alors qu’il aperçut la mort. Elle le regardait bien en face de ses yeux jaunes. Il eut l’impression qu’elle lui tendait la main.

Il ne cilla pas. Il sentait son souffle humide et glacé et son odeur d’humus mouillé comme dans les forêts sombres après une semaine d’orage. Il rampa sur les coudes jusqu’à la salle de bains, se hissa sur le bidet et but, noya son visage dans l’eau qui giclait.

Il se mit à rire comme un dément. Il put se mettre à genoux, atteindre la cuisine, manger.

Ensuite, d’un coup, il explosa. Son poing s’abattit sur la table, il fracassait les verres et les assiettes.

Plus tard, assis dans son fauteuil, il vit son île. Celle qui avait surgi dans l’enfance — peut-être même bien avant —, mais alors il n’avait pas les forces du rêve, car Lucía partie, le territoire de la lumière s’était évaporé.

L’aube feutrée était venue à pas de loup. Il s’endormit.

La radio du voisin le réveilla. Cinq jours s’étaient écoulés.

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Maintenant, sept ans plus tard, après cette dernière rechute —  évanouie la peur des yeux jaunes de la mort ? — il veut ouvrir la porte.

J’ai les forces pour réaliser l’île. Je le sais. J’y vais.

Y parviendra-t-il, Roberto ?

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Octobre 1989

Il est parti. Vers l’île de Robinson, sans Vendredi, seul. Vers l’Ile Mystérieuse aussi. Il est parti depuis sa ville avec un paquetage minimum et sans même le Récit des Temps légendaires, il a quitté le port sur un bateau de pêche au moteur lent, régulier, presque doux. La vieille coque robuste coupait les vagues avec souplesse, la mer sentait bon. Combien d’heures ? Combien de jours ? Le soleil est à pic quand il découvre une masse noire couchée sur la ligne d’horizon. Il ne sait pas si c’est une île, une côte ou un promontoire. Mais il éprouve la conviction que c’est là.

C’est là. J’aborde mon rêve. Mon pied s’enfonce dans le sable de la grève. Je marche parmi les coquillages. Il fait beau. Quelques nuages légers parsèment le ciel.

Il s’assied sur un rocher rond à l’ombre d’un pin mari-time torturé par les vents. Il doit survivre. Seul. Le bateau est reparti. Organiser sa première nuit.

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Très vite il avait perdu le compte des jours et, avec lui, le compte de ses pensées. L’altérité dissoute. La maladie maintenant sans objet l’effleurait à peine. La nature l’avait d’abord entouré, avant d’imbiber son être. Il explorait cet autre territoire. Dans la journée, les crécelles assourdissantes des cigales l’assaillaient. L’humidité marine l’oppressait la nuit. Il se trouvait une spirale de fils tressés :

Il galopait. Devant lui, la steppe. Avec ses lentes ondulations amples qui masquaient les plaines au regard et donnaient à l’horizon le mystère de l’inconnu.

Il galopait. Vers cette ligne noire où les nuages gris s’engloutissaient, où le vent s’engouffrait, aspiré par ce trait mince, limite roide de l’étendue. Car à cette époque de l’année et à cet endroit, au pied des monts de l’Altaï, l’herbe était haute et ondulait, vagues végétales d’une mer claire, verte et grise.

Il galopait d’un galop calme, installé dans une foulée qui n’avait ni commencement ni fin. Ils étaient seuls, son cheval et lui. Parfois ils croisaient l’ombre véloce d’un aigle qui glissait sur le sol. Il levait la tête pour le voir filer avec le vent et disparaître. Alors il éclatait de rire. Le son de sa voix était emporté si vite qu’il se demandait s’il l’avait même entendu. Depuis longtemps il n’entendait plus rien. Etait-ce le silence ouaté propre aux rêves ? Ou bien ne percevait-il plus le sifflement assourdissant du vent ?

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Il régnait. Sur une cité-état dont il ne pouvait situer ni l’époque ni le lieu. Le climat était chaud. Au-delà du palais s’étendaient un fleuve, puis un vaste estuaire marécageux.

Il régnait. Il se savait à la fois craint et aimé de son peuple.

Il régnait, comme douze générations l’avaient fait avant lui. Puisqu’ils étaient situés aux confins, aucun visiteur étranger jamais n’était arrivé jusqu’à eux. Mais il savait que ce moment ne tarderait pas.

La dynastie avait, au cours du temps, forgé une religion et une médecine. Organisé les travaux des champs. Bâti la ville, avec ses temples et ses lois. Or son peuple était morose.

C’est pourquoi il inventa la danse. Et la musique. Et les fêtes. Le rire, les chants et l’insouciance apparurent.

Il riait, il régnait, cependant solitaire.

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Il marchait, entouré de ses enfants et petits-enfants. Il n’aurait su dire leur nombre avec précision. Au moins quinze. Peut-être vingt. Tous alertes marchaient d’un bon pas, gaiement, certains se tenaient par la main, d’autres avançaient en dansant, en sautillant. Une grande prairie s’étendait devant eux, couverte de graminées et de fleurs légères, on était au début de l’été. Autour, la forêt bruissait, il devait y avoir une rivière quelque part et des oiseaux voletaient.

Il siégeait, simplement assis dans l’herbe, sa famille autour, les plus petits gambadaient, couraient, d’autres somnolaient après le grand pique-nique.

Il les écoutait et de temps à autre riait à gorge déployée.

Là, il prit conscience du bonheur. Une onde, un bain de bonheur. Chaud. Intense. Les larmes lui étaient venues. Un grand silence intérieur l’inonda.

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Tout était noir. Pourquoi lui avait-il fallu quitter le feu et s’enfoncer sous les arbres dans la nuit ? Il ne savait plus. Il avait à la main une plaque de métal, qu’il faisait onduler pour s’éclairer, mais son effort était vain, car aucune lumière ne pouvait s’y refléter, elle n’émettait qu’un bruit informe et douloureux. Alors les yeux des loups apparurent, lueurs d’argent, glacées. L’effroi le submergea. Il remuait désespérément sa plaque de métal dans l’espoir de les éloigner. Elle multipliait seulement le nombre des paires de billes à l’éclat blanc. Il s’affola. Se mit à courir à reculons pour ne pas leur tourner le dos, puis il se dit que cela revenait au même puisque sans doute les loups ne voyaient pas ses yeux. Où était donc son fusil ?

Ils se rapprochaient. Le souffle lui manqua.

Il se réveilla, le cœur terrorisé.

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Son rêve ? Roberto ne savait plus si c’était même le sien. Le matin, il lui semblait que c’était le matin, il s’occupait de sa pitance. Coquillages, racines. Il avait trouvé une source. Il maigrissait. Entre les matins, il retournait aux territoires logés dans la tresse du rêve. Qu’advenait-il ? Qu’adviendrait-il ?

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Là où il régnait, il faisait toujours beau. Des nuages minces rayaient le ciel. Une grande plage, avec des coquillages, accueillait sa marche solitaire.

Un jour l’étranger était apparu, il avait franchi les hauts cols, un sac sur l’épaule. Il ne parlait pas la langue, mais fit comprendre qu’il souhaitait l’apprendre. On lui attribua une maison. Les femmes l’adoptèrent car il était doux et avait les yeux clairs.

Quand il put communiquer, le roi chaque jour l’interrogea. Il venait d’un pays lointain, au-delà de la mer qui se trouvait à trois semaines de marche des hauts cols, en direction du soleil levant. L’étranger s’était perdu en mer, emporté dans sa barque par la tempête.

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Les loups revenaient et chaque fois le terrifiaient.

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Dans certains intervalles il galopait, toujours au même endroit, sur le même cheval, il avait la sensation de parcourir l’immensité sans jamais avancer.

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À d’autres moments, il siégeait parmi les siens, patriarche heureux et débonnaire, vieillissant un peu plus chaque fois.

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Roberto raillait ces personnages qui tous étaient lui-même, ces territoires mêlés, cette terreur sombre des loups qui alternait avec le bonheur parmi les siens.

Il se gaussait, sachant illusoire la griserie du galop sur la steppe, illusoire la science nouvelle de l’étranger. Ses effrois et ses joies, illusions aussi ?

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Je me demande parfois s’il n’y a pas un lien secret, une cohérence dans cette spirale. Chaque fois je ressens ce choc et ce refus, cette rage, puis cette douleur, enfin cette interrogation lancinante, pourquoi moi ? La perte des territoires : ma maison de famille, et l’enfance, les loups ; ma ville et l’adolescence, l’étranger du royaume. Et l’amour pour Lucía perdue, galop éperdu. La famille, une famille, où et quand ? Comment ? Le saurai-je un jour ?

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Avril 1990

De retour, Roberto était dans un autre état. Pourtant le rêve n’avait guère avancé. Ni la joie d’une famille ni l’angoisse des loups ni la chevauchée ni les révélations de l’étranger, bien que revenues souvent, ne lui avaient apporté d’éléments nouveaux. Ces quatre fils tissaient une trame ajourée et inachevée. Mais il était ancré.

À cause de cette transformation sans doute, Montserrat l’avait attendu.

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Il était rentré chez lui à midi. Étrangement, Luisa était là. On aurait pu penser qu’elle l’attendait, elle ne manifesta aucune surprise, seulement une joie, une émotion intenses. Ils restèrent longtemps dans les bras l’un de l’autre. Puis se regardèrent, et se virent fatigués. Ils l’étaient, pour des raisons presque opposées.

« — Tu sais, Montserrat…

— Elle est morte ?

— Non, pas encore, mais elle est très mal, l’hôpital vient de la renvoyer chez elle, je me suis permis de prendre deux aides à domicile pour la soigner.

— Consciente ?

— Plus ou moins, cela dépend des moments. En fait, ils ne peuvent plus rien pour elle à l’hôpital, disent-ils.

— Bon, tu as bien fait pour les aides, je vais aller la voir sans tarder.

— Tu vas avoir un choc, attends-toi au pire, quand même. »

Luisa avait une façon décisive de trancher la réalité avec des phrases sans faux-semblant. Pourtant son ton était doux, elle aimait Montserrat.

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À quinze heures, il montait les marches de son perron, propre, rasé, habillé en citadin élégant.

L’aide qui vint lui ouvrir lui plut, jeune, sérieuse, avenante, un doigt sur les lèvres.

Montserrat dormait, semblait dormir…

Car à peine entrait-il, qu’elle souleva ses paupières et le reconnut. Un sourire, ce sourire tendre et malicieux qui n’appartenait qu’à elle, estompa ses traits marqués.

Ils se regardaient. Elle ne disait mot. Il lui raconta à voix basse l’aventure de son île, en un certain sens une mort particulière. Sans doute l’écoutait-elle, il ne pouvait le savoir avec certitude, mais percevait peu à peu en elle et autour d’elle, tel un poison insidieux ou une dague pénétrant les chairs avec lenteur, la présence de la mort. Car ses effluves rôdaient dans cette musique à peine audible, dans cette absence où Montserrat oscillait.

Il n’y tint plus. Il commença par nier l’évidence. Puis l’indignation, la colère prirent possession de lui. Il se leva, le plus doucement qu’il put.

Roberto avait déjà vécu cette révolte. Imaginé aussi la fin. Cette fois, il se trouvait concrètement devant le miroir de sa propre mort, devant une mort-miroir de toutes les morts.

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Quand il revint le lendemain, poussé par la certitude, elle respirait encore. L’après-midi s’avançait, son sourire d’opale éclairait faiblement la pénombre de la chambre.

Son doigt avait fait signe qu’elle voulait sa main, il la glissa sous la sienne. Elle pressa faiblement sa paume. Le silence. Son regard à lui posé sur son sourire.

Ils restèrent ainsi un temps indéfini. La nuit approchait. Une palpitation légère dansait sur ses lèvres, s’amenuisant, et pourtant intensément vivante.

Soudain son avant-bras se soulève, elle porte la main de Roberto à son cœur, ouvre les yeux un instant — tout est suspendu, immobile, l’espace béant sur l’inconnu — alors, semblable à ces fils arachnéens que le vent accroche aux branches à l’automne et dont l’éclat brillant ne laisse pas deviner la fin, lentement son souffle s’évapore. Et demeure son sourire.

La douleur le broie. Il ne sait plus où il en est, où il est. De quelle fin s’agit-il, celle de Montserrat ou la sienne ? A-t-il vécu une sorte de « répétition générale » ?

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Les jours passaient. Du cœur même de sa peine, il constate que quelque chose a changé en lui. Un premier face à face a eu lieu, terre-à-terre, palpable et viscéral. Sa mort est inévitable. Cette conscience-là est-elle le secret des saints, des sages, des illuminés, des simples d’esprit ?

La fatigue de l’île — ou de son absence — s’empare de lui. Il avait eu la force d’ouvrir la porte, de réaliser son rêve. Qui l’avait régénéré. Ce n’était pas une fatigue habituelle, car il se sentait fort. Etait-ce un pressentiment ?

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L’aubergiste de son village avait appelé Roberto un matin. Il avait peut-être déniché un client pour sa maison. Un homme qui voulait « établir sa fille », laquelle souhaitait tenter un nouveau concept de galerie de peinture : une maison de famille, en usage et meublée comme telle, avec les tableaux exposés dans un contexte naturel de décoration quotidienne. L’idée le séduisit. Il y voyait un nouveau commencement et non une fin pour ce lieu qu’il aimait et qui sombrait dans l’abandon, l’ennui, la poussière. D’une maison oubliée à une maison visitée. Le regard des hommes allait lui redonner vie.

Tout se déroula très vite. L’homme était pressé, Roberto eut un va-et-vient, recul, hésitation, comme pris de court, se sentant acculé. Luisa, qui ne voulait pas intervenir dans une décision liée à une charge de passé appartenant à Roberto, fit valoir la qualité du projet lui-même. Teresa, la fille, une forte sensibilité, avait travaillé dans plusieurs galeries importantes et Ricardo la connaissait.

Le soir, un torrent d’émotions contradictoires l’assaillait. Il dormit peu et mal jusqu’au jour où tout fut signé. Son frère et sa sœur n’avaient fait aucune difficulté, trop ravis de recevoir leur part et de se libérer d’une culpabilité latente.

Un mois plus tard, il fut invité à l’inauguration de « La Demeure Espinosa ». Le nom qu’il avait suggéré figurait sur les invitations, la brochure et sur le linteau de la porte d’entrée, gravé à l’ancienne dans la pierre. Il ressentit une émotion profonde, une joie ; mais ce qui le bouleversa fut d’entrer dans l’univers exact de son enfance et de ses grands-parents, tout était propre, restauré, les meubles et le parquet sentaient la cire. Les rideaux, les tapis, les fauteuils, les tableaux étaient autres, leur disposition différente, pourtant l’âme de la maison était revenue. Il sortit dans le jardin pour laisser aller ses larmes, appuyé sur l’épaule de Luisa. Quand il revint les yeux brillants, Teresa l’embrassa. Il lui dit :

« — Tu es une magicienne, vraiment…

— Cette maison m’a inspirée, c’est tout, et je pense qu’elle va revivre.

— Longue vie nouvelle à cette dame respectable… et élégante. »

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L’île, Montserrat, la maison de famille : c’est trop. Il retombe. Le rocher l’écrase, il se trouve à nouveau au pied de la montagne. Vertiges, fatigue, vomissements, perte du souffle. Les soins. Les analyses. Les soins. Mai, juin, juillet.



Troisième partie

L’Aube

« Le rythme de mon cœur est la naissance
et la mort de tout ce qui vit. »

Rumi

8

Août 1990 / Juin 1991

L’été épanoui. Le cœur de l’été. Puissance du soleil. Et dans ses fulgurances, son déclin. Son ardeur même recèle le germe de sa mort.

En cet instant Roberto est l’été.

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Il se ménage. Luisa prend soin de lui. Depuis le printemps elle ne travaille plus.

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Septembre : Julio, Pavanès et Roberto déjeunent sur une terrasse près du port. Une brise de terre apporte des senteurs de vigne qui se mêlent aux effluves de la mer. Un peu d’huile fraîche sur la chair ferme des daurades déroule sa lumière translucide, le soleil traverse le vin blanc dans les verres, leur conversation anodine enrobe leur complicité. Sept ans passés, déjà. Ils se regardent.

« — Je sais ce que vous avez à me dire, parce que je le ressens en mon for intérieur. Ce n’est pas facile à prononcer, d’autant moins que vous m’accompagnez depuis longtemps. Ce dont je vous remercie. Votre soutien a été, est encore et sera jusqu’au bout infiniment précieux pour moi. Quel chemin, oui, quel chemin parcouru grâce à vous…

….

— Dites-moi, chacun, le bout ?

— Un an, dit Julio.

— Pour moi aussi, ajoute Pavanès. Un peu plus, un peu moins. »

Ils se regardent. Le silence est entre eux, malgré les bruits du port, les criaillements des mouettes, les conversations des tables voisines. Trois hommes en eux-mêmes, trois hommes ensemble en un bloc compact, trois hommes : la vie.

Le soleil de l’après-midi coule dans leur silence, l’air est léger, leurs sourires graves figent le temps.

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Où sont donc mes racines, maintenant ? Je suis là, avec le poids de ma mort annoncée, et la sensation d’avoir perdu mes attaches. Le territoire de la lumière et celui, énigmatique, de l’amour inéluctable se sont enfuis avec Lucia. Le pays de mon enfance, avec « La Demeure Espinosa ». Le sens du mot famille, avec Montserrat.

Aucun appui sous les pieds ni même pour mon esprit. Dieu, où êtes-vous ?

On pourrait peut-être s’arranger, vous et moi ? Trouver un accord, une prolongation ? Contre quoi ? Je n’ai pas grand-chose à vous proposer en échange, je dois reconnaître.

Si vous saviez comme je me sens perdu. Oui, perdu. Dans le noir, dans la forêt, dans le désert, sur un radeau. Perdu. Balloté au gré de je ne sais pas quoi.

Je ne suis instruit de rien, si ce n’est que mes amis ont été clairs, environ une année. Il me reste trois cent soixante jours et quelques…

Un an, c’est trop peu pour vivre. Trop long pour penser.

Je sais bien que la mort n’existe pas. En soi, en elle-même. Mais pourquoi moi, oui, moi, Roberto Espinosa ?

Comme moi, il y en a beaucoup d’autres. Je sais cela. Est-ce vraiment indispensable de mourir ?

Roberto déprimait. Les fêtes de fin d’année avaient été difficiles. Luisa disait terribles. Puis, sans avertissement, par une de ces belles journées d’hiver froides et transparentes, il se trouva dans un état de quiétude étonnée.

Il sortit un peu. Retourna au journal. Vit quelques amis. Deux concerts, et quelques films. Sa lecture était hésitante, fréquemment inachevée.

Les moments de l’île, telle une cohorte de fantômes, revinrent le visiter. Il s’isolait de plus en plus, se retirait en lui-même. Les yeux emplis d’images ou la tête vide. Alors, pour assouvir sa soif d’action et d’aventure, il relisait un passage des Aventures de Giovanni Malicornio, flibustier au service de Sa Majesté la reine Isabelle II, son roman de cape et d’épée. L’action se déroulait durant la période finale des guerres carlistes pour l’Espagne, et juste après l’invasion de la Sicile par les troupes garibaldiennes pour l’Italie. Giovanni Malicornio était le téméraire et habile capitaine de la frégate Malicorne, de mère génoise et de père majorquin.

« Les objets métalliques avaient été arrimés ou rangés. Les poulies et les palans des canons tribord graissés. Les drisses liées de telle sorte qu’elles ne puissent claquer contre les mats, deux ancres légères frappées sur des cordages qui avaient pris la place des chaînes autour des cabestans, graissés également. Tout était en place de sorte à éviter les bruits durant la manœuvre par cette nuit sans lune de mai.

« La Malicorne avait déposé la chaloupe sous le vent à quelques encablures de la grande jetée de l’entrée du port. Vingt hommes pourraient ainsi faire diversion le moment venu et profiter de la confusion qui suivrait l’attaque pour mener à bord de la frégate le marquis de Villaverde.

«  Puis elle avait profité de la brise sud-ouest qui soufflait depuis la Tunisie pour remonter jusqu’à l’entrée du port, virer silencieusement en restant bâbord amures, et affaler sans bruit.

« La partie la plus délicate de la manœuvre s’amorçait maintenant. La Malicorne devait passer sur son aire le goulet d’entrée du port à toucher le môle ouest, mouiller la première ancre à babord, vérifier sa prise, bloquer le cabestan pour amorcer le pivotement du navire aidé par la barre aux mains de Giovanni Malicornio lui-même. Et là, mouiller la deuxième ancre, à la poupe, afin d’immobiliser La Malicorne par le travers de la forteresse située au fond du port et l’exposer ainsi aux canons de tribord aux sabords préalablement bloqués en position ouverte.

« L’équipage, vêtu de sombre, respirait à peine. Les ordres de Giovanni étaient émis et transmis par gestes. Les 22 canons tribord des deux ponts furent amenés en position.

« La suite, ce serait l’inconnu. Car la grande jetée ne permettait pas la fuite avec une bonne prise au vent. Il allait falloir couper le bout de l’ancre de proue et, grâce à la trinquette, au petit foc et au grand foc, virer sur l’ancre de poupe, s’en défaire, que la brise ne mollisse pas, que…

«  Deux atouts : la surprise et l’étroitesse du port à cet endroit qui mettait la forteresse à portée des deux caronades.

« Le garde-temps indiquait que les hommes de la chaloupe devaient avoir atteint leur position.

« Tout était prêt, les 22 canons chargés. C’est à ce moment précis qu’un jeune gargoussier dégringola du premier au second pont sur son trajet vers la sainte-barbe. Le vacarme subit tonna dans le silence et ricocha sur l’eau.

« Giovanni, le regard étincelant, bondit. »

Le manuscrit lui était tombé des mains. Roberto s’était endormi. Il souriait.

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Il se sent devenir aérien. Par une alchimie dont il ignore la formule et le mécanisme, il est allégé, il atteint la contrée de sa lumière propre, il rejoint son espace intérieur.

« — Je ne sais pas ce qui m’arrive, Luisa, j’ai le sentiment de me retrouver et en même temps une impression d’inconsistance…

— Que veux-tu dire ?

— Je ne sais pas expliquer. À part toi, j’ai perdu mes parages physiques et affectifs. Bien qu’il s’agisse là d’événements concrets, datés dans le temps, j’ai vécu une dilution progressive. Et cette dilution même semble avoir basculé, elle parvient à son terme.

— Tu veux exprimer que tu ne ressens plus cet effet, que tes sensations se stabilisent ?

— Non, l’inverse exactement. Tous les repères sont balayés. Plus rien n’est stable, parce que toute base a disparu, l’instabilité est ici le contraire du mouvement, elle est l’immobilité.

— As-tu peur ?

— Pas du tout, je me sens bien, je me sens davantage moi, c’est peut-être ça la vacuité ? Ou la sérénité ? »

Et il se met à rire devant la mine déconfite de Luisa, son expression dubitative et ses yeux agrandis.

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Avril 1991

Ce dimanche d’avril, il était assis sur le parapet de la place de son village, devant l’église. Le soleil oblique du premier matin l’aveuglait, il ne pensait à rien de précis quand le visage souriant de Montserrat s’était montré là, à hauteur de son regard pas même étonné. Ce sourire qui l’avait accueilli, alors qu’elle respirait encore, et qu’elle avait gardé ensuite. Il s’en souvenait parfaitement. Non pas figé, mais comme suspendu, palpitant, léger, vivant, de plus en plus imperceptible à mesure que la nuit approchait. Paradoxalement qui exprimait d’une manière à chaque seconde plus évidente que la vie vivait encore et toujours tandis que le temps inexorable s’écoulait. Que la vie ne s’arrête pas avec le souffle, qu’elle ne s’arrête jamais.

Ce n’est qu’en cet instant, un an après, qu’il avait compris que la mort est aussi la vie, sous une autre forme. Il le sut de tout son être, par le sourire opalin de Montserrat. C’est ainsi que les pierres au fond de lui, dans un envol fulgurant, disparurent. Car le départ soudain de Lucía avait longtemps résonné en lui, comme la mort de ses parents, à la fréquence de l’abandon. Il lui fallut encore le temps de s’habituer à sa nouvelle apesanteur, pour prendre conscience que ses parents étaient vivants, et que, d’une certaine façon, Lucía avait dans sa réalité rejoint le même rivage. Un rivage où l’abandon n’a plus cours puisque là tous les liens d’amour demeurent intacts, vibrant dans un éternel présent.

« Souhaite la bienvenue à la mort, comme tu as donné la bienvenue à la vie » semblait lui dire le sourire éternel de Montserrat.

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Ce matin de mai, Roberto se réveille » en paix «. Un calme d’eau profonde avait pris possession de son corps, de son esprit, de con cœur. Plus de douleurs. La pensée limpide et lente. Une conscience d’amour pour la vie, les êtres, la nature.

Tout lui paraît doux : la peau et les cheveux de Luisa qui dort encore, les draps, le tapis sous ses pieds nus.

« — Je vais quitter ce monde bientôt », se dit-il, comme une évidence.

Aucune peur. Une certitude :

« — C’est le moment de mettre de l’ordre. »

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Il ouvre un cahier neuf, un cahier d’écolier cousu et collé, avec des lignes à l’ancienne, et commence à écrire :

Un : ce que je veux : (et il souligne)

— être incinéré

que mes cendres soient dispersées dans la mer par mes amis

— une messe

avec le père Antonio

— de la musique

à choisir avec soin selon les moments

— mes meilleurs amis

les vrais

ceux qui vont comprendre

et m’accompagner.

Il reste le stylo en l’air et pense à Françoise, à Lucía — comment la prévenir ? — à son frère, à sa sœur, à untel, et celui-là, celle-là…

Là, il ressent la nécessité d’une mise en ordre intérieure avec chacun. Il tourne une page, non c’est insuffisant, deux, trois… six pages finalement. Et il écrit :

  1. A) avec les amis, Julio, Paco, Alejandro, Sofia, et les autres… bon, c’est simple après tout.
  2. B) avec les parents… non, MES parents… à creuser… puisqu’ils ne sont pas là, je dois me débrouiller seul… enfin, seul avec eux…
  3. C) mon frère et ma sœur… mon frère m’aidera… ma sœur… elle se défilera, mais ça passera quand même.
  4. D) Françoise… ne pas me compliquer la vie, ne pas entrer dans son jeu.
  5. E) Lucía… ah ! Lucía… La prévenir… comment ? … je trouverai bien.
  6. F) moi… oui, moi ; MOI avec moi… ça, c’est une autre affaire… peut-être prioritaire, non, absolument prioritaire.

Il rêve un moment puis revient à la page du début, il est à la dernière ligne, la tourne, et reprend.

— une fête…

primordial,

sur la place de mon village,

devant le parvis,

entre les deux cafés,

à l’ombre des arbres.

Il attend un peu, ne trouve rien, laisse deux fois deux pages en blanc, puis écrit :

Deux : ce que je ne veux pas (et il souligne)

— une messe trop longue,

et compliquée,

— de la musique indésirable,

que je n’aurais pas déterminée,

— des amis imprévus,

que je n’aurais pas choisis,

— du cafouillage…

je dois organiser…

avec précision.

 

Il réfléchit, tourne une autre page :

Trois : organisation : (et il souligne deux fois).

— la confier à Carlitos, mon frère,

c’est le seul capable

le seul décidé

et il a l’autorité qu’il faut,

— les horaires

— les hôtels

— l’article nécrologique : c’est moi.

— in memoriam : moi aussi.

— le budget,

important le budget…

ils sont tous radins…

comme moi d’ailleurs.

Un fou rire le prend, il se tord de rire, il en pleure. Je suis peut-être le plus radin de tous, mais un radin masqué, — il aime l’expression, sa sonorité, qui lui fait songer à Molière, il rit de plus belle.

Il continue.

— prévoir le temps qu’il fera,

c’est tout vu

le soleil à plein.

— la fête :

son déroulement

la nourriture

les boissons

la musique encore, différente,

— s’il y a des empêchements

ou des changements,

des imprévus comme toujours,

envisager des programmes alternatifs.

Bon voilà, c’est fait. La liste en tout cas. Il faut que je voie Carlitos sans tarder. Seul.

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« — Carlitos, je vais m’en aller. Pas de doute là-dessus. Ne proteste pas…

— Mais enfin, Roberto, tu ne peux…

— Si, je peux dire, je sais. Ce n’est pas un problème, ne crois surtout pas qu’il y ait une difficulté. C’est une é-vi-den-ce. »

Du chef, Carlitos accepte, lui aussi, et le regarde autrement, il lui sourit, l’empoigne aux épaules. Leurs fronts se touchent, les frères, comme quand ils étaient petits. Ils sont très émus, un long silence.

« — Tu vas m’aider. Il faut s’organiser, j’ai décidé plein de choses, alors maintenant il faut les mettre en musique. J’ai besoin de toi, je ne peux pas le faire tout seul.

— C’est d’accord, tu le sais bien. Tu peux compter sur moi… Et Luisa ?

— Non, je ne pense pas qu’elle serait de mon avis aujourd’hui, elle comprendra plus tard, elle n’a pas encore accepté, c’est une lutteuse opiniâtre, elle ne se rend pas.

— Je vois.

— Tu n’en parles à personne, absolument personne. Cela doit rester secret. C’est ma façon.

— Je respecte. Tu as ma parole. »

Ils se voient le lundi matin. La liste des présents que souhaite Roberto comprend cent onze personnes. Carlitos réserve trente-cinq chambres doubles et cinquante chambres simples dans un rayon de trente kilomètres du village, dans une fourchette de dates. Il explique, on comprend. Il confirmera le moment venu.

Ensemble, ils vont voir le père Antonio. Qui ne fait aucune remarque, il sera prêt et l’église aussi. Les deux cafetiers assurent qu’ils seront ouverts, quel que soit le jour, quel que soit le temps, pour eux et leurs invités, exclusivement.

L’horaire, compliqué l’horaire : il faut commencer tôt, relativement tôt le matin. Donc les invités doivent arriver la veille. Prévoir un dîner. À une auberge d’un village voisin. Combien de personnes ?

« — Si on m’incinère à neuf heures, et là, peu de monde, le minimum, tu ne trouves pas ?

— Le strict minimum, ce n’est pas très facile à supporter, à accepter, ni le bruit à entendre. »

Carlitos parle lui aussi avec naturel des détails.

« — Donc les cendres ; à dix heures départ du bateau, vingt, vingt-cinq personnes, pas plus.

— Il faut voir avec Ricardo.

— Pas encore. On lui en parlera après. Il faudra qu’il conduise le ketch au port du village. S’il y a des gens en plus de ceux qui embarquent, ils seront obligés de rester sur le quai. C’est toi qui verras ça. Impossible de tout prévoir. Je te laisse le soin de choisir ceux qui seront à bord. Pas Françoise, de toute façon, elle a le mal de mer. Pas Luisa, non plus, elle ne supportera pas, enfin, je crois. Si Lucía est là, elle oui. Pour les autres, tu sais. Tu sauras… Bon, deux heures c’est suffisant pour s’éloigner et, bout au vent, me disperser à la poupe, puis rentrer au port, être à l’heure pour la messe à midi. »

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« Françoise… ne pas me compliquer la vie, ne pas entrer dans son jeu. »

Voilà ce qui était écrit dans son cahier d’écolier. Il savait bien, pour l’avoir vécu quand ils étaient ensemble, que sur son territoire, « dans son jeu «, dans sa dialectique, elle était imbattable. Roberto admettait avec une certaine admiration qu’elle y était même souveraine. C’est là qu’elle exerçait son pouvoir, qu’elle était pleinement manipulatrice. Redoutable.

Le plus difficile, il en convenait maintenant, avait été pour lui d’accepter qu’il ne pouvait pas s’expliquer, mieux, qu’il ne devait pas s’expliquer avec Françoise.

D’abord elle aurait dans une explication toujours le dessus. Elle maniait la mauvaise foi avec une dextérité rare. Ensuite, c’était précisément pénétrer sur son territoire. Enfin le silence était la meilleure arme, sinon la seule qui fut efficace. Ni la colère ni la violence ni le charme ni le désir ni la douceur ne pouvaient lui faire perdre de vue son dessein, son but final. Par contre, le silence la déconcertait, l’isolait. Elle perdait pied. Elle ne pouvait plus rendre l’autre coupable.

Aujourd’hui, après toutes ces années, Roberto ne se sentait plus coupable. Cependant il éprouvait le sentiment confus d’une responsabilité face à la “ dérive “ actuelle de Françoise. Simultanément il refusait de perdre son temps avec des discussions stériles qui ne l’intéressaient pas.

Qui ne le concernaient plus. Même Françoise ne le concernait plus. Elle faisait partie de son histoire, c’est tout. À ce titre seul elle serait là, c’était clair.

Il éprouva du soulagement.

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Un même texte pour les divers quotidiens et pour l’hebdomadaire de Ricardo ? Ou chaque fois un article-annonce différent dans la rubrique nécrologique ?

Un seul suffira, se dit-il.

« Roberto Espinosa vient de nous quitter à l’âge de quarante-sept ans. Foudroyé par… »

Tout à fait inexact. Je ne suis foudroyé par rien. Je m’éteins lentement. Rayons cela. Et puis ce début est d’une écrasante banalité.

« Un écrivain, un journaliste, quitte la scène du monde qui inspirait son talent. »

Nettement mieux. « Talent «, c’est trop ? Après tout, c’est sans doute vrai, parce que ce n’est pas moi qui me le suis attribué…

« Amoureux de sujets difficiles, féru d’histoire et de politique internationale, amateur de bateaux et d’épaves, il promenait sur la réalité de notre quotidien le regard à la fois malicieux et sans indulgence de son humour aiguisé. Vous aurez reconnu Roberto Espinosa. »

Là, ça va. Je peux continuer dans cette veine.

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Avec la mise en route de l’organisation de son après-mort, Roberto avait établi un ordre majeur dans les rapports avec son frère. Sa sœur Inès avait éludé la conversation, esquivé les rendez-vous. Cette fois, le hasard (?) s’en était mêlé. Il était entré à la bibliothèque de l’Académie d’Histoire alors qu’elle y effectuait des recherches pour son patron. Roberto était un habitué. Il l’avait donc aidée à trouver les références dont elle avait besoin, et ensuite invitée à déjeuner.

« — Inès, je te le demande, j’ai besoin que tu m’écoutes, je te le demande vraiment.

— Je sais, Roberto, que tu as des choses à me dire…

— Des choses que tu sais sans doute déjà, je n’oublie pas, tu me connais mieux que quiconque. »

Après l’accident des parents, c’est elle qui avait joué le rôle de mère pour lui, le » petit » frère. Il lui en était profondément reconnaissant, elle l’avait sauvé de l’horreur et du désespoir. Pourtant c’est cela même qui avait rendu leurs relations si difficiles par la suite, et maintenant.

« — Je vais mourir, dans pas très longtemps. C’est certain, inévitable. Tu dois l’envisager, tu dois l’accepter, je te le demande.

— … »

Muette, soudain, elle le regardait, immobile, le regard fixe, statufiée. Puis elle éclata en sanglots.

Il en fut allégé, il la consola.

Les festivités. Les menus. Et les vins. Pour le dîner de la veille au soir, les deux frères avaient hésité, léger ou non, plusieurs plats… et finalement opté pour une paella unique, qui pouvait rester au chaud s’il y avait des retardataires, dont chacun prendrait ce qu’il voudrait. Crème brûlée ou glace en dessert. Du rosé frais de la région. Ils convenaient qu’il était probable que les convives n’auraient pas faim, ce qui les fit beaucoup rire.

Le lendemain posait des problèmes variés, celui de la durée de la fête, étant de loin le plus imprévisible. La messe à midi donnait pour point de démarrage treize heures, treize heures trente. Il fallait un pot, ouvert à tous les présents à la messe et à ceux du village qu’ils fussent les invités directs de Roberto ou non. Un apéritif substantiel, qui durerait un temps. Il y aurait ceux qui ne pourraient pas tenir et qui s’en iraient. Ceux que le vin retiendrait. Ceux qui ne voudraient pas s’en aller. Impossible, malgré leurs efforts conjoints, de ranger les invités dans les catégories correspondantes. Ils revinrent au menu, les cafetiers s’arrangeraient avec les quantités, ils fourniraient au fur et à mesure.

Le pot : champagne, bouchées traditionnelles aux anchois, aux sardines, à l’omelette. Pour ceux qui préféraient, le vin dès le début : un vin blanc doux, le rosé léger de la veille, un rouge charpenté du centre du pays. «Mes préférés», avait souligné Roberto, » Normal «, avait ajouté Carlitos. Et ils avaient ri, comme des gamins complices et farceurs… qu’ils étaient.

Ensuite, vers quinze, seize heures, selon, on servirait les tables dressées : pain à la tomate, jambon de pays, friture, pommes de terre en robe des champs, fromage, diverses salades. Car il ferait beau, les tables des deux cafés se déploieraient sous l’ombre des platanes et des micocouliers, se rejoindraient à l’ardeur du soleil au centre. Les mêmes vins, le même champagne. De l’eau. Et puis du café, fort, beaucoup de café. Il y aurait des cigarettes sur les tables. Et de la musique, pour une fois les deux cafés diffuseraient la même… ils se regardèrent, rirent encore.

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C’est une affaire absolument prioritaire. MOI avec moi. Je ne sais pas très bien par quel bout prendre la chose. Par où commencer ?

Ce qui me vient, là, sans penser, est la question de mon image, à laquelle j’ai attaché tant d’importance, pendant si longtemps. Ne pas apparaître avare ni égoïste. Pourtant, ma nature profonde est bien égoïste et près de ses sous. Se corrige-t-on en soignant son image ? Peut-être est-ce un moyen, mais ce n’est pas la même chose que s’améliorer. Faut-il chercher à s’améliorer ? Ou à être le plus totalement soi ? Je sais maintenant que l’on porte en soi toutes les ressources. Que l’on se crée, d’une façon ou d’une autre. Image ou pas.

J’aurais pu mieux faire, certes, (et il est pris d’un fou rire en pensant à cette expression si souvent lue sur ses carnets scolaires et autres bulletins) mieux exercer mon métier, mieux écrire mes livres, mieux aimer… oui, mieux aimer… mes amis et leurs enfants, mes neveux, ma famille, Lucía… Lucía… et même Françoise… Luisa et son amour inconditionnel.

Mieux faire, est-ce le point essentiel ?

Il y a aussi les peurs. Peur de manquer (je me demande aujourd’hui “ de quoi ” ?), peur du lendemain (celle-la je ne l’ai jamais éprouvée), peur des femmes ? oui, longtemps l’image d’Inès, puis tous ces échecs affectifs et cette question lancinante : suis-je capable de procréer ? Aucune femme n’a porté d’enfant de moi.

Capable : vais-je être capable de ceci ou cela ? Capable d’être ? Comme tout cela est loin aujourd’hui. La solitude, la vieillesse et la maladie, longtemps et souvent craintes, sont devenues des amies, des parties de moi, des morceaux de vie.

Une certitude : si la déréliction cérébrale m’atteint, elle sera de courte durée.

Mon ego. Ah, cet ego. Quel embarras ! Toujours là quand on ne l’attend pas, intempestif, prétentieux, raisonneur. Le contourner, le dépasser. L’intégrer comme le reste. Aller plus profond en soi, me suis-je vraiment, honnêtement, posé la question de Dieu ? Ai-je accepté le silence, accueilli le “ grand silence “ ? Peur du vide au fond de moi. Autre certitude : Dieu est là, en moi, autour de moi, en toute chose, partout. Sous-jacent. Présent.

Il y a peu, j’esquivais encore, selon mon habitude, la spiritualité. Toute forme de spiritualité. Je reconnais mon intolérance — et mes fureurs — devant la bêtise, l’inconscience. Si souvent les “ ministres “ des spiritualités établies en sont l’image… Alors voilà, la colère. L’un des sept péchés capitaux. Avec l’avarice et la gourmandise, ce sont sans doute mes trois favoris… (Il se met à rire, il pense que trois c’est beaucoup, se souvient du catéchisme de son enfance, rit encore).

Je ne sais pas si c’est “ pour de vrai “  mais qu’importe, je me sens léger. L’un est tout, tout est un. Je décide de ma mort. Est-ce vrai pour chacun d’entre les humains ?

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Serait remis à chacun des présents à la messe un « In memoriam » avec sa photo et les textes suivants :

 

In Memoriam

« Ouvre-moi, ma sœur, mon amie,
ma colombe, ma parfaite !
Car ma tête est couverte de rosée,
mes boucles, des gouttes de la nuit. »
Le Cantique des Cantiques  (Quatrième Poème)

« Dieu n’a pas fait la mort,
il ne se réjouit pas de la perte des vivants.
Il a tout créé pour que tout subsiste ;
les créatures du monde sont salutaires,
en elles il n’est aucun poison de mort,
et l’Hadès ne règne pas sur la terre ;
car la justice est immortelle. »

Le Livre de la Sagesse  (I-13 à 15)

« Et l’amandier est en fleurs,
et la sauterelle est repue,
et le câprier donne son fruit,
tandis que l’homme s’en va vers sa maison d’éternité. »

L’Écclésiaste  (IV)

« La mort n’est pas
quelque chose qui se ferme,
mais tout qui s’ouvre. »

Roberto Espinosa

 

Juin 1991

Chaque soir, il pensait à la musique, celle de sa messe et celle de la fête. Il avait fait une liste de musiciens, avait ajouté Grieg, Albeniz, Hasse, Pergolesi, Hummel. En avait retranché. Hésitait pour le choix des textes, de la liturgie grégorienne, des chants de la messe.

Il vivait dans les musiques, y rêvait, mangeait, dormait, lisait, mais aussi sélectionnait et notait. Il alternait les genres et les instruments, inventait une symphonie concertante où chacun des quatre mouvements s’ajustait à un moment particulier de cette journée. Pas de rupture, une continuité émotionnelle qui reflétait sa vision profonde de ce déroulement, un autre lui-même dans la totalité de sa vie, incluant sa mort, et après. Le port, la messe, l’apéritif et la fête, quatre. Il enregistra tout sur une même bande, quand il n’eut plus d’hésitation.

Le port, l’ample vague du début du Concerto n°3 de Rachmaninov, puis les trompettes de Hummel dans toute leur gloire et les Suites pour violoncelle seul de Bach.

La messe débutait par le violoncelle de Marin Marais, lent jusqu’aux larmes. Et se terminait par les Chants de l’Extase d’Hildegarde Von Bingen.

Après, à la sortie, la place du village accueillerait ses amis avec Vivaldi, Farnace, l’air de Gelido in ogni vena où l’angoisse d’une voix de baryton de Furio Zanasi s’élève sur la basse continue des violons. Roberto pleurait chaque fois devant ce désespoir si calme si mesuré, si retenu qu’il en devenait insoutenable.

Puis se déroulerait la fête où Mozart et Paganini ouvriraient le passage au jazz et à la danse. Et toujours l’imprévisible durée. Il ferait beau.



9

Juillet- 21 septembre 1991

Il était apparu un mardi matin, le deux juillet, sans prévenir, devant la porte de la maison du domaine de Paco et Sofia. Son sourire toujours aussi chaleureux exprimait cependant, aux commissures des lèvres, une souffrance retenue.

« — Je peux venir ?

— Tu es toujours le bienvenu, Roberto.

— Oui, mais rester, je veux dire quelques jours ? Tu sais, ici, c’est le seul endroit où l’on ne me posera pas de question, ni si je dors ou ne dors pas ni sur ce que je mange ou ne mange pas ni sur ce que je fais ou pas. »

Il avait parlé d’une traite, sans reprendre sa respiration et s’était arrêté, immobile, pensif, doutant un peu de lui-même.

Paco avait eu le temps de l’observer et de remarquer sa pâleur, rehaussée par l’ombre des cernes, et le léger tremblement des lèvres.

« — Tu sais bien que tu es ici chez toi, que tu n’as même pas besoin de chercher ta valise puisque nous avons une taille identique, et que tu restes le temps que tu veux. C’est Sofia qui va être contente ! Nous parlions de toi, justement hier soir, et regrettions de ne pas t’avoir vu depuis tous ces derniers mois… Viens, entre, je vais faire préparer ta chambre. Un café ?

— Oui, merci Paco. “

La démarche hésitante de Roberto ne lui avait pas échappé.

La vieille demeure diffusait sa fraîcheur comme un havre au cœur de la fournaise de l’été : l’écorce des chênes verts et des oliviers crépitait tandis que la terre craquelée durcissait. Entre ombre et pénombre, les deux hommes silencieux buvaient à petits coups.

Sofia avait donné à Roberto une chambre qui ouvrait directement sur le jardin, protégée des bruits du reste de la maison par une partie de l’aile droite, mais proche des pièces où tout le monde vivait, la cuisine en particulier. Les deux enfants de Paco et Sofia avaient quinze et vingt ans. Roberto connaissait bien l’aînée, Victoria, et avait pratiquement vu naître Juan, le second. Aujourd’hui, ils avaient accueilli avec joie son arrivée car, au fil des ans, il était devenu pour eux une sorte d’oncle. À l’inverse de leurs oncles et tantes de sang, Roberto avait du temps à leur consacrer, des histoires à leur raconter, des inventions et des jeux à partager, des farces à monter dont les “ victimes“ étaient les amis des parents et parfois les adultes de la famille. Il y eut la fabrication des caramels contenant un puissant laxatif, il y eut le sucre dans la salière, le vinaigre dans la carafe de vin, et tout ce qu’on peut imaginer autour de ceux qui font paisiblement la sieste.

Chaque matin, Roberto marchait durant plus d’une heure ; les enfants, souvent l’accompagnaient. Avant même d’avoir remarqué ses cernes et sa démarche, ils avaient ressenti sa fragilité. Puis ils s’étaient rendu compte. Aussi, ils faisaient attention à ne pas le bousculer, lui prenaient la main, l’entouraient de leurs rires et de leur amour. Chacun séparément lui racontait sa vie, ses amis, ses peines de cœur, ses peines tout court, l’école. Ils étaient en vacances, ils avaient le temps et lui aussi.

N’y tenant plus à cause de la chaleur, Roberto avait demandé à Paco et Sofia s’ils pensaient que Victoria ou Juan seraient choqués de le découvrir chauve.

« – Je ne pense pas, dit-elle.

– Ils se rendent compte, ils sont habitués maintenant, ajouta-t-il »

Sa perruque était un supplice. Un matin il l’enleva donc en silence, tout doucement, devant les yeux ébahis des enfants. Victoria l’embrassa sur le crâne, émue, et Juan le caressa furtivement.

Son choix de promenades s’était porté sur deux parcours : le plus simple, qu’il prenait quand il se sentait fatigué, serpentait au milieu des vignes. Plat et ouvert, entre deux murets de pierres sèches, seulement deux zones d’ombre, cyprès pour l’une, chênes verts pour l’autre. Les senteurs fortes parsemaient l’air du matin.

L’autre montait et descendait parmi les pins dans la vibration de la résine et du chant des cigales. Là, la tête lui tournait parfois. Il s’asseyait sur le talus et observait les graminées, l’herbe, les aiguilles de pin et les pignes, et surtout la lumière dans son jeu chatoyant, multiple, dont le mouvement incessant l’émerveillait. Rarement la brise de mer manquait au rendez-vous. À l’heure du soleil dur, Roberto était rentré.

Les jours de pluie, cela dépendait de son sentiment intérieur et de l’état de ses forces. Pourtant il aimait le bruit des gouttes sur son chapeau de pluie, son visage humide, mouillé, ruisselant, les parfums de la terre, la terre qui fume.

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« — Viens voir, Roberto. Si, viens, tu verras, c’est une surprise formidable ! “

C’était l’après-midi. Roberto lisait dans le grand fauteuil du salon. Juan voulait absolument qu’il vienne voir cette surprise que les parents leur avaient faite, à lui et à sa sœur.

Et comme chaque fois, il faisait semblant de ne pas avoir envie, se faisait prier par jeu, pour le plaisir de les voir l’un ou l’autre insister, chacun à sa manière ; les enfants le savaient, par la lueur malicieuse qu’ils décelaient dans ses yeux, ils jouaient eux aussi.

Il posa son livre et ses lunettes. Suivit Juan jusqu’à l’étable, derrière la grange. Et là, dans un coin propre, tout nouvellement aménagé de l’autre côté des vaches, un grand box avec deux chevaux.

« — Pour une surprise, c’est une surprise, s’exclama Roberto.

— Tu vois, le bai brun pour moi, l’isabelle pour Victoria.

— Ils sont beaux, très beaux.

— Tu trouves ? Vraiment ? » Ses yeux d’enfant brillaient, éclats noirs intenses.

Roberto s’approcha. Il aimait les chevaux, mais les connaissait mal. Enfant, il avait pris des leçons dans un manège. Depuis l’âge de Juan, il n’était jamais monté.

Les chevaux s’entendaient bien, on sentait qu’ils avaient été élevés ensemble. C’est d’un même mouvement qu’ils appuyèrent leur ganache sur le rebord de la stalle. Ils étaient calmes, les naseaux ouverts à l’odeur de l’inconnu, oreilles mobiles, œil attentif.

« — Tu montes ?

— Quand j’avais ton âge, un peu. Depuis, pas du tout.

— Tu voudrais ? Essayer ? “

Roberto eut un élan intérieur, auquel il ne s’était pas attendu. Le bai brun l’attirait, un lusitanien, paisible, semblait-il. Pour toute réponse, il lui caressa le chanfrein et l’encolure. Il en parlerait à Paco.

« — Non, disait Sofia, tu ne peux pas accepter. Tu te rends compte ce qu’il risque. Il est trop faible.

— Écoute, il en a envie, très envie. Et puis les chevaux savent : regarde avec les enfants. Ils ne sont ni jeunes ni mal habitués. Mais c’est vrai qu’il a même de la difficulté à marcher. J’irai avec lui, et nous n’irons pas loin.

— Tu sais mieux que moi, mais je ne peux m’empêcher d’avoir peur. »

C’est ainsi que trois jours plus tard Roberto et Paco sortirent ensemble, à cheval. Paco l’avait aidé à se mettre en selle, à pied il les avait promenés un bon moment, puis il avait enfourché l’isabelle. La lumière de la fin d’après-midi était dorée, Juan les regardait s’éloigner depuis la barrière, il était heureux de sentir la joie qui soulevait Roberto.

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Victoria jouait du piano et faisait du théâtre. Elle poursuivait brillamment des études pour devenir interprète. Jolie, sans être une beauté à couper le souffle, elle possédait le don de l’empathie et un charme puissant. Ouverte, gaie, souriante, tout le monde l’aimait, elle apportait aux autres un optimisme calme.

C’est le soir, dans la bibliothèque, quand tous les autres étaient allés se coucher, que Roberto et Victoria prolongeaient leurs conversations.

« — Tio Roberto, ça n’est pas possible que l’argent soit la seule valeur, partout, pour presque tous les hommes !

— C’est pourtant ce à quoi nous sommes parvenus, dans notre société de consommation. Avec les notions de rendement, de compétitivité, d’évaluation quantitative. Mais il y a une réaction, Victoria, timide encore, pourtant forte et décidée. Chez les jeunes surtout. Le retour au temps consacré à la famille, le mouvement » slow «, les loisirs et le sport comme contrepoids à la » pression «, au stress professionnel, et surtout, surtout, cette tendance vers les techniques orientales, les médecines naturelles, les produits écologiques, la conscience de l’environnement à protéger.

— Tu vois beaucoup de progrès dans la protection de l’environnement, toi ?

— Non, concrètement c’est encore bien peu de chose, mais la conscience est nettement plus ouverte, plus répandue. Une masse critique d’humains conscients doit être atteinte pour que les choses changent.

— Mais les médias, partisans, hypocrites, vendus à la publicité et au pouvoir quel qu’il soit, sont des manipulateurs ?

— C’est en partie vrai, et trop souvent. Cependant ils sont aussi gagnés par la “ tendance “, par cette apparition et cette montée d’une conscience différente, ils ne peuvent pas résister à certains courants et au nombre. »

Roberto se disait que Victoria avait besoin, pour continuer à vivre ce merveilleux optimisme, d’une cause pour laquelle se battre et dépenser son énergie, et aussi d’un fondement pour asseoir sa volonté. Pour croire en elle-même, en l’avenir. Son inquiétude, sa quête le touchaient plus qu’il n’osait se l’avouer, parce qu’il se trouvait, précisément en cet instant de sa vie, proche du Grand Passage.

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Roberto lisait, rêvait en lisant, songeait. Pour quelqu’un qui l’aurait observé de l’extérieur, il n’était en cela ni méthodique ni consciencieux. Il folâtrait plutôt. Il se fatiguait vite d’un sujet comme si, à peine abordé, il en voyait le développement et la conclusion. Comme si les étapes du raisonnement logique devenaient sans objet. Comme si le temps, auparavant étiré, maintenant se concentrait, se ramassait, prêt à bondir.

Bondir ? Je viens de penser bondir. C’est exact, le temps est sauvage. Il dort, il est aux aguets, il épie ou veille, il chasse, il bondit soudain pour courir contre le vent. Le temps est un félin aux yeux d’or.

Sa lecture grappille chez Montaigne et Gracq, Diderot et Garcia Marquez, Hugo et Rabelais, Tintin et Le Clézio, Le Dernier des Mohicans et Sepulveda.

Ce sont des lumières ici ou là, des phrases de lumière tels des jalons, sortes de flèches ou de lances qui me transpercent sans préavis. Je vois le trait tendu de leur trajectoire, puis ressens l’impact. À l’inverse d’une blessure, il opère comme un baume, un allègement, une joie.

Au fil de ce déroulement incertain, Roberto rejoignait son unité profonde, plongeait vers la mer étale de sa sérénité.

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De même, la musique. Il oscille entre les Sonates de Domenico Scarlatti et les Cantates de Bach. Loin du temps où il s’attachait aux structures des Cantates et aux architectures des Sonates, il se laissait porter, ne distinguait plus s’il était entré dans la mélodie ou si celle-ci avait pris possession de lui, découvrait un monde différent au cœur de son silence intérieur. Chaque note, chaque sonorité, détachées et pourtant intimement mêlées, vibraient dans le nouvel espace de sa vacuité.

Je perçois une brise fraîche sur mon visage. Douce, qui m’effleure.

Limpide, puissant est le son, d’une étrange transparence, soie, velours.

Je me sens bien, calme.

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Les jours passaient. Roberto était entré dans le rythme de la maison. Et les habitants de la maison respectaient ses temps. Il montait à cheval une fois par semaine, jamais seul, Paco l’accompagnait. Le bai brun était devenu son ami. Sa marche quotidienne, un peu de musique, de la lecture. Il faisait régulièrement la sieste. Somnolait souvent dans le grand fauteuil du salon. Avec conscience et régularité, il prenait les médicaments de Pavanès, suivait à la lettre les recommandations pour la nourriture. De fait, son angoisse des premiers jours s’était estompée. Chaque matin, il se réveillait avec la sensation d’avoir plus d’énergie. Pourtant ses forces diminuaient au long de la journée. Il parlait avec Victoria le matin maintenant.

Luisa vint le rejoindre. Elle lui avait fait la surprise.

« — Je savais que c’était toi. J’ai senti ton parfum dès que tu es entrée, alors que je somnolais. Quel bonheur ! Merci, Luisa, merci.

— Ne me dis surtout pas merci. Il a fallu que je me retienne de ne pas venir plus tôt. Je savais que tu avais besoin de cet espace de tranquillité, ici, avec eux. Je te sens mieux, je te vois en meilleure forme.

— C’est vrai, mais je me fatigue vite. »

Elle ne répondit pas. Elle ne voulait pas pleurer, elle ne voulait pas qu’il sente sa peine, qu’il puisse croire à un reproche de sa part, non ça jamais, elle pensait qu’elle n’avait pas le droit de lui reprocher quoi que ce soit, mais elle ne pouvait pas supporter de le voir ainsi, tout simplement elle ne l’acceptait pas.

Elle était repartie le lundi, de bonne heure.

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Tôt le matin — il se réveillait avant tout le monde depuis déjà plusieurs mois –, Roberto avait pris l’habitude de méditer. En réalité, il ne savait pas bien ce que ce verbe signifiait concrètement. Il avait, comme beaucoup, suivi des stages de yoga, des séminaires de méditation, observé des gurus, lu des livres sur le sujet, essayé de mettre en pratique des manuels. Il ne savait toujours pas si ce qu’il faisait méritait d’être appelé méditation. Avec humour, il n’en avait cure.

Bref, tôt le matin, il s’asseyait confortablement dehors, une couverture sur les épaules, laissait aller ses pensées en suivant des yeux les nuages dans le ciel, respirait les odeurs du jardin en essayant de les distinguer, écoutait le chant des oiseaux avec le lever du jour. Il regardait les mouvements de la nature, une branche, une feuille, les herbes, les fleurs. Le réveil des plantes, des insectes, des oiseaux dans la rosée qui commençait à scintiller. Puis son regard coulait vers un ailleurs inconnu, il était immobile, en équilibre, il n’aurait su dire sur quoi ni où. Là, comme sans appui, intensément là sans pouvoir sentir désormais son corps, sans plus pouvoir identifier quoi que ce soit, perdu dans telle trille infiniment prolongée, dans un éclat de lumière insondable, dans la senteur des pins qui brisait le froid, là il était.

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« — Ils sont plutôt bien, Victoria et Juan ?

— C’est vrai, lui répondit Sofia, nous avons jusqu’à présent échappé au pire, on peut compter sur eux, leur faire confiance, leurs vrais amis sont comme eux, cœur ouvert, généreux, idéalistes. Le point délicat est qu’ils recherchent une cause, un modèle en-dehors de la famille, et là on trouve des rôdeurs de la foi, qu’ils soient faux ou vrais gurus, commerçants de spiritualité en tout genre, adeptes de Katmandou ou d’ailleurs.

— Tu y vas fort !

— Je ne parle pas de tous, je veux dire ceux qui se servent de la religion ou du mysticisme pour manipuler les jeunes, en tirer profit pour leur ego ou pour leur bourse. Ils ont la voie facile car du côté officiel, de la politique, des arts, des gens connus, on ne remarque pas grand monde de qualité. Les autres jeunes qu’ils côtoient hors leurs amis proches s’identifient à des figures du show-biz, des séries télévisées, du cinéma, du sport.

— Là, tu as raison, ce sont les nouveaux héros, avec quelque politique, terroriste, astronaute ou ambassadeur de la paix, ou encore une Mère Teresa. Tout est mélangé…

— Voilà ! C’est cette confusion qui m’effraie. Comment affiner leur discernement si nous-mêmes, parfois, nous nous laissons prendre à des discours fallacieux ? »

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Je ne sais pas comment le lui exprimer car elle est trop impliquée dans le mouvement : elle doit faire confiance à la Vie. Pour l’éducation, à quinze et vingt ans, il est trop tard. Pour la protection aussi — sauf la surveillance discrète de leurs relations. C’est l’exemple que Paco et elle ont donné depuis l’enfance qui seul compte, avec la confiance. Confiance en eux-mêmes, confiance en les enfants, confiance en la vie…

Et confiance en la mort, qui est aussi la Vie, mais ça,… difficile à dire.

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Un autre jour, Paco lui avait demandé à brûle-pourpoint :

« — Tu te sens comment ? »

Il le regardait direct, droit dans les yeux, c’était une question pour de vrai. Ils étaient tous les deux assis dehors, sous la tonnelle, devant le jardin qui fuyait devant eux, le bassin et les fleurs, l’allée de cyprès et, derrière, les champs, les chaumes et les oliviers jusqu’à l’horizon. Par le vent léger, tout ondoyait sans cesse, frémissements, vagues, balancements doux.

« — J’ai tout préparé, organisé les choses à ma façon… Il y a l’inévitable imprévu… Il y a l’inconnu… Je sens que je suis prêt… mais sait-on jamais ?

— Bientôt ?

— Oui, je pense… oui… je crois. »

La voix de Roberto était si tranquille que Paco ne pouvait plus parler ; son regard clair, loin au-delà, ses yeux souriants l’émouvaient profondément. Qu’y avait-il à dire ?

Au cœur de leur silence la brise d’été, la vapeur du café brûlant, les bruits du domaine actif, des voix dans le lointain, un aboiement…

Le mois de juillet touchait à sa fin. Le moment était presque venu.

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Il était rentré début août dans son appartement. Luisa est là. En vacances. Les enfants dispersés, un en voyage, les deux autres chez des amis. Julio est resté, prétextant du retard et deux patients délicats…

Le rangement des papiers, déjà bien classés, ses notes, ses recherches, « Les Aventures de Giovanni Malicornio » achevé, ses manuscrits, prennent une partie des matinées. Luisa fait quelques courses pendant ce temps-là. Il sort peu. Déjà, fin juillet, il avait dû renoncer au bai brun et raccourcir ses promenades. Il s’oblige à marcher chaque jour, tôt, quand il fait encore frais. Luisa l’accompagne, il la sent tendue, inquiète.

Julio entre à l’improviste, cet après-midi-là. Regarde longuement Roberto. Puis Luisa.

« — Luisa… te rendre à l’évidence…

— Non !

— Si, Luisa. Roberto s’en va. Il nous quittera bientôt…

— Non ! »

Roberto s’approche et prend sa main, elle tremble. Il est muet, une boule dans la gorge, il encourage Julio d’un regard. Elle a son visage fermé, cet air buté, lèvres pincées, menton en avant.

« — Tu veux l’aider, ton Roberto, le soutenir ? »

Elle acquiesce de la tête. Là, d’un coup, elle ressemble à une petite fille qui se retient de pleurer. Cela l’émeut à la puissance d’une déferlante, le nœud descend, bloque l’œsophage, l’estomac, les jambes, puis remonte, les poumons, le cœur, à peine peut–il respirer. Il serre sa main à la briser. Elle ne sent rien, semble-t-il.

« — Accepte, Luisa. Il est temps. Je t’en prie, accepte sa mort. »

Elle fait signe que oui. Puis, doucement, bascule vers Roberto, pose son épaule contre sa poitrine, sa tête entre son cou et sa clavicule, s’abandonne soudain sans force, de tout son poids, les yeux fermés.

Dans le silence total qui se dilate entre eux et autour d’eux, occupe tout l’espace, étire leur souffle jusqu’au néant, une larme s’échappe de sa paupière close, glisse sur sa joue, roule lentement au bord de son menton, s’immobilise, perle d’amour au bord du vide.

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Ils sont allés dans son village. Ils marchent dans la garrigue et le thym chauffé, au milieu des odeurs, des abeilles, des murets de pierres sèches. Elle n’a pas souri depuis l’autre jour. Alors il fait le pitre, lui raconte des histoires idiotes avec des mimiques impossibles. Elle éclate de rire. Il la prend dans ses bras. Ils s’embrassent comme s’ils avaient vingt ans.

Ils évitent la plage et tous les gens. Il est encore trop tôt pour que la place du village soit envahie, ils y vont et s’assoient chacun à une table d’un des deux cafés, au centre, là où elles se touchent presque. Ils font semblant de ne pas se connaître, il lui parle du temps en lui tournant le dos, elle rit, subitement il lui fait une déclaration d’amour, se retourne, elle est devant lui, le visage baigné de larmes, se jette dans ses bras.

Roberto regarde la place, les cafés, les platanes et les micocouliers, le parapet qui borde le parvis, les tours et la façade de l’église et leur ombre qui diminue. Ils écoutent, main dans la main, les oiseaux, les bribes des conversations des cafés, les chiens, les poules d’une voisine, la radio d’une autre. La chaleur déjà fait trembler l’air.

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Luisa avait décidé de ne plus le quitter, de ne pas retourner travailler après les vacances. Elle s’arrangerait avec son patron, sinon tant pis. Elle n’avait rien dit à ce sujet, il avait pourtant deviné.

Ensemble ils avaient revu les dispositions légales qu’il avait prises il y a quatre ans. Il n’y avait rien à dire, rien à redire. Elle était surprise par leur précision, leur justesse, leur équité.

« — Tu ne t’attendais pas à ma méticulosité dans ce domaine ?

— C’est vrai, je pensais que ces affaires-là t’ennuyaient copieusement.

— Très juste, mais pour une fois… »

Ils riaient tout en sachant qu’il n’y en aurait pas d’autres, lui se sentait léger, elle… ce pincement violent dans la poitrine.

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Ricardo, son fils Santiago et Roberto, à la barre, filent à plus de dix nœuds par vent arrière, brise moyenne, peu de mer, soleil voilé.

Le ketch roule à peine, parfois, quand une vague plus importante les rejoint et ondule le long de la coque noire. Une brume ouatée couvre la mer. Le cliquetis des drisses, la vibration des haubans, le craquement du mat et de la baume, le grincement des poulies d’écoutes, du hale-bas et du tangon leur parviennent étouffés, lointains. Roberto ne sait plus très bien où il est, les autres non plus, c’est un peu comme s’ils volaient, portés par des ailes ocre, immenses cerfs-volants messagers des secrets de la mer et du vent.

Imperceptiblement, ils pénètrent le mystère insondable de la vie, ce temps où le temps n’est plus, où mourir avant de mourir dévoile la mort, révèle qu’elle n’existe pas, où règne un espace infini frémissant de lumière.

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Ils avaient passé en revue, Carlitos et lui, mais cette fois avec Luisa, l’organisation du jour J et de la veille au soir. Elle était stupéfaite, ne disait mot, yeux agrandis. Elle se rendait compte qu’elle ne s’était doutée de rien parce qu’elle était restée enfermée dans le refus de sa mort, dans sa lutte, dans sa propre réalité. Elle ne l’admirait et ne l’aimait que davantage.

Là non plus, il n’y avait pas grand-chose à dire, à ajouter. À Carlitos le soin de confirmer les dates possibles quand il verrait sa fin approcher, puis de les fixer le lendemain de sa mort. La charge aussi de prévenir chacun des cent onze invités.

Parmi eux, Lucía. Roberto était ennuyé de n’avoir pas encore trouvé comment l’informer. Carlitos n’avait pas d’idée. Ce fut Luisa qui se rappela qu’elle avait eu un enfant à Lima, lequel devait forcément être inscrit au consulat d’Espagne. Elle connaissait quelqu’un au ministère des Affaires Etrangères.

« — Je vais me débrouiller. Je m’en charge.

— Tu es sûre ?

— Absolument. »

Elle avait dit ce dernier mot avec une douceur, un sourire et une caresse de sa main sur son cou tels qu’il devenait un » je t’aime » en même temps qu’une promesse d’honneur dans toute sa fermeté.

Elle se chargerait aussi de demander à Ricardo qu’il conduise le ketch au port du village et accepte à son bord les vingt-cinq invités désignés.

Les programmes alternatifs concernaient surtout le vent et l’état de la mer, car Roberto était certain, mais absolument certain, qu’il ferait beau. Et aussi — Carlitos avait demandé à Luisa de les laisser seuls dix minutes — prenaient en compte la durée de l’incinération et le retard éventuel.

Si pas de vent, au moteur avec le foc à plat. Si trop de vent, à Ricardo de décider s’il y allait ou pas avec le tourmentin. Et les vagues ? En cas de mer forte, au plus cinq invités au pied marin capables d’aider à la manœuvre. Roberto les nomme, Carlitos prend note.

Si le ketch ne sort pas, alors une barque de pêche.

« — Je m’arrange, ne t’en fais pas », dit Carlitos avec assurance.

Roberto est soulagé.

Reste le retard possible. Aucun des deux n’a de solution de rechange.

Luisa revient. Il est fatigué.

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Quelques jours plus tard, il voulut revoir la musique. Avec Luisa. Carlitos s’occuperait de la question d’un appareil portable assez puissant, avec deux jeux de batteries de rechange. Et la bande, il suffisait de la faire passer.

Il tenait cependant à la vérifier, à la ré-écouter. Qu’elle lui dise ce qu’elle en pensait.

Premier mouvement, pour le port : une amplitude dont la profondeur allait croissant avec les Suites pour violoncelle de Jean-Sébastien Bach.

Second mouvement, la messe : Pergolesi et son Stabat Mater introduit par une pièce brève de Marin Marais, la liturgie soutenue par le grégorien, une Cantate de Bach après l’Agnus Dei, et les Chants de l’Extase depuis la communion jusqu’à l’Ite misa est.

Troisième mouvement, l’apéritif, Vivaldi : l’aria Gelido in ogni vena de Farnace, « je sens couler dans mes veines un sang gelé “ l’extrême douleur au cœur de l’homme, ensuite une partie de l’Automne, puis Haendel Splenda l’alba in oriente, puis…

Il dut arrêter le magnétophone. Et bercer Luisa qui étouffait sous les sanglots. Dès le début, elle avait commencé à pleurer, elle n’en pouvait plus. Roberto pleurait doucement, depuis Farnace. Il y avait encore Scarlatti et surtout le quatrième mouvement, très long, la fête.

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Le mois d’août s’achève. La fatigue le submerge. Marcher est un effort considérable, qu’il ne peut plus faire qu’un jour sur deux, et de moins en moins longtemps, de plus en plus appuyé sur un bras attentif : l’un ou l’autre des garçons de Luisa, Carlitos, Alejandro, Paco, Ricardo ou son fils Santiago.

Se lever, s’habiller, se déshabiller, se coucher et la salle de bains : l’inexorable chemin vers la dépendance se confirme. Il peut encore prendre ses repas à table — de si petites quantités de nourriture ! — et manger seul.

Je sens que bientôt lever une fourchette ou une cuillère, ou un verre ne me sera plus possible. J’ai renoncé à couper… couper quoi ? il n’y a rien à couper dans mon assiette…

Il se met à rire, la situation, sa réflexion lui paraissent cocasses. Puis il ouvre ce petit ouvrage relié qu’il avait découvert l’année de ses quinze ans dans la bibliothèque de son grand-père et qui ne l’a plus quitté depuis : Récit des temps légendaires par Jean-Baptiste Ezram, 1827, auteur à propos duquel il n’avait jamais pu découvrir le moindre indice. Il lit :

« Un jour, le roi demanda au sage pourquoi il ne l’était pas. Et celui-ci lui répondit : — Sire, vous vous pensez différent. De ce fait, vous êtes séparé. Séparé des hommes et de Dieu. Or, l’homme est à Dieu ce que la vague est à l’océan. Et rien ne sépare jamais la vague de l’océan. “

Roberto referme le livre et promène un doigt fatigué sur le cuir usé de la reliure. Ses yeux las ne sont posés sur rien, il entre en lui-même.

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Survient ce qui se passe parfois depuis quelque temps. Il voit et il ressent les êtres aimés, les vivants comme les disparus. Et les vivants, qu’ils soient loin ou simplement hors de vue.

Je les vois, nous nous parlons. Toutes sortes de conversations, des sujets les plus futiles aux plus élevés. De la façon la plus naturelle. Pour les disparus, ces dialogues sont chose simple, dont l’évidence va de soi. Les vivants, eux, sont troublés. Certains choisissent d’oublier sitôt le bavardage terminé. D’autres peu à peu s’habituent. D’autres entrent dans le jeu sans façon : mes visites leur font plaisir, je sens que je leur manque si je ne viens pas les voir.

Je ne sais absolument pas comment cela s’est produit. Ni arrive à me souvenir avec précision de la première fois. Je crois qu’il s’agit d’une dilution des frontières. Le trouble compréhensible des vivants requiert de ma part du tact, de la prudence, le respect de l’autre. Avant d’engager la conversation, avant de me rendre présent ou visible, je demande la permission. Qui m’est quelquefois déniée. Attendre et choisir le moment juste.

Avec Lucía, j’ai attendu d’avoir la certitude que Luisa l’avait mise au courant de ma maladie, de ma fin prochaine, de mon désir qu’elle soit présente au jour J. Seulement alors je me suis approché. Doucement. À petits pas. Parlant à peine. Elle est toujours aussi belle, avec cependant un soupçon d’amertume au coin des lèvres et un voile ténu à l’angle du regard. Son fils est beau. Grand pour six ans accomplis.

Elle a commencé par refuser, puis a lentement fléchi comme quelqu’un qui s’affaisse vaincu par la chaleur, la fatigue ou l’émotion. La maternité, la vie parfois difficile au Pérou l’avaient ouverte à d’autres réalités, et au pardon, nécessaire à la vie.

Je lui parle maintenant. Elle me répond. Notre amour est là, intact. Insensiblement…

« — Voilà, Lucía, quelle est l’exacte vérité. Notre vérité. Tu sais maintenant comment je l’ai ressentie. Tu sais aussi que j’ai conscience de la manière dont tu l’as vécue.

— La trahison, Roberto, le pire du pire. Je ne pouvais y croire, et j’y ai cru. C’est que je ne t’aimais pas assez pour penser que tu en étais capable. Oh, Roberto… et maintenant…

— Sois en paix, Lucía, tout est bien. La mort est un cadeau, ce n’est en aucun cas une tragédie et toutes les “petites morts“ de la vie sont aussi des cadeaux. »

Lucía est en larmes. Je sens son désarroi, comme la plainte d’un animal blessé perdu dans la nuit, et pourtant ma peine profonde est paradoxalement légère, sans doute parce que mes forces diminuées laissent davantage d’espace à l’énergie de lumière. Une porte et, derrière, le temps aboli. La mort n’existe pas.

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On était maintenant en septembre. L’été avait basculé. Roberto s’affaiblissait chaque jour, ses forces déclinaient comme une irrésistible crue.

 

 

«  Tout ce qui te survient t’est destiné, dès l’origine, et c’est bien ainsi. »

Marc-Aurèle

 

 

Il avait dit à Luisa qu’il entrerait à l’hôpital le jour où il ne pourrait plus lever son couvert.

On était le 11 septembre, un mercredi. Il n’eut pas même à lui faire signe. Elle s’était approchée, doucement, avait pris la cuillère à sa place, soutenu son cou et sa tête de son autre main, caresse, appui.

Elle lui avait demandé ce qu’il voulait emporter.

« — Mon pyjama bleu, le livre d’Ezram et mes lunettes. Voilà.

— Pas de photo ? ni ton réveil ?

— Inutile, tous ceux que j’aime sont en moi, plus vivants qu’en photo. Et aucun besoin d’heure. »

Le lit était blanc, il n’y avait pas de métal chromé dans sa chambre. La fenêtre donnait sur un jardin dont on n’apercevait que la cime d’un grand tilleul et les fuseaux sombres de trois cyprès sur un grand rectangle de ciel. Les bruits de la ville lui parvenaient comme des pétales effeuillés de marguerite, dissociés, dispersés, assourdis. De même, sa pensée, lente, flânait au long de sentiers sinueux qui conduisaient à des clairières. Le sous-bois était nimbé d’une lumière indéfinie dont la douceur donnait l’impression de flotter. Une bienveillance le gagnait, le faisait sourire en pensant à son ego, ce personnage fanfaron qui se voulait un autre lui-même, aux trois péchés capitaux qu’il revendiquait, à cette interrogation sur sa capacité de procréer, devenue sans objet. Il se regardait sans complaisance, mais avec la tendre indulgence d’un grand-père pour son petit-fils.

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Dimanche il cessa de s’alimenter. Pavanès était là, disert, affectueux. Il racontait des anecdotes de sa vie errante, avait fui deux pays en guerre, la Pologne puis le Liban. Il était gai, Luisa et Roberto riaient. C’était son cadeau, sa manière de dire au revoir. Son énergie donnait à ces instants d’affection une saveur d’été.

Les journées suivantes, il s’allège. La nuit et le jour se mêlent. Les êtres aimés sont là, entre somnolences et veilles, il est maintenant au cœur du cœur du passage.

Julio est dans la chambre, ils se sourient, ne parlent pas. Qu’est-il besoin de mots ? Il prend Roberto aux épaules. Ils se regardent, droit, yeux dans les yeux. Longtemps.

Il se laisse aller, il vogue sans voile ni gouvernail, au gré de vents inconnus et de courants occultes. Il s’abandonne, soutenu, entouré par une sorte de nuage, il sent à peine son corps, parfois. Ce corps qu’il discerne rempli de cœurs de différentes dimensions, une multitude de cœurs reliés entre eux, des millions de petits cœurs secondaires et tertiaires et… qui battent, pas toujours à l’unisson.

Là. Elle est là. Elle le regarde bien en face de ses yeux jaunes. Son regard presque souriant a perdu sa dureté de métal. À la place du souffle glacé une brise de printemps, des senteurs de primevères. La mort est aussi la vie.

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Sa respiration devient difficile. Il ne semble pas s’en rendre compte. À nouveau la ronde lumineuse des êtres aimés, il se sent heureux, tel un funambule du temps.

Roberto s’est mis à compter. Comme quelqu’un qui ferait la liste des affaires qu’il doit emporter dans sa valise. Mais que compte-t-il ?

C’est venu comme tout le reste ces derniers temps, sans que je sache comment. Je compte les moments.

Oui, les moments. J’ai été surpris, c’était impossible à prévoir. Un inventaire…

Les instants magiques. Tel lever du jour sur l’immense plaine de l’Euphrate, tel coucher de soleil sur le Pacifique et le rayon vert, le désert des mirages de midi, le colibri et la fleur d’ancolie, la cime des arbres contre le ciel, le sourire édenté du mendiant à Delhi, le regard de cet enfant Masaï, la tempête en plein océan, la nuit, la courbe parfaite du vol de l’albatros, de la dune du Sahara, des seins de Lucía, de la vague, de la lame effilée du yatagan, du temps disparu et du présent éternel.

Les rencontres aussi. Les vraies rencontres. Et les moins vraies qui surgissent de je ne sais où ? Apparitions d’êtres innombrables au point que je me demande : Oubli — illusion ? Oubli indispensable à cette vie telle qu’on la vit ? Rencontres si souvent éphémères, fugitives, parfois furtives, les regards se tiennent, ont plongé dans un bref intervalle, le tissu d’une jupe frôle un pantalon, la peau d’un bras effleure le dessus d’une main, le sillage d’un parfum atteste une présence évanouie, une silhouette fugace dans un miroir, le reflet d’un visage dans une vitrine…

Je compte les joies fortes, Lucía à l’angle de la rue, Luisa dans sa douceur de félin, les instants miraculeux où l’on est suspendu, souffle arrêté, où tout est possible, soi et l’autre, la couleur des blés, le vent. Je compte les peines indicibles où l’on se sent trahi, impuissant, misérable, inutile, où l’on se sent n’être rien.

Et les moments infimes, ces détails fondamentaux, ces fils ténus, ces choses, ces êtres, ces sentiments, ces bonheurs si fragiles et pourtant si forts.

Je compte… Je ne compte plus.

Roberto soupire, sourit, rêve. C’est un fil qui se prolonge sans fin, l’espace s’évapore, il est assailli de bonheurs et de souffrances.

Il se trouve au centre d’une foule dont chaque visage lui est familier.

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Françoise est venue, c’est Luisa qui lui a ouvert la porte et a mis un doigt sur ses lèvres car il somnolait. Avec infiniment de douceur, elle s’est approché de lui, et pendant quelques instant lui a offert une imposition de mains, au niveau du coeur. Puis elle s’est mise à trembler, est allée s’asseoir et s’est lentement endormie dans le fauteuil, comme on ferme la porte de l’armoire dans laquelle on se cache, sommeil refuge. Il s’est alors réveillé, l’a regardée, a cligné de l’œil vers Luisa, ils ont souri.

Quand plus tard Françoise est repartie, il a fermé les yeux.

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Je décide de ma mort. De ma propre mort. Chaque être humain de même. Je suis là, Luisa est près de moi. Mais je voyage déjà. Ai-je jamais cessé de voyager ?

Des chants et des sons tintent à mes oreilles. Par eux mon corps s’allège et se creuse du dedans. Les vibrations s’amplifient, pénètrent mon corps comme une maille, le transpercent et se propagent, coulent le long de mes veines, de mes muscles, de mes os, zigzaguent en tous sens interférant entre eux. J’éprouve la sensation simultanée de cercles concentriques et de résille, comme les réseaux des éclairs d’orages l’été. Peu à peu les vibrations s’ordonnent.

J’ai perdu la notion même du son, je suis au-delà, les sons me portent, m’enveloppent, ont pénétré mon corps tout entier jusque dans ses plus infimes particules, jusque dans son vide le plus profond. Pensée anéantie. Stylets des sons.

Puis la lumière. Qui entre en résonance avec les sons, eux-mêmes en forte résonance. Qui dure. Une résonance amplifiée par les autres résonances entrant en résonance entre elles. Vibrations multipliées de la lumière et du son. Fourmillement intense, puissance d’un plaisir doux.

Brusquement plus rien. Un silence muré, sourd, opaque et plein. Profondeurs abyssales. Espace interstellaire. Intervalles galactiques.

Ténue, une vibration harmonisée subsiste en moi, sonore et lumineuse, rémanence des sons évaporés et des lumières évanouies.

En moi ? Je n’ai plus de contour, plus de frontières, la gravité a disparu, je ne sens aucun appui, je flotte, je vole sans voler. Une apesanteur où j’ai perdu toute substance, pourtant je perçois la présence attentive et concentrée de Luisa, j’entends tous les bruits, je suis totalement là et mon corps n’est plus.

Cette vibration subtile qui perdure est le cœur de mon essence. Je me sens immensément vaste dans cette totale absence de densité. Vaste à l’infini. Les yeux clos il me semble que je vois tout sans voir, que je sais tout sans savoir. Il n’y a qu’Amour.

Bain d’amour, immensité d’amour, autour et en moi-même devenu si vaste, moi qui ne suis plus moi seul, mais moi-uni, re-lié, moi et Tout, UN.

Moi qui ne suis plus moi, et toujours moi simultanément, moi dissous et partout. Limites abolies.

Du visage de Roberto émane la soie de l’innocence. Il ouvre les yeux. Une lumière diaphane s’est emparée de son regard et de son sourire. Une jeunesse légère, une étrange pureté habitent ses traits. Habitent son âme.

Luisa s’est approchée de ses lèvres, très près. Il parle tout bas.

« — Je les vois. Ils sont là. Ils m’attendent. Ceux que j’aime et qui ne sont plus ici. Je les rejoins. Il n’y a qu’Amour. L’absolue vibration de l’amour. »

Elle embrasse son front serein. Il ne respire plus. Elle ne pleure pas, elle est inondée de sa lumière à lui, la lumière de là-bas d’où il l’aperçoit encore, la lumière de l’amour. Il sent qu’elle le regarde du fauteuil où elle s’est assise et là-bas son autre cœur à lui qui bat toujours se serre. Il pleure avant elle.

Il est sept heures du soir, le samedi 21 septembre. Le soleil vient de disparaître derrière les collines qui surplombent la ville.

Sous le pyjama bleu de Roberto on distingue un foulard turquoise.



VOLUME 2
MOI

10

26 et 27 septembre 1991

Jeudi 26 septembre. La route, dans le soleil de la fin de l’été, parmi les vignes roussies, s’étirait dans une durée immobilisée par cette étreinte qui serrait ma poitrine, mon désir impatient d’être demain, les souvenirs de Roberto qui m’assaillaient de toutes parts.

La nuit m’avait surpris, je m’étais un peu perdu dans le lacis des petites routes. Voilà que m’approchant des lumières du village, ne sachant trop où aller vraiment, j’aperçus cette grande tablée sur une terrasse dehors, presque silencieuse, avec tout ce monde autour parlant très bas.

Il était tard. Je m’approchai. Quand l’un ou l’autre parlait, c’était d’une voix feutrée, assourdie. On me fit des signes de tête. Des sourires esquissés. Pas un seul visage connu. Je me présentai, à chacun, en faisant le tour, la voix sourde à l’unisson. Une angoisse m’avait gagné, l’étreinte devenue étau, je goûtai à peine la paella qu’une femme brune et sévère m’apporta fumante. Il y avait les boulimiques, les sans appétit. Je bus du rosé. Une gêne était installée. Le temps s’épaississait. Après la crème brûlée, avant le café, je pris congé, d’autres se levaient, s’étaient levés déjà. Pas plus que moi, ils ne semblaient se connaître.

Je repris les petites routes pour chercher le village où somnolait l’auberge dans laquelle j’étais censé dormir. Que je trouvai enfin. La campagne était muette, le ciel parsemé d’étoiles, sans lune, le lit craquait, le sommeil ne vint pas.

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J’avais dû m’assoupir car le téléphone du réveil me fit sursauter. Tellement de choses se bousculaient dans ma tête, et en moi. Ce que nous avions vécu avec Roberto était inscrit dans la collection formelle de mes souvenirs, mais aussi dans mon corps individuel et dans la mémoire collective de notre cellule familiale. Tant d’émotions mêlées depuis la décision d’être là, la route elle-même, le dîner, l’insomnie.

Je regardai ma montre. Déjà sept heures. Il fallait que je fasse vite si je voulais arriver à temps pour l’incinération. J’y tenais.

Il ne fut pas question de régler l’aubergiste. Roberto avait tout pris en charge. Pour chacun des invités. Auquel fut remis un objet personnel ou un livre de sa bibliothèque. Choisi par Roberto avec un soin particulier.

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Devant le bâtiment, il y avait cinq voitures. La famille était installée sur les trois gradins d’en face. En bas, au centre, le cercueil en bois clair couvert de fleurs blanches. De notre côté, sur les gradins réservés aux amis, nous étions quatre. Je crus reconnaître quelqu’un du dîner, nous échangeâmes un signe bref.

J’arrivai sans doute le dernier parce qu’après moi une sorte d’huissier vêtu de noir, cravate noire, moustache noire, avait fermé de lourdes portes. Les hauts parleurs diffusaient une musique à tendance sacrée que je ne pus identifier. Un prêtre au col dur s’approcha d’un pupitre, lut un évangile de saint Luc, je crois, je ne me souviens plus bien. Puis, avec son goupillon bénit le cercueil.

Là, j’étais soudain vidé, un grand trou s’était ouvert au centre de mon corps, j’eus froid.

Je voyais le cercueil glisser sur des rails vers le mur, nous écoutions maintenant de l’orgue à plein volume, une trappe s’est ouverte et refermée, la bière a disparu de l’autre côté de la paroi.

Malgré les accents de l’orgue, on entendit le bruit d’un brûleur puissant se mettre en marche. Puis divers craquements, il était impossible de ne pas visualiser une combustion, une incandescence derrière ce plâtre lisse et cette trappe. D’un coup, je pleurai. Je me levai et sortis.

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Dehors, nous attendions le coffret des cendres. Les lunettes de soleil masquaient les yeux rougis, tout le monde reniflait, ou se mouchait, ou était secoué de spasmes. Celle que je pensais être la sœur de Roberto grelottait. J’avais déjà serré la main de Carlitos et embrassé Luisa. Sans pouvoir articuler un son.

Aucun des autres présents ne m’était connu.

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Le vent, levé avec le jour, soufflait en rafales redoublées dont la force allait croissant. Les bateaux de pêche roulaient, s’entrechoquaient, les drisses des voiliers claquaient le long des mats, le soleil projetait des ombres dures sur les visages, aucun nuage, le clapot entrait jusqu’au fond du port. Il était dix heures passées.

Ricardo n’accepta que seize personnes à bord. Le beau-frère avait démarré le magnétophone, la merveilleuse mélodie qui ouvre le Concerto n°3 de Rachmaninov fut couverte par le moteur du ketch, pas question de sortir à la voile. Dès qu’ils eurent franchi l’abri du quai, ils commencèrent à tanguer, le vent aspirait la musique, après le phare personne ne put tenir debout sur le pont. Ils revinrent. Dans le silence du moteur et du magnétophone arrêtés, ceux du voilier avaient rejoint ceux du môle, Carlitos tenait conciliabule. Aucune barque de pêche ne sortirait.

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Maintenant tout le monde marchait derrière les cendres de Roberto. Dans le vent qui emportait les paroles des uns et des autres, escamotait même les trompettes de Hummel, transformant les phrases musicales en lambeaux sonores effilochés intermittents, s’était formée une longue colonne désordonnée. Le port était loin derrière. Il était bien plus de onze heures.

Le groupe de tête dont je faisais partie s’avança sur la jetée. Il y eut un cafouillage. Mais Carlitos portant le coffret qu’il serrait contre lui commença à marcher à grands pas décidés vers cette masse d’écume qui jaillissait au-dessus de la ligne d’horizon quand les vagues éclataient sur les blocs de rochers pêle-mêle protégeant la jetée. Il marchait, indifférent aux embruns, le tempo du violoncelle de Bach accordé aux brisants.

Arrivé au bout, il s’immobilisa. Attendit. La colonne déversait son monde sur cette sorte de trottoir nu qui, au pied du village, partait droit vers le large depuis la plage, sans rien, rochers et dalles de béton, d’ordinaire occupé par les pêcheurs à la ligne.

L’affluence, à son tour, s’immobilisa. Dense, serrés les uns contre les autres jusqu’à l’extrémité de la jetée. Silence, le beau-frère changeait les piles du magnétophone. Entre deux rafales, face à la mer, dos au vent, Carlitos ouvrit le coffret, on entendit le “ clac “ du couvercle qui se rabattait.

Il plongea la main, jeta une poignée de cendres au loin, se tourna et demanda qui voulait aussi les disperser. Quatre : Luisa, Paco, Alejandro et moi. À ce moment, le magnétophone se remit en route, la bande s’était ré-enroulée et jaillit la partie la plus folle, syncopée, presque démente du Concerto n°3 qu’on avait déjà entendue dans l’agitation du port.

Ma main tremblait quand elle glissa dans les cendres. Elles me parurent tièdes encore, je sursautai. En sanglots je les donnai au vent, à la mer. Une fois, deux fois, trois fois. Paco me succéda, puis Luisa, puis Alejandro. Je frottai mes mains l’une contre l’autre, les paumes adoucies par cette poussière de cendres, les cendres de ce qui avait été l’enveloppe charnelle, le véhicule terrestre de mon ami Roberto.

Je sentis comme une brèche d’amour s’ouvrir en moi, autour de moi, un espace tout à coup béant où s’engouffrait l’amour, un calme profond m’inonda tandis que je sanglotais toujours.

Le magnétophone s’était tu sans préavis. Alors, coupant le vent comme l’aile effilée d’un goéland, une voix de soie s’élève, seule et pure, lumineuse. Je me retourne. Une jeune femme brune chante un Stabat Mater, son regard sombre perdu à l’horizon, les joues couvertes de larmes, dans sa main la main d’un enfant de six ans : Lucía.

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L’assistance compacte de la jetée pleurait sans bruit, immobile comme un seul grand corps pétrifié, telle une moraine du quaternaire usée par le temps, ramassée pour faire face aux assauts des vagues, du vent et des rayons du soleil.

En un mouvement imperceptible, elle sembla se dissoudre pour s’écouler vers le village, accablée du poids trop lourd des souvenirs. S’éloignant de la plage et peu à peu de l’omniprésence du vent, à mesure que s’estompait le bruit du ressac et que croissait la stridulation assourdissante des cigales, à mesure que la masse humaine s’étirait le long du sentier qui ondoyait sur la pente entre les pins maritimes et cette terre aride de caillasse blonde, les corps et les mentons se redressaient, les regards à nouveau brillaient lavés par l’effort de la montée et la sueur qui perlait aux fronts. Les conversations avaient repris. Quelques rires ici ou là.

Ils entrèrent dans l’église plus légers que tout à l’heure, aveuglés par le passage brusque de la pleine lumière à cet espace dont l’obscurité ressemblait de prime abord à une caverne. Une ombre dense contenue entre la lumière tremblante des cierges de l’autel et le halo du porche que découpait l’arête des battants ouverts de la porte monumentale. On était le vendredi 27 septembre 1991.

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Le beau-frère avait renoncé à contrôler le magnétophone. Lequel avait bien voulu se remettre en route dans la fraîche pénombre de l’église, éludant Marin Marais et Pergolesi. Le grégorien n’était pas accordé avec le début de la messe…

On eut dit que Roberto cherchait à presser le mouvement avec son humour habituel, ce qu’il eut fait s’il avait été là, il était treize heures, déjà. Rien ne se passait comme prévu, il me semblait entendre la voix de Roberto indiquant avec une feinte suffisance que les télescopages dans l’ordre des facteurs étaient chose courante chez les compositeurs, comme dans la vie. « Ainsi pour les Variations Diabelli dont Beethoven disait que les mouvements pouvaient être intervertis, » ajoutait-il.

À vrai dire, je ne me souviens plus de la chronologie exacte du déroulement de la messe. Je m’étais appuyé contre la pierre rugueuse d’un pilier et m’endormis au début de l’homélie, qui avait mal commencé par une sorte de litanie des mérites en forme de curriculum, très “ histoire d’un succès “. On m’a dit par la suite que ce début désastreux et inattendu, que sans nul doute Roberto eut désapprouvé, avait été effacé par ce qui suivait, empreint d’une réelle émotion. Les Chants de l’Extase et l’odeur de l’encens m’avaient réveillé. Par l’unique rosace entrait une lumière douce, subtilement colorée, conférant à la pierre une tonalité ambrée. La transparence de l’air paraissait rose, comme poudrée. Je me sentais en paix, bercé par le brouhaha des gens qui sortaient, si bien que j’attendis le plus longtemps possible appuyé au pilier, jusqu’à ce que l’enfant de chœur vint éteindre les cierges.

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Le retard, les changements de programme, les télescopages des musiques, le vent qui s’était tu, avaient fait tomber les tensions des uns et des autres et imprimé à la journée un souffle vivant. Ce déroulement discontinu semblait issu de la fantaisie de Roberto si fort présent.

Certains s’attardaient sur le parvis. D’autres étaient debout sur la place, d’autres déjà assis à l’ombre des arbres. La faim avait fait son apparition, d’un seul coup, et les bouchées traditionnelles disparaissaient, les verres se vidaient, le bourdonnement des voix montait, s’amplifiait… s’interrompit aux premiers accents de Farnace.

Une stupeur : les larmes parlent en même temps que les sourires. Roberto est là…

La voix de Zanasi élonge la durée.

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Je regarde sans voir vraiment, pourtant je remarque qu’il y a plus de monde que sur la jetée, des gens du pays, du village, beaucoup. Les hommes parlent peu, le visage sérieux. Les femmes, elles aussi vêtues de noir, racontent Roberto, celles qui l’avaient connu jeune, enfant même. Les anecdotes, où interviennent des anciens disparus, déroulent un écheveau sinueux : chacun retrouve un cousin, un souvenir, un parent, une situation. Burlesque ou dramatique, qu’importe. Il s’agit de dresser un rempart contre l’oubli, des fortifications pour repousser la mort, il s’agit de confirmer son appartenance, d’exorciser la solitude. On est bien vivant, bien d’ici, ceux qui sont partis sont encore là, parmi nous. Comme Roberto.

Les femmes du pays optaient en général pour le vin blanc doux, leurs yeux brillaient vite, les unes en venaient aux larmes, c’était trop d’émotion, elles s’éclipsaient entraînant leurs hommes. Les autres s’asseyaient lourdement aux tables des cafés, les rires fusaient, les hommes restaient debout, le vin rouge enflammait leurs joues.

Des groupes se forment, et se défont. Une bonhomie s’installe. Je regarde sans voir vraiment, mais perçois cette rondeur, cette sorte d’aise qui s’empare de ceux qui sont restés et qui se mêlent, amis d’ailleurs ou de la ville, gens d’ici.

Pedro parle de l’incendie qui avait ravagé son champ. De Roberto qui l’avait aidé à s’en sortir. Virginia raconte les preuves que Roberto lui avait apportées, dénichées Dieu sait où — archives du journal, mystérieuses relations —, dont elle avait besoin en tant que juge pour sauver un enfant. Hector se souvient que Roberto avait été impitoyable, refusant de comprendre et de transiger dans une affaire de faux témoignage où des innocents se trouvèrent de ce fait compromis. Lucas rappelle ce canular insensé, monté par Roberto seul, de la mort présumée d’un homme politique de second plan, Ricardo Fuentes ; crime passionnel, affaires crapuleuses, amitiés louches, on ne savait — le plus bizarre fut que le Fuentes en question, parfaitement vivant, ne protesta pas. Et que deux ans plus tard, on le retrouva assassiné au fond d’une ruelle, et le dossier classé.

Tout au long des souvenirs se profile un Roberto différent pour chacun, aux multiples et imprévisibles visages, ici facétieux, auteur de blagues mémorables au bureau, à la plage, au spectacle, là avare à pleurer ou généreux si discret que personne ne pouvait se douter qu’il parrainait un enfant tibétain réfugié, administrait une fondation pour enfants retardés, allait de temps à autre au Cambodge travailler pour un docteur français qui avait ouvert sa maison aux orphelins.

Ici amateur d’art, et de cinéma, auteur de critiques d’expositions et de films sous deux pseudonymes.

Là :

« — Tu sais, il m’a montré un jour ses diplômes, à ne pas croire, tu n’imagines même pas.

— Raconte.

— Il avait deux licences, en lettres et en physique — oui, en physique ! — une maîtrise d’histoire, un doctorat de prospective politique à l’Institut des Hautes Etudes, des diplômes d’archéologie, d’histoire de l’art, de cinéma et une thèse, le seul diplôme dont il fut vraiment fier. C’était un pavé, qui décrivait les relations internationales entre l’Espagne et le Mexique, de Cortes à Zapata, une thèse de l’Université de Salamanque et de l’Université Autonome de Mexico.

— Incroyable !

— C’était un vrai modeste, Roberto. »

Ils opinaient du chef, admiratifs, en se demandant comment il avait bien pu trouver le temps, lui si jeune, pour mener à bien toutes ces études.

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J’allai de l’un à l’autre, les groupes se formaient et se défaisaient, écoutant et parlant quelquefois, émerveillé par cette diversité.

Roberto le méticuleux, quasi maniaque, apparaissait dans sa profession : il corrigeait sans cesse, réorganisait la disposition de la revue, cherchait des détails significatifs, des éléments qui pourraient étayer son point de vue et aussi le point de vue contraire, disait un grand maigre à lunettes qui devait travailler au journal. Apparaissait chez lui, dans sa « chasse au désordre », une obsession qui était confirmée dans un éclat de rire par une grosse dame de son village qui l’avait connu enfant.

Un peu plus loin, c’était au tour de Roberto le rêveur de surgir (un concerto pour mandolines de Vivaldi résonnait à cet instant). Il était resté une journée entière en contemplation devant la mer. On l’avait retrouvé, transi, les yeux agrandis, longtemps après le crépuscule, les vagues faisaient danser la nuit, le reflet des étoiles oscillait sur la mer. Il avait quatorze ans.

Maintenant Luisa se sentait libre de conter ses poésies, ses écrits cachés. Il lui en lisait parfois. Elle était inévitablement bouleversée. Le temps n’était pas encore venu pour elle de s’y plonger, elle devrait attendre pour vouloir, pour oser s’aventurer.

Haendel envahissait la place, une voix de haute-contre, les accents d’instruments à cordes anciens, le rythme d’une passacaille. Les tables étaient mises. Les gens s’asseyaient. Il n’y eut plus que les serveurs debout, qui circulaient avec vivacité, apportant ce que Roberto avait prévu, pain à la tomate, anchois, jambon de pays, friture, salades. Il y avait du champagne local, les vins de l’apéritif, de l’eau.

Des bribes de phrases surgissaient des divers brouhahas :

« … je l’ai connu très déprimé… »

« … oui, sombre même… »

Les rires d’autres convives couvraient les voix des premiers, c’était comme un ressac, avec des presque silences et des montées d’intensité où chacun haussait le ton pour se faire entendre, un flux et un reflux qui noyait les quelques sonates de Scarlatti diffusées par les haut-parleurs.

« … paranoïaque, oui, je vous assure… »

« … un vrai fantaisiste… »

« ça oui… jamais sérieux… »

« … dilettante… »

« …non, pas d’accord… »

« … léger ….irresponsable… pas du tout… jamais pesant… mm ! »

« … tout ce que vous voudrez… »

« … jamais emmerdant… » « … dur… »

« … généreux… avare… drôle… »

La flûte de Mozart, puis le piccolo — les fromages arrivaient, chèvre, brebis. Une fournée de pain chaud à la croûte dorée. Le vin.

Il y eut comme un temps mort. Une pesanteur due aux mets et aux vins murait les paroles. Paganini, il virtuoso, surprit la plupart des convives qui hésitèrent à bouger, à reprendre du fromage, à poser leur couteau. Quelques murmures, ici ou là. Les enfants riaient au loin. Les conversations reprirent.

______________________

Les choeurs du gospel Oh happy day montaient. Tout le monde s’était tu. Mais le rythme et l’alcool avaient rapidement fait bouger les têtes, se balancer les torses, contraint les pieds à marquer le tempo. Juste après, le jazz et la danse. Une partie de la place était pavée de carreaux en terre cuite vernissée. Les couples s’étaient levés. Des couples s’étaient formés.

La fête, le repas, la danse mêlés.

Luisa s’était mise à lire, elle n’était pas à l’écart, mais au centre, autour d’elle les deux enfants d’Inès, les trois de Carlitos, le fils de Lucia, quelques gamins du village ou d’ailleurs.

Auparavant ils couraient un peu partout, mais Luisa en avait appelé certains, fait signe à d’autres. Voyant combien ils semblaient captivés, peu à peu les enfants et les jeunes s’étaient approchés.

« … la reine était assise, immobile, au fond de la grande salle d’audience du palais. Son trône, qui reposait sur une estrade couverte par un épais tapis d’Orient à dominante écarlate, était entièrement recouvert à la feuille d’or, par endroits rehaussé d’ivoire et de pierres précieuses dont l’éclat répondait à celui de son diadème.

« Il s’agissait d’une audience privée. Elle ne portait ni couronne ni sceptre. Très droite, dans une robe de brocard bleu à haut col et poignets de dentelle, sa beauté paralysait le regard.

« On baissait aussitôt les yeux devant l’éclat noir et l’intensité des siens, auxquels répondaient les diamants de sa broche, de son unique bague et des boucles d’oreilles en forme de goutte qui encadraient son visage. D’un ovale parfait pourtant volontaire, des lèvres très dessinées, d’un carmin léger, des yeux effilés davantage par la courbe allongée des épais sourcils sombres, une peau blanche lissée par le fard neutre d’une poudre d’albâtre, la reine fascinait.

« Trois gardes en uniforme et deux conseillers vêtus de noir se tenaient à quelques pas, debout.

« En face d’elle, immobile aussi, Giovanni Malicornio respirait à peine, prosterné.

« — Levez-vous, Capitaine.

« Elle avait dit ces mots d’une voix nette au timbre clair qui l’avait fait tressaillir. »

En retrait, cependant attentive, Lucia, dont la beauté ressemblait fort à celle de la reine, ne pouvait empêcher ses larmes de couler.

Le jazz était devenu très « jazzy ». Le swing emportait les couples et le plaisir de la fête dans un mouvement qui virevoltait, enveloppait les regards, énivrait l’émotion.

« — Le plus marquant chez Roberto, c’était son culte de l’amitié…

— Oui, c’était un ami.

— Un ami vrai, on pouvait compter sur lui…

— Pas seulement, on savait qu’il comprenait aussi. Ce qui allait, ce qui n’allait pas…

— Tout quoi. Oui, il comprenait tout. Il vous comprenait…

— …..

— Même si on ne parlait pas. Il regardait votre visage, vos yeux, vos mains, votre corps, ça lui suffisait. »

Imperturbable, Luisa continuait sa lecture :

« … Le capitaine Malicornio était grand. Il émanait de sa personne une forte autorité. Dans ses yeux clairs, presque verts, flottait souvent un songe, même au plus fort de l’abordage, au cœur de la tempête, quand son attention était la plus intense. Le seul moment où cette lumière-là le quittait, c’était dans l’amour, parce qu’alors ce sentiment l’emplissait tout entier. Et c’est de la sorte qu’il posa son regard sur la reine, plus précisément sur ses yeux sombres. Qui étincelèrent. A l’instant même, médusé par cet éclat, elle devint son rêve. Toute sa vie, Giovanni Malicornio allait être habité par ce rêve, et même après la mort, inexorablement… »

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La musique s’était tue d’un coup. Electricité coupée. l’air ondoyait encore au rythme de la danse, à la cadence des courbes des corps et du son des rires. Comme si une rémanence de la fête effleurait de ses ailes le silence imprévu, et le masquait d’un voile impalpable.

Impalpable.

Telle cette première note ténue de guitare surgie de rien. Puis une corde grave soudain se met à vibrer sur la place. Elle provient d’un homme assis dont je ne vois que le dos et la nuque penchée.

Il est seul. Sa guitare se met à parler. Chacun l’écoute, subjugué.

Elle raconte un ami. Douce, lente, vive, sèche, dure, chaleureuse, en pleurs, en éclats de rire, en tendresse, minutieuse, inattendue, elle conte Roberto, son amour pour la vie. Vivre, vivre encore, vivre intensément parmi ses amis. Que ses amis le fassent vivre, chacun étonné d’apprendre qui il était pour chacun, multiples facettes inconnues multipliées par les autres, révélées par l’amour, par l’amitié, par les mémoires.

______________________

On buvait du café fort. Beaucoup. Des cigarettes et des cigares sur les tables. La lumière de la fin d’après-midi s’estompait vers le soir. La guitare n’était plus qu’un murmure. La fête doucement s’effilochait.

La lumière revint. Et avec elle la musique, l’air Se mia speranza sola de l’Arminio de Hasse. « Tu es mon seul espoir », la voix de Cecilia Bartoli monte, glisse, s’étire et file vers le crépuscule.

Nous étions face à face, l’ami guitariste et moi. Nous nous disions que Roberto nous avait fait là un cadeau rare. Il avait rendu la mort et sa mort acceptables. Un simple passage. Ni plus ni moins qu’une porte qui s’ouvre, une invitation à une fête comme une autre, à une messe comme une autre, avec le même souci esthétique de beauté et de perfection et… de générosité. Voulait-il être présent dans les mémoires pour rester vivant ? Ne serait-ce que dans une seule mémoire de vivant ?

Non, c’est nous qui pensions cela, lui, Roberto, savait bien que la mort n’existe pas.

Nous nous disions cela sans parler, en nous regardant simplement.

______________________

Maintenant, lecteur, tu portes en toi ces souvenirs, tu partages cette mort sans peur aucune et cet « enterrement » peu commun.

Saches aussi que lors de sa dernière visite, le lundi 1er juillet 1991, Roberto a « oublié » son stylo sur ma table de travail. Que j’ai conservé toutes ces années. Avec lequel ce livre a été écrit. Qui rejoint désormais l’inanimé.



Epilogue

« La mort est le plus insondable mystère de la vie.
Résoudre ce mystère résout tout. »

Récit des Temps légendaires

Jean-Baptiste Ezram

 

« Dans la mort il n’y a pas de douleur, de peur, d’anxiété ni de peine. Seulement sont ressentis
le bien-être et la sérénité de se muer en papillon. »

La Roue de la Vie

Elisabeth Kübler-Ross



Antoine de Lévis Mirepoix, de mère argentine et de père français, est né en 1942 aux Etats Unis, a vécu une partie de son enfance en Argentine puis en France, principalement à Paris.

A l’adolescence il a été élève de l’école des Roches, collège de Normandie, sous la direction d’André Charlier. Après maths sup et maths spé, études de sciences économiques puis de lettres à lla Sorbonne. Coopérant à l’Université du Nord à Antofagasta, Chili, il entre aux Affaires Etrangères pour occuper divers postes culturels et pédagogiques à Mexico, Barcelone, Beyrouth et Nairobi.

Puis il enseigne deux ans dans un CES de Moulins, Allier, France. Il entre ensuite au Centre National d’Etudes Spatiales à Toulouse dans le cadre du Satellite Spot, chargé à Spot Image du développement commercialpour l’Amérique, puis des relations avec les organisations internationales.

En 1991 il rejoint la Girection Générale des Laboratoires Pierre Fabre à Castres comme responsable des relations internationales du Président. Il réside à Buernos-Aires depuis 1997 où il ouvre un bureau de consultancepour guider des entreprises françaises désireuses de s’implanter au Brésil ou en Argentine. Bureau qu’il fermera début 2002.

Membre de l’Académie des Jeux Floraux de Toulouse depuis 2000, Antoine de Lévis Mirepoix partage son temps aujourd’hui entre la France et l’Argentine où il cultive sa passion pour les chevaux.

Il publie en 2008 son premier roman aux Editions du Rocher, « Le Passeur ». En 2011 « Le Crabe et l’Aube » est édité chez Atlantica qui décide de mettre fin à ses activités le jour même de la publication du récit. Deux autres romans sont achevés : « Quartetti e Sonata a Tre » et « Fortuit », un autre en cours d’écriture et trois en projet. Antoine de Lévis Mirepoix a écrit égalementquelques récits courts sur les voyages, les chevaux, Venise, etc … et des poèmes.

Conférencier à ses heures autour de thèmes divers comme « les bibliothèques », « Gérard de Nerval », « l’Amérique du Sud », « Antoine de Saint Exupéry », il s’interroge sur le destin, le sens des mots et de la parole, la signification du voyage, la création artistique, la juste place de l’homme.

Video Interviews by Yamila Musa (Desde la Trinchera)

Video Interviews by Yamila Musa

(Desde la Trinchera)

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BIOGRAFÍA 

Yamila Musa nació en Villa María, ciudad de la provincia de Córdoba. Con sólo tres años, comenzó su formación en Declamación y Arte Escénico. Esto la llevó a proyectarse en la comunicación integral, por lo cual concretó sus estudios de Licenciada en Comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba. Al finalizar su carrera universitaria se trasladó a la Capital Federal en búsqueda de nuevas oportunidades. Realizó diversos trabajos relacionados al sector de la cultura, entre ellos como Directora de Producción de la Película “La Invención de Borges” del Director francés Nicolás Azalbert. Actualmente es Periodista & editora de la revista The International Literary Quarterly,  y colaboradora de la Fundación Cineteca Vida.

Table of Contents:

1) José Cohen
2) Agustina Bellino
3) Nora Cortiñas
4) Zorrito Vön Quintiero
5) Ricardo Forster
6) Alicia Dolinsky
7) Josefina Grosso
8) Sergio Cachito Vigil
9) Alberto Sladogna
10) Alfredo Eidelsztein
11) Felipe Pigna
12) Daniel Freidemberg
13) Pedro Saborido
14) Juan Carlos Nadalich
15) Antoine de Lévis Mirepoix
16) Klarika Kuusk
17) Arzobispo Eric Escala
18) Horacio González
19) Damián Stiglitz
20) Daniel Santoro



1) José Cohen: Director y fundador de Cactus film and vídeo

Biografía

Jose Cohen established Cactus Film and Video in 1996. Since then Cactus has provided production services, ENG crews and equipment for domestic and international television networks, the production of documentaries, short films, commercials, corporate videos and video clips. Cactus offers the perfect platform for international networks and broadcasters to meet all their personnel and technical needs in Mexico.



2) Agustina Bellino: Traductora Pública de Inglés

Biografía

Agustina Bellino es Traductora Pública de Inglés egresada de la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina). Está matriculada en el Colegio de Traductores Públicos e Intérpretes de San Juan (CTPISJ) y en el Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires (CTPBA). Entre el 2015 y el 2016, fue seleccionada para hacer pasantías en tres organizaciones internacionales con sede en Washington, D.C.: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH/OEA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS). Actualmente, es traductora remota para la OEA y traductora externa de la OPS/OMS. Agustina ha sido disertante en encuentros y conferencias de traducción nacionales e internacionales: Córdoba, San Juan y Mendoza, en Argentina, y en Caracas, Venezuela por la Universidad Central de Venezuela. Además, Agustina ha obtenido el máximo puntaje en el certificado de enseñanza de inglés Teaching Knowledge Test de la Universidad de Cambridge.



3) Entrevista a Nora Cortiñas: Psicóloga.

Biografía

https://es.wikipedia.org/wiki/Nora_Cortiñas



4) Zorrito Vön Quintiero: Músico y empresario gastronómico Pyme

Biografía

– Zorrito Vön Quintiero



5) Ricardo Forster. Asesor presidencial, filósofo y académico

Biografía

Ricardo Forster nacido en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, 26 de septiembre de 1957.

Asesor presidencial, filósofo, profesor e investigador de la UBA, ensayista y miembro de Carta Abierta.



6) Alicia Dolinsky: Actriz y productora de programas de TV

Biografía

Alicia Dolinsky nació en la ciudad de Santa Fé. Reside en Capital Federal, Argentina.

Es Asistente Educacional, actriz, autora teatral, productora de programas de TV, formadora de actores, coach de periodistas,  conductoresde tv, comunicadores empresarios y líderes frente a las cámaras de TV.



7) Josefina Grosso: Periodista de ¡Hola! TV en España

Biografía

JOSEFINA GROSSO



8) Sergio Cachito Vigil: Exjugador Argentino de hockey y entrenador

Biografía

SERGIO «CACHITO» VIGIL



9) Entrevista a Alberto Sladogna: Psicoanalista y ensayista.

Biografía

ALBERTO SLADOGNA

Practico el psicoanálisis desde 1978, l’ecole lacanienne de psychanalyse a través del pase dio a mi testimonio el título de analista de l’ecole en 1985. Desde el año 2003  realizo atención de analizantes vía Internet . Tengo a mi cargo la dirección de una revista de l’ecole «Artefactos» publicada en castellano. Colaboré durante 8 años en un Centro de Salud Mental y también realicé actividades en un Hospital Psiquiátrico durante 4 años.



10) Entrevista a Alfredo Eidelsztein: Psicoanalista y ensayista.

Biografía

Alfredo Eidelsztein



11) Entrevista a Felipe Pigna: Scrittore argentino

Biografía

Felipe Pigna



12) Entrevista a Daniel Freidemberg: Poeta, crítico literario y periodista.

Biografía

Daniel Freidemberg



13) Entrevista a Pedro Saborido: Productor y escritor.

Biografía

Hijo de Mecha y Pedro, hermano de Guillermo. Vivió su infancia y adolescencia en Gerli. Se recibió de técnico electrónico en el Palaá de Avellaneda, la misma ciudad donde estudió cine y pasó gran parte de su vida. Fue asistente de sonido en películas como Los chicos de la guerra y Esperando la carroza.

A fines de los años 80 se dedicó al humor político junto con Omar Quiroga en Radio Mitre y FM100. Luego ambos pasarían a televisión para guionar a Tato Bores. Después vendrían otros ciclos, como Magazine For Fai, Delikatessen y Todo x 2 pesos. Trabajó desde 2006, junto con Diego Capusotto y sus videos, que en algún momento tuvo su prolongación en radio, libros y hasta una película en 3D. Ganó varios Martín Fierro, algunos premios Clarín y un Konek. Desde 1993 está de novio con Marlene. Con ella tiene dos hijos, Dante y Sofía. Es muy hincha de Racing, aunque reconoce que sabe muy poco de fútbol.



14) Entrevista a Juan Carlos Nadalich: Ministro de Salud y Ambiente de Santa Cruz

Biografía

Juan Carlos Nadalich



15) Antoine de Lévis Mirepoix, escritor franco-argentino

Cámara y Edición: Matías Musa

Biografia – Antoine de Lévis Mirepoix



16) Klarika Kuusk, Pianista de Estonia



17) Arzobispo Eric Escala

Adelanto de la entrevista («Featured Interviews») con Arzobispo Eric Escala que será publicada en Interlitq en Enero 2019.

Lea los artículos del Arzobispo Escala



18) Horacio González

Acerca de Horacio González



19) Damián Stiglitz

Acerca de Damián Stiglitz



20) Daniel Santoro

Biografía

Daniel Santoro: Nació en Buenos Aires en 1954. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Concurrió al taller de Osvaldo Attila. Trabajó como realizador escenógrafo en el Teatro Colón entre 1980 y 1991. En 1985 realizó numerosos viajes por Oriente exponiendo en diversos museos y galerías de arte.