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“PENSAR EL ACOSO, ABUSO O MALTRATO: PREGÚNTATELO DESDE EL DIVÁN” por Elba Beatriz Sarlo

Elba Beatriz Sarlo

 

PENSAR EL ACOSO, ABUSO O MALTRATO:

PREGÚNTATELO DESDE EL DIVÁN

 

Cualquier persona independientemente de su edad, género, condición social, cultural o económica puede ser víctima de algún tipo de acoso, abuso o maltrato.

Seremos victimas del poder que ejerce un otro sobre nosotros en situaciones de vulnerabilidad por alguna de las condiciones antes mencionadas (edad, género, condición social, cultural o económica) cuando ese otro se posiciona desde alguna inequidad (p.e., supuesto “prestigio” o “superioridad” económica, social o cultural).

Ocurre cuando alguien induce desde el modo más sutil hasta el más violento a otro, a hacer algo que no le agrada o que lo intimida o que lo coloca en cierto riesgo, sintiéndose en la obligación o compromiso de aceptar sin darse cuenta porqué, suponiendo una sanción afectiva o de otra índole que implique algún tipo de  desaprobación o denigración.

Las personas con suficientes rasgos perversos eligen lugares o funciones donde desempeñarse y acceder fácilmente a la franja etaria que es pasible de victimizar.

Por ejemplo mediante algunos mecanismos te harán creer que sos mala persona por rechazar sus propuestas ya que son generalmente encantadores, populares, queridos por su entorno, inofensivos, sin “malas intenciones” o “no se dan cuenta”.

Así obtienen beneficios, aislan a sus victimas, las hacen sentir culpables generando malestar ante las ganas de decir no, poner límites , y, en otra instancia  hacer público lo que esta ocurriendo (compartiendo con allegados de confianza) o implementar algún tipo de denuncia.

Van produciéndose así escenas de acoso, maltrato o abuso, en el forzamiento a aceptar contactos fisicos no deseados, consumo obligado de sustancias, coerción mental: indagatoria y/o control sobre temas de la intimidad o privacidad alegando la necesidad de construir “confianza” o “pertenencia” mutua.

Como seres neuróticos que somos nos encontramos a la vuelta de la esquina ante la posibilidad que nuestros aspectos más vulnerables se encuentren víctima de tales manipulaciones, lo cual no nos torna ni cómplices ni  culpables.

Darnos cuenta es la oportunidad de considerar cómo ubicarnos ante estos posibles eventos y trabajar nuestras fortalezas para decir no, rechazar y denunciar de algún modo lo que está ocurriendo.

No se trata de ser iguales, nadie es igual a otro, todos somos diferentes en nuestra subjetividad por nuestra historia personal y pertenencias (de género, lugar de residencia, condiciones de vida etc.)

Desde este punto de vista que hallemos preferencias en mantener ciertas costumbres o tradiciones, (por ejemplo que un varón ceda el paso a una mujer, o, que un joven ceda el asiento a un mayor, etc., podemos citar muchas situaciones) no genera “deudas” que deban saldarse con ningún órden de sometimiento: no confundir la consideración mutua por las diferencias y los espacios propios, con el discurso esclavizante: “el que paga elije”, “el que sabe manda”,  “no digas”, “no te vistas así”,  etc.

La posición de abuso acoso o maltrato requiere de una inequidad marcada entre dos, donde uno ejerce poder sobre otro a quien pretende esclavizar.

En cambio, la posición de la consideración mutua requiere equidad entre sujetos libres que están en condiciones de tolerar y respetar los espacios de la individualidad.

Darnos cuenta y pedir ayuda profesional sobre lo que no podemos resolver, sobre nuestros aspectos vulnerables que nos ligan a estas modalidades de relación disfuncional donde la dependencia afectiva y la pérdida de individualidad prevalecen, es el punto de partida para generar los cambios necesarios, para alojar el Ser desde su única posible constitución, el espacio entre Sujetos, denominados por su diferencia.

 

Sobre Elba Beatriz Sarlo

Elba Beatriz Sarlo, Lic. en Psicología, Especialista en Psicoanálisis y Psicología Forense es argentina, nacida en Saladillo, Provincia de Buenos Aires en 1961.

Desde pequeña reside en Buenos Aires donde ha cursado sus estudios de grado y posgrado.

Se especializó en Psicología Médica en la Facultad de Ciencias Médicas  de la U.B.A. donde también se ha desempeñado como Docente en la Cátedra de Salud Mental.

Ha conducido diversos Cursos de Formación para Graduados en carreras de la Salud y ha publicado artículos científicos en publicaciones como Imago e Intramed.

Ha desarrollado las Jornadas Anuales sobre Educación Sexual dirigidas a Docentes y Padres que tienen lugar desde el año 2005, y, las Jornadas Anuales sobre Género en la Contemporaneidad, desde 2012.

Es cofundadora y coordinadora Asistencial y Docente de “Tratar Red Asistencial” desde 1986. Es coordinadora en “Espacio Particular” dedicado a las Artes y Psicoanálisis desde 2012.

TIPOS DE FAMILIA ¨TIPO¨/ Columna de Elba Beatriz Sarlo

Elba Beatriz Sarlo

TIPOS DE FAMILIA ¨TIPO¨

 

Qué destino tiene la parentalidad, cuando las diferencias en las funciones son negadas, es decir, que las funciones del padre y de la madre no solamente son intercambiables sino que pierden su especificidad “tradicional”. Atravesados aún por ocultas y prejuiciosas valoraciones arraigadas en nuestro ser, es una pregunta necesaria y el desafío sociocultural de la época.

Nos pensamos una sociedad avanzada en ciertas cosas: ley de matrimonio igualitario, ley de identidad de género, pero ésto no ha ido más rápido de lo que el común de las personas podría asimilar?

No hay sujeto sin familia, cada uno construye su propio modo.

El desafío: permitir que la familia sea un lugar donde se pueda alojar la diferencia.

Interrogantes: de qué modos denomina una sociedad las presentaciones de lo familiar; qué entendemos desde el psicoanálisis.

No pensamos en “familia tipo”, sino en “ tipos de familia” : pensar los modos de hacer pareja, los lazos entre los seres hablantes.

Freud y Lacan abordaron la familia desde una perspectiva antropológica. Freud en “El malestar en la cultura” propone el origen de la familia como “el rechazo a la separación”.

El macho de la horda primitiva no quería separarse de la hembra, fuente de satisfacción sexual, en tanto la sexualidad dejó de estar ligada a lo instintivo y se instaló como un “huésped permanente” gracias a la estimulación visual que resultaba de la posición erecta, en los orígenes de la civilización.

Las hembras, a su vez, no querían separarse de sus crías, los hijos.

Este rechazo a la separación permanece en la base de la conformación de la familia actualmente, contra la que el sujeto tiene que poder abrirse paso.

Lacan intenta rescatar lo mítico para poder darle una forma estructural: da a la familia la forma de la metáfora paterna: conformada por el Nombre del Padre, el Deseo de la Madre y los pequeños objetos (a”) que son los hijos. Lo que la mantiene unida es un secreto de goce, un secreto sobre aquello de lo que gozan el padre y la madre en tanto hombre y mujer.

La función materna propone pensarla a partir de los cuidados que ella prodiga a su hijo, marcados por sus faltas; será conveniente que la madre sea “lo suficientemente mala” en el sentido en que permita algo de la separación de su niño, contrariamente a las actuales teorías del apego y colecho.

El padre, como función implica que permite la encarnación de la ley en el deseo, que su posición sea la de quien facilite que el hijo tenga acceso a lo que Lacan llama “un deseo que no sea anónimo”.

La familia, será a la vez lugar de transmisión y de constitución de la subjetividad pero también posible obstáculo a la emergencia de lo singular en cada uno. Fuerzas de oposición.

En el mejor de los casos, cada ser hablante podrá construir su propio deseo y su propio modo de gozar.

En el siglo pasado los nombres de la familia tradicional respondían a los modos de transmisión del patrimonio, actualmente responden a nuevas demandas sujetas al mundo del contrato: cómo denominar a los cónyuges de un matrimonio igualitario, cómo denominar a dos mujeres u hombres que han tenido un niño, cómo nombrar a las nuevas parejas cuyos miembros han formado familia anteriormente, cómo denominar a la familia monoparental, cómo denominar a la familia sin hijos.

Ante a la caída de la figura paterna, no falta la añoranza por el padre, aún entre los psicoanalistas, lo que como diría Lacan, sería “el retorno de los dioses oscuros, una ley de hierro a la cual someterse”.

La nueva constitución de lo familiar requiere transitar procesos de reconocimiento, aceptación e inscripción en los marcos legal, social, cultural y psicológico.

 

Sobre Elba Beatriz Sarlo

Elba Beatriz Sarlo, Lic. en Psicología, Especialista en Psicoanálisis y Psicología Forense es argentina, nacida en Saladillo, Provincia de Buenos Aires en 1961.

Desde pequeña reside en Buenos Aires donde ha cursado sus estudios de grado y posgrado.

Se especializó en Psicología Médica en la Facultad de Ciencias Médicas  de la U.B.A. donde también se ha desempeñado como Docente en la Cátedra de Salud Mental.

Ha conducido diversos Cursos de Formación para Graduados en carreras de la Salud y ha publicado artículos científicos en publicaciones como Imago e Intramed.

Ha desarrollado las Jornadas Anuales sobre Educación Sexual dirigidas a Docentes y Padres que tienen lugar desde el año 2005, y, las Jornadas Anuales sobre Género en la Contemporaneidad, desde 2012.

Es cofundadora y coordinadora Asistencial y Docente de “Tratar Red Asistencial” desde 1986. Es coordinadora en “Espacio Particular” dedicado a las Artes y Psicoanálisis desde 2012.

Elba Beatriz Sarlo será columnista de Interlitq

 

Elba Beatriz Sarlo

Elba Beatriz Sarlo, Lic. en Psicología, Especialista en Psicoanálisis y Psicología Forense es argentina, nacida en Saladillo, Provincia de Buenos Aires en 1961.

Desde pequeña reside en Buenos Aires donde ha cursado sus estudios de grado y posgrado.

Se especializó en Psicología Médica en la Facultad de Ciencias Médicas  de la U.B.A. donde también se ha desempeñado como Docente en la Cátedra de Salud Mental.

Ha conducido diversos Cursos de Formación para Graduados en carreras de la Salud y ha publicado artículos científicos en publicaciones como Imago e Intramed.

Ha desarrollado las Jornadas Anuales sobre Educación Sexual dirigidas a Docentes y Padres que tienen lugar desde el año 2005, y, las Jornadas Anuales sobre Género en la Contemporaneidad, desde 2012.

Es cofundadora y coordinadora Asistencial y Docente de “Tratar Red Asistencial” desde 1986. Es coordinadora en “Espacio Particular” dedicado a las Artes y Psicoanálisis desde 2012.

“La Familia” por Arzobispo Eric Escala, Editor de Asuntos Cristianos de Interlitq

Arzobispo Eric Escala

Arzobispo Eric Escala escribe:

La Familia

Todos hemos salido de un ambiente familiar, no importa el tiempo, ninguno  es un ente, todos hemos tenido progenitores.

Nuestra relación adulta está marcada por nuestra infancia, como han expresado autores clásicos como Aristóteles, modernos iniciando con  Freud  y contemporáneos como el Dr. Luis Mendoza, es en núcleo familiar donde exploramos el mundo.

Los primeros años impactan de forma positiva o negativa en nuestra vida, de allí surgirá la manera  de enfrentar los retos en  la vida, nuestros hermanos son nuestros primeros amigos y esta relación va influenciar a las demás, primos, tíos, abuelos. Unos cuidan otros sobre protegen, otros malcrían en el mejor de los sentidos, cada hogar es un mundo distinto a otro aunque vengan del mismo árbol familiar.

Si vengo de un hogar amoroso se va notar en mi forma de ser, una persona feliz no lleva maldad a la sociedad puesto que hay alegría en su corazón, en cambio alguien que esta resentido solo busca que todos estén mal  para sentirse pleno;  es por ello que el hogar debe ser fuerte,  educar en valores y formar todas sus capacidades,  por más que cuide de mi hijo o hija, ellos deberán pasar  tiempo con extraños.

Los hijos estarán expuestos a los amigos, jóvenes de su misma edad pero con historias distintas, que ven el mundo de otra forma y tendrán influencia sobre ellos, para no ser rechazados del grupo; es allí donde surgirán decisiones imprevistas, lo que comúnmente se  ha  llamado presión de grupo.

Debemos buscar tener con nuestros hijos relaciones saludables donde ellos puedan contar sus problemas, sus anhelos y aquello que les está ocurriendo, que sientan que tienen un hogar en donde son comprendidos y amados; no es fácil, todos hemos pasado por la infancia, la juventud y solo cuando llegamos a ser adultos podemos valorar el esfuerzo de nuestros padres, mientras tanto estamos tratando de probarnos a nosotros y a ellos quienes somos, rebasando los limites, pensando que los ellos están fuera de ritmo, que son lentos; que ya no aprenden más y les explicamos el mundo, algo que ellos conocen mejor que nosotros pero nos creemos superiores. A todos les pasa, lo entendemos cuando los roles se invierten y comprendemos todo lo que nos decían de la vida.

¿Dónde entra Dios y mi fe en la familiar?

Creemos y llegamos a tener  fe, ya sea por tradición muchos heredan la fe de sus padres, en Argentina muchas iglesias son nexos entre el pasado y el futuro de las colectividades que vinieron a vivir.  Su fe les dio identidad, se apoyaron en ella para sobrevivir en tierra extranjera, donde muchos no sabían el idioma y vinieron autoexiliados luego de la segunda guerra. También es una herencia cultural, pero no es lo único otros se han convertido a la religión que hoy profesan.

La fe puede unir a las familias si se transmite con respeto y en libertad, el sentido de la iglesia sea cual fuese es conectar a Dios Padre con nosotros,  si esta se impone lo único que se consigue es destruir la familia, los hijos sienten rechazo y se sienten sofocados por esta imposición, por lo tanto la van a rechazar.

Tal vez cuando sean adultos la acepten y logren valorarla, pero de entrada se crea un rechazo, el malestar en el hogar es fuerte, la tensión consigue que se peleen y agredan sin sentido.

La relación entre padres e hijos debe ser sana es por ende  la fe debe ayudar a que esta relación se mantenga sin imponer y en tolerancia, hoy en día existen muchos grupos que luchan por sus derechos, dentro de cada  familia existen casos, no podemos pelear por estas cosas y menos rechazarlos son nuestra familia, el primer regalo que Dios nos ha dado.

Todos tenemos amigos, aquellos que han compartido buenos y malos momentos con nosotros, que hemos conocido cuando estudiábamos, tal vez en un viaje, alguien nos presentó y de allí surgió dicha relación, pues bien.

¿Dónde están los amigos en una necesidad?

Cuando realmente tienes un problema, una enfermedad, una urgencia, ninguno está, por lo general están en los momentos buenos de tu vida, cuando todo es alegría. Allí podrás encontrar muchos, todos te abrazaran y te dirán que eres su hermano, pero en un imprevisto, no están y no estarán. Puedes contar con los dedos de tus manos a tus amigos,  siempre van a sobrar.

Pero tu familia, ellos siempre van a estar, en las buenas y en las malas, sobre todo en los malos momentos porque es allí donde se une y este vínculo es indestructible, son pocos los amigos que pueden suplir una familia sana, donde impere el amor y la tolerancia.

Ya que Dios nos dio el don de la vida, nos dio el don de ser padres, tratemos de vincularnos con nuestros hijos, respetando su forma de pensar, sin imposiciones  en dialogo.

Pidámosle a Dios poder contribuir a la sociedad con hijos felices que puedan aportar esperanza a la humanidad que tanto la necesita, que puedan ver al otro como su hermano y logren integrarlo al núcleo familiar.

Señor haz de nosotros una gran familia donde impere el amor, el respeto y podamos construir un mundo mejor para la humanidad, haz de nosotros sembradores de paz y amor en un mundo cansado de la ambición y el egoísmo. En el nombre de tu hijo nuestro Señor Jesucristo te lo suplicamos. Amen.

 

Acerca de Arzobispo Eric Escala, Editor de Asuntos Cristianos (Christian Affairs Editor) de Interlitq:

Su Excelencia Reverendisima Eric Escala

Nacio el 15 de junio de 1973 en la ciudad de La Chorrera; Panama, hijo de Alexis Escala y Francisca Maria Gonzalez, menor de tres hermanos Alex y Carlos.

Casado con Silvina Indelicato, padre de Joselyn y Valentino.

Realizo sus estudios primarios en la escuela Leopoldo Castillo Guevara, los secunadarios en el colegio Pedro Pablo Sanchez y obtuvo su bachillerato en letras en el Instituto Justo Arosemena.

Sus estudios universitarios los realizo en la Universidad Nacional de Panama, obteniendo la licenciatura en Humanidades con especialidad en Filosofia e Historia.

Sus estudios teologicos los realizo en la Fundacion San Alberto en la ciudad de Bogota, Colombia y en el Moore College.

Es Doctor en Filosofia y en Teologia.

“LISTEN. For N, who hears” by Fanny Garvey

Fanny Garvey writes:

LISTEN.

For N, who hears.

 

  1. America.

“They were possibly shot as a result of mistaken identity.”

Liar, I said.

There was no mistake about it.

I heard it all.

I hear it like I have been hearing it for four hundred years.

The screaming of bullets shattering the car glass was loud enough to fling me back to the day when I heard my ancestors being marched across a violated plain– in a place where the people who held them captive under the fear and terror of guns and canons were those who had no right to be here–but they had come anyway with their sabers screaming and baring their teeth like the monsters they drew in the corners of the maps they made of their bloody voyages.

And when I heard that, my spirit laid down on that soiled shore to grieve for them.

And that is when I heard a mother and child shot—400 hundred years later–with perfectly clear intent.

Deliberately.

Purposefully.

There was no mistake about it.

And the rotting scream of four hundred years of silence stinks to the high heavens – a long ago place of angels – and blows a wind of hatred that dries sorrowful celestial tears.

But I can hear those angels weeping.

And I listen — because someone has to.

There are days when I worry that they cry only to me – me, who most people keep their distance from – me, whose voice frightens many into silence.

But you, my friend, you do not tremble.

You come close and stay near.

And your voice wraps its arms around my heart and whispers, Do not be afraid.

You know that what I hear is etched into my gaze.

You know why very few will look me in the eye.

You know I do not grudge any of them but I do remain awfully lonely.

I am the far stretch of an arid bankside that lays broiled and cracked and abandoned under the glare of a sun that lights up the places where people hide from the truth.

You understand why people turn away and seek shelter under trees of forgetfulness.

No one wants to wander that unrelenting desert.

No one wants to hear the howling music of memory.

No one wants to be caught in the dust storms that are the endless wanderings of the unavenged dead.

No one wants to find only a dry riverbed in another’s heart.

No one wants to weep with the angels when the past comes back to life.

And no one wants me to tell them what I hear.

But you come close, and stay near, and the courage of your gaze seeds the barren clouds of memory.

And they rain down a love replenishes me and gives me the strength to listen and not be afraid.

 

 

 

  1. Scotland.

When I heard the horror, the headaches I’d known since birth got worse.

And my spirit started searching for someone who could hear it as well.

How was I to know then that ten thousand miles, and 30 years later, I would find you?

You – the someone who hears what I hear—the heinous truth — sharp and precise as the blades of helicopters dropping napalm for entertainment on the nightly news – and slicing like surgical knives through my heart.

You – who felt my blood quivering when a car engine died in York, Pennsylvania at the intersection of Newberry Street and Gay Avenue.

You — who woke on the same July night when I did, with ringing in your ears from a blow from the ageless fist of hatred thrown faster than any punch Muhammed Ali ever threw – a sound so regular and routine that no one hears anymore — much in the same way people get used to the dull background noises of daily life – a sound that has been clanging in my head like a brutal bell — forever and a day striking since the day I was born.

You said: I remember thinkingthis is like the sound a person makes when a stroke fells them to the ground.

And I said: Yes, that is what I thought as well.

You heard Lillie Bell Allen’s feet running the same paths slaves ran for hundreds of years.

And I heard her stumble, her hands held out, hoping in vain to stop the blows of one hundred bullets from falling on her flesh.

Don’t shoot, I shouted.

But no one heard me.

I did, you said. I did.

I do not grudge those who refuse to listen.

But I remain awfully lonely.

And so, my friend, do you.

 

  1. America.

The next time I heard it was in broad open daylight.

For years they said it was the unmerciful California sun that brought on my nose bleeds.

But I knew that was a lie.

It was crunching sound of the coat hanger being wrapped around Charolette Kelly’s neck on a September afternoon that brought it on.

The blood made no sound as it leaked from my head.

It ran silent as the blood of the millions who have called out to me for 400 years.

I knew no one nearby could or would hear them.

But you – whom I had yet to meet and in my sweetest dreams I could not envision – heard Charolette Kelly’s last breath.

You said: I was kicking a football around the back garden and there it was again. That sound.

Later  — when I learned to look without fear into your eyes — you told me you saw me listening to Charolette Kelly dying and you called to me.

Don’t be afraid, you whispered.

I did not hear you at the time.

You did not grudge me.

But it left you awfully lonely.

 

  1. Scotland.

How could you possibly have heard the tear gas cannisters whizzing through the air like factory second fireworks?

What did you know of Miami, Florida, other than how people in your part of the world save for years to play for two weeks on its beaches?

Where did you go when you hear Clement Lloyd’s head crack against the pavement as he fell from his motorcycle and his friend Allan Blanchard’s body broke into pieces against a passing car?

Did you run as I did, for millions of miles in your head, afraid to listen because the silence of a bullet screamed and you tried to shout, Clement Lloyd, be careful!

Why did I shake when I heard you whispering to me while I cried with the angels who were collapsing against the yellow tape that cordoned off 130 blocks of Miami on the night of the anniversary of the murder of Dr. Martin Luther King?

Do not be afraid, you said.

When did you realize who you were speaking to – me, a lone black woman ten thousand miles away – trapped in a place you have never wanted to visit, so terrifying to you is its culture – but, for whom you set out on a journey to find, without even knowing what I looked like?

Ten years later – you looked long at me from across the room in a rowdy pub in a way that made me your acquaintances look askance and touch your arm to try to stop you from crossing to speak to me.

You were not afraid.

But, I was.

Who, I wondered, is this man who can see me?

You took me walking for miles in the rain one day.

And when the sorrow of the sounds was washed away, we held hands and let love flow through us like an ancient river.

Your acquaintances turned away from you, so, you never visited that pub – or any of them – again.

Should we grudge these people, who do not want to listen?

No, my friend, we should not.

They have long since forgotten us, as they have forgotten even themselves.

 

  1. Ireland.

I had no reason to fear the sound of your breathing as you slept with your arms around me.

And you did not grudge me when my tears fell onto your face and woke you.

You whispered, Do not be afraid.

Then you held me close and we listened, together, to the screams of the children whose father was shot down in front of them for no reason other than this is what can happen to any black person, at anytime, anywhere, in the United States.

And anyone who says anything about it can end up in that place where people where they send the people who did not stay silent when they are told to do so.

My tears had destroyed the effortless sleep of our love.

But you did not grudge me this.

You cried with me and did not fear the weeping of angels, a wailing that rose the waves so high that we could not take our daily walk on a beach ten thousand miles away from Skokie, Illinois, a place neither of us had ever heard of and to this day cannot find on a map even if we wanted to.

You said it was difficult to listen to the lark outside our window because the name of the man who was murdered – Ricky Byrdsong – was such a difficult tune for singing birds to carry.

Just like most people do not know where Skokie, Illinois is, so do they also not know where Tha Port is, the place where we woke together from the sounds of the screams of the Byrdsong children shattering the contrived silence of an Irish tourism bed and breakfast, that was designed to lull lovers into seeing only the thousand shades of Irish green, and not hear the groaning blood and bones of 400 hundred years of the same things done in Ireland, by the same people, for the same amount of time, as it has been done in America.

There it is, you said. That sound. Again.

All I could do was nod and get up to make tea and fetch fags from my bag.

And, that night, we did not stay awake all night because we were afraid.

We sat silent in the dark sending plumes of tobacco skyward, knowing that the bright red tips of cigarettes would be seen by the angels.

The next day some men in the pub asked you if you had brought me to Tha Port to play golf.

You just stared steady at them until they lowered their eyes.

The landlady of the B&B told someone she reckoned your boldness had something to do with your accent, and your people, but someone else said it had everything to do with me–because colored women are hot blooded and make men reckless.

 

  1. England.

People would not look you in the eye when you mentioned how a man named David Copeland was going around bombing places in London where black people and Jews congregated.

Finally, people stopped sitting near us in the pub when you read aloud a notice this man posted on walls:

Notice is hearby given that all non-whites (defined by blood, not religion) must permanently leave the British Isles before the year is out. Jews & non-whites who remain after 1999 has ended will be exterminated. When the clocks strike midnight on the 31st of December the White Wolves will begin to howl and when the Wolves begin to howl the wolves begin to hunt. You have been warned. Hail Britannia.”

Someone came to me behind your back and warned me off you, saying if I was serious about emigrating to the UK, it would be best I avoided people like you.

You fretted I would leave you.

I took your hand and gazed into your eyes and said, Do not be afraid.

Soon after, we stopped speaking to everyone – including our own selves — about the things we heard.

And that was what drove us apart just when we needed one another the most.

 

  1. America.

I woke up and heard you sighing, on the night after the day when a white man named Pirone fired a shot into Oscar Grant’s back then stood over him saying, “Bitch ass nigger, right?”

And, I missed you so much I could not breathe.

A few days later, some white man shouted Liar at President Obama.

I closed my eyes and thought of you and whispered, Do not be afraid.

And somewhere – in the maze of fear that had driven us apart – I heard you walking alone across the barren ground where silence goes to die.

I roused myself to follow you.

But you had gone so far ahead I could only let you go on your way.

A few years later you said you heard me trying to speak to you.

You said: I wasn’t ignoring you. I was simply too tired to answer.

And both of us – during those lean lonely years – were too tired to even cry.

 

 

  1. Nowhere and Everywhere.

You stayed up until the middle of the night to coordinate our times zones and call me to say, Do not be afraid, when the screams of LaPorsha Washington woke you from ten thousand miles away.

“They were possibly shot as a result of mistaken identity.”

Liar, you said.

There was no mistake about it.

You were there.

You heard it like you have been hearing it for four hundred years.

The screaming of bullets shattering the car glass was loud enough to fling you back to the day when you heard your ancestors being marched across a violated plain– in a place where the people who held them captive under the fear and terror of guns and canons were those who had no right to be here–but they had come anyway with their sabers screaming and baring their teeth like the monsters they drew in the corners of the maps they made of their bloody voyages.

And when you heard that, your spirit laid down on that soiled shore to grieve for them.

You laid on that soiled earth and heard a mother and child shot—400 years later– with perfectly clear intent.

Deliberately.

Purposefully.

And the rotting scream of four hundred years of silence stinks to the high heavens – a long ago place of angels – and blows a wind of hatred that dries sorrowful celestial tears.

But you hear those angels weeping.

And you listen — because someone has to.

There are days when you worry that they cry only to you – you, who most people keep their distance from – you, whose voice frightens many into silence.

But, my friend, I do not tremble.

I come close and stay near.

And my voice wraps its arms around your heart and whispers, Do not be afraid.

You know that what we hear is etched into our gaze.

You know why very few will look us in the eye.

You know we do not grudge anyone but we do remain awfully lonely.

We are the far stretch of an arid bankside that lays broiled and cracked and abandoned under the glare of a sun that lights up the places where people hide from the truth.

I understand why people turn away and seek shelter under trees of forgetfulness.

No one wants to wander that unrelenting desert.

No one wants to hear the howling music of memory.

No one wants to be caught in the dust storms that are the endless wanderings of the unavenged dead.

No one wants to find only a dry riverbed in another’s heart.

No one wants to weep with the angels when the past comes back to life.

But I come close and stay near and the courage of my gaze seeds the barren clouds of memory.

And the rain of their love replenishes you and gives you the strength to listen and not be afraid.

We wandered for 30 years searching for someone who hears the cacophony as we do.

And when we found one another, many turned away.

Should we grudge those who have left us both so awfully lonely?

No, my friend, we should not.

They have long since forgotten us, like they have forgotten themselves.

But should they cry out in their anguish – should the weight of the truth become too much for them to bear – should they seek shelter from the storm of hate that blows across their barren hearts and stirs the dust of the unavenged dead – should their tears reach heaven and join with the angels, then we will hear them and whisper, Do not be afraid.