El poder de la prosa:
Para mientras vivamos: Nueve narrativas Por Peter Robertson Traducido del inglés al español por Marina Kohon
Parte Cuarto: El Grillo
Al principio pensé que era un pájaro atemorizado que al quedar atrapado en el aire acondicionado, había alcanzado sus notas más estridentes, pero una vez que llamé a un amigo y alcé mi celular hasta el conducto de ventilación, me dijo, que sin duda alguna, era un grillo.
Era el 2020 y hacia el final de marzo, un otoño agradable en el hemisferio sur, y justo una semana después de que el presidente argentino, alarmado por la rápida propagación del COVID 19, había decretado el aislamiento social para todos.
Podíamos, de todos modos, dejar nuestras casas para abastecernos de alimentos y para conseguir insumos médicos, así que una tarde me dirigí a comprar otro suministro que me había sido recetado de gotas para los ojos.
Aunque oficialmente el calor del verano había quedado atrás, como un invitado ansioso que prolonga una despedida, y así impregna el aire, caminé de vuelta hacia la cuadra de mi departamento, y me sorprendió el incesante canto de los grillos que provenía del borde del pasto a lo largo de la vereda.
Pero en más de veinte años que había vivido en el departamento frente a las desnudas, blancas paredes del hospital, nunca me había hecho una serenata un grillo en mi propio balcón.
Desconcertado por el insólito silencio que descendía sobre la ciudad, me sentí al principio consolado por un sonido tan alegre.
Por demás, el canto tuvo el poder de transportarme a los días de la libertad, cuando me invitaban gentiles anfitriones a sus espaciosas casas de campo para pasar los fines de semana largos, y tomaba trenes a frondosos suburbios.
Recordé especialmente una fiesta en una casa que dio un diplomático británico, en la cual me presentaron a Miguel Monsa, un abogado muy admirado internacionalmente cuya agilidad mental sólo fue eclipsada por su arrebatador atractivo físico.
Bajo el dosel de estrellas y observado por los ojos pequeños y desconfiados de la pareja masculina de Miguel, me las arreglé con mi propia inhibición para soltar unos datos aburridos sobre la historia argentina.
Pero lejos de estar impresionado, Miguel murmuró, "Puede ser" y, volviéndose hacia su amigo, presionó su mano sobre la rodilla del otro, como si fuera de su propiedad.
Redoblando mi ataque para ganar el interés de Miguel, no podía hacer nada pero sentía que mis palabras quedaban ahogadas por el tumulto de los grillos machos, que en estridente unísono, estaban desesperados por aparearse.
Me aferré a la única esperanza de que Miguel y su compañero podrían ser colegas afectuosos, pero el último jirón de mi autoengaño fue despedazado cuando, enfatizando que era tarde, mi amigo diplomático dijo que los acompañaría a su habitación que daba al sur, la cual tenía una cama doble.
Me levanté temprano, y al ir hacia el baño noté que su puerta estaba entreabierta, y hasta pensé en empujarla un poco, ¿pero si ellos la habían dejado así sólo para mantener la habitación bien aireada?
Enclaustrado otra vez en mi caja de zapatos-departamento, y aparentemente sin salida de la estridulación del grillo, ese incesante sonido que producía el insecto al frotar los bordes de sus alas delanteras, no pasó mucho tiempo para que se apoderaran de mí pensamientos asesinos, y hasta este día, ese recuerdo me llena con una profunda vergüenza.
Odio dañar cualquier criatura viviente, pero esa noche cálida, y durante las que siguieron, al darme vuelta en la cama de un lado al otro, en un vano intento por dormir, le deseé al grillo un buen viaje del que nunca retornaría.
Hasta pensé en llamar a control de pestes: ¿pero de ese modo, no sería yo el autor de la defunción del grillo?
De todas formas, había leído que si se mataba a una criatura, una no pequeña porción de mala suerte caería sobre el asesino.
La última vez que escuché el grillo, su monotonía para entonces desentonaba como un estribillo interminable, me incliné hacia el balcón. Al no ver nada, fui perturbado por una nota discordante, que sobresalía de todo el resto, más indicativa de dolor que de placer.
En la letanía del las noches silenciosas que siguieron, me pregunté si habrían quedado algunos huevos en el aire acondicionado, y si era así, ¿en qué sorpresivo momento romperían en un canto?
Pero este es otro marzo y sigo durmiendo solo, solamente con el murmullo del tráfico distante distrayéndome de a ratos de mis pensamientos nocturnos.
Aún camino frente al hospital y escucho a los grillos, pero al agilizar mi paso, rápidamente su sonido queda fuera de mi alcance.
The International Literary Quarterly
For As Long As We Live: Nine Narratives by Peter Robertson